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viernes, 25 de enero de 2019

  • 25.1.19
En el bosque de los árboles secos vive una bruja con rasgos encantadores que oculta un alma oscura y perversa que se alimenta de las alegrías ajenas. Si no te andas lista, te puedes enredar con su dulzura y caer en un pozo del que no se puede salir, aunque quieras. La clave está en no escucharla Y no probar su amargo chocolate.



Si muerdes, te perderás durante un tiempo y necesitarás ayuda para volver a respirar con normalidad. Todo en ella es atractivo y su casa es como la del cuento de Hänsel y Gretel. Pero no te fíes. Puedes llevar tiempo comiendo ese chocolate, pero eso no significa que sea bueno su consumo.

Cuando más alerta hay que estar es cuando eres feliz, o te ocurre algún pequeño milagro, o la vida te regala algo inesperado. Así, rebosante de energía, es como más le gustas. Con esa bonita energía ella puede seguir viviendo si consigue su fin, que no es otro que arrebatártela. Ella sin ti no puede vivir: envejecería hasta desaparecer. Pero es que la felicidad da mucho miedo. Más que la bruja. Y a veces dejarse caer en su telaraña, aunque no es agradable, sí resulta cómodo.

Hay que estar alerta y no responder a sus preguntas. Seguir caminando por tu sendero y evitar la tentación azucarada. Aunque la senda parezca peligrosa y no sepas a dónde lleva, es la senda de tu vida, el camino que has de construir. La casa de chocolate te da una protección ilusoria porque allí no hay aire, ni amor, ni vida. Cuando veo que me llama y me habla de felicidad, ya no la oigo. No es más que un viento frío que roza mi oído. La incertidumbre de la ruta es lo que hace latir mi corazón. Así que, por aquí seguiré…

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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