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viernes, 23 de noviembre de 2018

  • 23.11.18
Hace tiempo que no escribo en estas páginas y es que últimamente me estoy dedicando a vivir. Vuelco en ti mis pensamientos pero cuando vivo, no pienso, no creo fantasmas gigantes. Solo siento. Siento el sol del invierno en mi cara; veo el pato que mete la cabeza en la fría agua del río; las nubes que parecen humo saliendo de una chimenea...



Me miro al espejo y me reconozco. Me sonrío y me doy permiso para disfrutar del día, para reír y dejarme llevar por las calles, cogida de su mano. Lo bueno y lo malo forman parte de esta moneda que es la vida. A veces cae de canto y todo es posible. Pero cuando cae de cara, con una cara sonriente, hay que agarrarse a las crines del caballo salvaje del presente, de la ilusión, de las miles de sensaciones.

Tú, querido diario, has sido y eres mi refugio cuando el mundo se me antoja un lugar inhóspito, pero ahora sus brazos son mi lugar favorito en el mundo. Allí mis músculos se relajan y mi piel se siente querida. Cuando me pierdo en el laberinto de los fantasmas, su voz me hace de guía, me saca a la superficie, me ayuda a respirar.

Cuando me dice que está aquí para cuidarme y ayudarme, el miedo al salto al vacío es menor. Abrirse no es fácil, es mucho más cómodo desvestirse y enseñar solamente el cuero. El camino se abre si él me coge con su mano derecha. Los días felices son verdad... a pesar del frío de las barreras de mi mente.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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