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viernes, 14 de diciembre de 2018

  • 14.12.18
Vivimos en una sociedad hiperconectada, pero seguimos teniendo la necesidad de la cercanía; necesitamos a alguien que nos escuche, que nos comprenda, que nos anime. Ayer cogí un taxi para un trayecto corto, pero mi celeridad interna no me permite ir en bus o en metro.



Apenas duró un cuarto de hora el viaje. Pero cuando me bajé, ya sabía muchas cosas del conductor. Me contó su vida sin yo preguntarle nada. Necesitaba vomitar su pena, su frustración, su sensación de soledad. Arrastraba dos fracasos amorosos: uno en la lejanía y otro más intenso desde la cercanía.

El último, en el que más sufrió, fue grave. "Nos quedamos embarazados", me dijo. Se malogró esa ilusión y, con ella, la pareja. O a lo mejor fue algo circunstancial... Esto del amor es complicado. Tenía 47 años y le gustaba escuchar ópera.

¿No tendría amigos? Seguro que sí, pero de esos de hablar de fútbol, tomar copas y darse golpes en la espalda. Supongo que le resultó más fácil hablar con una mujer desconocida, a la que seguro no volvería a ver. Todo esto me hace reflexionar sobre si no deberíamos dejar las tecnologías a un lado y dedicarnos a dar abrazos por la calle, como hacen en algunos países orientales. Una máquina nunca sustituirá el tacto humano.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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