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martes, 15 de julio de 2014

  • 15.7.14
Pues no. Si lo hacemos, seremos de principio unos vendidos al capital, unos esbirros de los multimillonarios propietarios de los medios de comunicación. Eso por la parte económica. Por la ideológica, aún es más fácil la respuesta: unos fachas.

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Todo aquel que se le ocurra poner en tela de juicio la doctrina, los métodos o a los lideres de Podemos es alguien repulsivo, corrompido, comprado, intrínsecamente perverso. En suma: malo. Porque ello son buenos, arcangelitos, luchan por el pueblo y son la bondad corporeizada. Es la vieja consigna de la izquierda. La superioridad moral. Más vieja que el hilo negro pero que funciona de maravilla.

Como resultan ya no viejas, sino pura quincalla arrumbada por la realidad, la retahíla de elementos doctrinarios que manejan como cuerpo de doctrina. Rebrotan en el tiempo y pretenden el olvido de pasados onminosos como el estalinismo, la tragedia en que devino en toda la Europa del Este la aplicación de tales preceptos y su abrupto y estrepitoso derrumbe por unos pueblos oprimidos por feroces dictaduras que, eso sí, eran del “pueblo”, del proletariado y sólo querían su bien. Pero no sólo es ese inmediato ayer sino que, en este mismo presente, ahí están su Cuba y, especialmente, la Venezuela chavista como referente. Quien la quiera, que la compre.

La izquierda comunista europea realizó un potente esfuerzo para adaptarse a la democracia. En especial, en Italia con Gramcsi y luego con Berlinguer y su eurocomunismo. En España, por conveniencia o convicción siguió esa senda Carrillo y el entonces potente PCE.

Se entendió que ni muros, y no precisamente para impedir entrar en los “paraísos” sino para no dejar salir, ni partidos únicos, ni dictaduras, ni gloriosos líderes eran camino alguno. Y algunos creímos aquello firmemente.

Los sucesores parece que no. Ahí está Cayo Lara e IU abjurando de todo aquello, Constitución incluida, a la que se ayudó tanto a alumbrar, en su particular vuelta al pasado. Y en ese pasado rebrota no tanto el sovietismo como el izquierdismo, aquella “enfermedad infantil” en palabras de Lenin.

Que son estos, con esa mezcolanza de utopía troskista, que supone la base teórica de Pablo Iglesias, Monedero y los suyos, trufada de componentes anarquistas, verdes y caudillismos tercermundistas y hasta indigenistas.

No aparece el referente maoísta porque China, con su maridaje de comunismo y capitalismo salvaje, no está en la receta de cocina para emplatar un guiso al gusto de esta moda. Pero este es el guiso, el que pretende sustituir tanto a la socialdemocracia del PSOE en grave crisis como a esa Izquierda Unida en retroceso hacia sus pasados.

A todo ello, faltaría más, tienen razón y derecho. A exponerlo y a que les voten. Y resulta muy positivo que así lo hayan hecho y que toda esa gente que gritaban no sentirse representados ya lo estén. Todo ello, por supuesto, resulta incluso alentador.

Otra cosa es que pretendieran imponerlo. Eso no. Como tampoco que supongan que ellos tienen bula y han de estar exentos de crítica y de respuesta. Eso tampoco. Su sorpresa, amén de su inesperado y ni siquiera soñado éxito electoral, ha sido el impacto mediático que han causado. Exagerado o no, de inicio les ha favorecido.

Pero ahora, los focos alumbran sus rincones y cuartos oscuros, donde ello no desean que llegue la luz. Eso perjudica su puesta en escena y choca con sus homilías. Porque, aunque sobradamente preparados para la propaganda –de hecho, la entrenan- no se sienten en absoluto cómodos ante la prensa libre.

De ahí que, como siempre pasa, se hayan tirado para su linde, la del “control”, la que siempre han aplicado allá donde sus tesis se han impuesto. Esa fórmula, la vistan de la seda que quieran, es la de el editorial único y los comisarios políticos.

ANTONIO PÉREZ HENARES

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