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sábado, 6 de octubre de 2018

  • 6.10.18
Si uno penetra por las tierras de Extremadura puede encontrarse con gratas sorpresas. Las dos provincias más extensas de nuestro país, Badajoz y Cáceres, esconden rincones alejados de los itinerarios habituales que merecen la pena visitarse, pues contienen paisajes, pueblos y monumentos de una gran belleza.



Puesto que nací en un pueblo extremeño, Alburquerque, y allí viví los inolvidables años de la infancia y la juventud, inevitablemente tengo que referirme a este lugar, no solo por lo que significa emocionalmente la tierra de origen, sino porque estoy seguro de que quien se acerca por primera vez a este territorio quedará maravillado no solo por el entorno natural que lo rodea sino también porque se encontrará con la fortaleza más importante de Extremadura: el Castillo de Luna.

Su silueta pronto se divisa cuando, desde Badajoz y en dirección a Cáceres, se toma el desvío de la carretera que señala a Alburquerque y se alcanza el denominado Puerto de los Conejeros. Allí, desde lo alto, de pronto aparece un inmenso valle que emociona a quien lo contempla. También, desde ese punto, se divisa la lejana silueta del castillo coronando uno de los múltiples cerros de la sierra de San Pedro que se dibujan en el horizonte.

A partir de ese momento la bajada por la carretera se muestra vertiginosa, de modo que, a medida que uno avanza y se acerca al pueblo, el castillo adquiere una gran majestuosidad, dado que la mirada ya tiene que dirigirse hacia lo alto. Y antes de penetrar en la villa, es necesario hacer un breve recorrido por la carretera que cruza el arbolado del flanco sur, zona denominada Las Laderas.

Sobre el castillo del propio Alburquerque y los de su entorno ya hablé en dos artículos anteriores. En uno de ellos, Merece la pena luchar, aportaba datos acerca del Castillo de Luna, al tiempo que explicaba la tenaz lucha que había llevado la Asociación para la Defensa del Patrimonio (Adepa) a lo largo de los años, con el fin de preservar su integridad, puesto que se encontraba amenazado por el proyecto de una horrenda hospedería que quería construirse en él y que supondría una alteración inadmisible.

Más adelante, en Defender el patrimonio, abordaba el encuentro llevado a cabo por los miembros de Adepa para celebrar el triunfo que había supuesto el carpetazo definitivo al proyecto de la hospedería y también por el hecho de que, de nuevo, se abrieran las puertas del castillo para ser visitado. Por otro lado, en el mismo artículo, hablaba de otros castillos cercanos como es el de Piedrabuena, en perfecto estado de conservación, y el de Azagala, que se encuentra en una situación bastante crítica.

Estas luchas han marcado el devenir de la historia de la defensa del patrimonio de Alburquerque en la última década, por lo que es inevitable referirse a ellas y recordarlas cuando el Castillo de Luna es el centro de la conversación.

Es lo que aconteció cuando a finales de septiembre mis amigos de la infancia me convocaron en el pueblo para celebrar mi jubilación después de años trabajando como arquitecto y como profesor en la Universidad de Córdoba.

No es necesario explicar lo emotivo que resulta un encuentro cuando se hace con amigos cuya amistad se alarga a la época en la que despertábamos a la vida: una reunión inolvidable que siempre recordaré por el afecto demostrado por todos ellos.

Pero si hay algo que quisiera destacar tendría que referirme a la filmación que habían preparado como colofón de la jornada, puesto que en ella los seis manifestaban sus deseos sinceros de felicidad para el nuevo tiempo que se inauguraba para mí. Y dentro de esta filmación había un pequeño tesoro: el montaje realizado tomando como motivos el Castillo de Luna, Alburquerque y sus entornos.



Aunque el relato, como hemos visto, está construido como una declaración del Castillo de Luna que se dirige a mí, como si hablara la grave voz del tiempo y de la historia asentada en las legendarias piedras de la fortaleza, y que, en el fondo, es la expresión del cariño y admiración de estos entrañables amigos hacia mi persona.

De todos modos, quien contemple por primera vez las espectaculares imágenes que se despliegan en este breve vídeo puede entender que su mayor interés radica en la belleza que encierran la majestuosa fortaleza que corona unas empinadas rocas de cuarcita, el propio pueblo de Alburquerque y la espléndida naturaleza que rodea a la villa.

También esta pequeña obra de arte narrativo y visual implica el reconocimiento a la ‘familia’ Adepa, es decir, a todos aquellos, hombres y mujeres, que se organizaron inicialmente como plataforma para acabar como asociación, y que no desfallecieron en ningún momento a pesar de las enormes dificultades encontradas a lo largo de los años, hasta que, como he apuntado, se logró que el proyecto de la hospedería fuera un mal recuerdo.

No quisiera extenderme más, puesto que en los breves minutos que hemos visto se ha concentrado todo el esplendor que encierran algunos rincones de la geografía extremeña. Solamente me gustaría apuntar que quien no conociera Alburquerque y su entorno, aquí tiene una magnífica tarjeta de presentación de lo que puede encontrar si se decide visitar un territorio fuera de circuitos convencionales. Pero, a veces, es necesario penetrar en nuevos enclaves y alejarse de lo establecido para descubrir la belleza de una tierra cargada de historia.

AURELIANO SÁINZ

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