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viernes, 7 de diciembre de 2018

  • 7.12.18
De vez en cuando tengo que parar, dejar de escapar de la vida, respirar y sentir que estoy aquí, en el planeta Tierra, un paraíso que se me ha dado para disfrutarlo. Desenchufar la parte del cerebro que me impulsa a actuar, a hacer cosas, a resolver problemas irreales. Esa que me hace no estar para nada, para nadie. Ni para mí.



Y entonces miro a mi alrededor y siento el cariño en mi corazón. Huelo la sábanas limpias, me recuesto en mi cama y siento que hay algo que me estoy perdiendo con tanta carrera. Abro la puerta del vagón que está encima de mi oreja y me apeo. Ya no quiero ver el mundo como una línea verde.

Me ilusiono con la noticia de una nueva vida que late dentro de una madre que ha visto su deseo cumplido. Me acurruco con la voz juvenil de un hombre que me habla con un lenguaje infantil, que solo entendemos los dos.

Veo el miedo que se acerca para atraparme y devolverme al desasosiego de la insatisfacción permanente, pero esto es solo un humo oscuro que se disuelve con el azul del cielo iluminado por el sol. El sol es vida, caricia tenue, polvos mágicos que nos hacen ver las cosas de colores brillantes. Todo cambia con el sol. Y él siempre está ahí en lo alto, pero yo a menudo miro hacia abajo.

Me paro y siento el deseado frío del invierno que me invitan a paseos en coche, a mantita compartida y a sopita tempranera. Cuando bajo a mi cuerpo lo siento y la verdad me es revelada: mi corazón siente. El futuro no es de color hormiga: tanto la vida como yo, tenemos posibilidades.

¿He nacido para correr? Cuando estoy en el andén siempre me pregunto cuál es el sentido de mi vida, para qué estoy aquí. Y si escucho bien al viento, este siempre me da la respuesta: estamos aquí para amar, para sentir, para disfrutar de los sentidos y para no ver los trenes solamente pasar.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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