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viernes, 2 de marzo de 2018

  • 2.3.18
¿En qué momento se perdió? ¿ Cuándo dejó de ser él y pasó a ser un autómata? Es increíble cómo ha cambiado: cabizbajo, desaliñado... Anda solo por las calles, como un fantasma atrapado entre la vida y la muerte. ¿Cómo no recordar aquel moreno guapo, alto y delgado que bailaba el ritmo de Losing My Religion en la discoteca de verano del pueblo?



Tenía todo para ser un rompecorazones: ojos negros que te atravesaban –como diría una copla–, sonrisa divina, juventud y presencia imponente. Más de una suspirábamos a su paso. ¡Qué pena! Pero mi prima ya me lo advirtió hace unos años: “Al moreno que te gusta, le encantan las rayas”.

¡Cuánta gente empezó y empieza con la tontería de la diversión y del “yo controlo” y terminan con el cerebro frito y sin posibilidad de retorno! Pierden su vida, su juventud, su día día, por sustancias que al principio te venden una realidad brillante pero que, al poco tiempo, te sumergen en un laberinto de calles negras. La droga: esa espada que envenena, mata y destroza a personas y familias.

La última vez que hablé con él me dijo que ya empezaba a comer. Solo le pregunté qué tal le iba, como se hace con cualquiera que te encuentras en la calle, y su respuesta fue: “Ahora ya como”. Me dejó fuera de lugar.

Ahora, cuando me lo cruzo, no lo miro. No sabría qué hablar o qué decirle porque, realmente, él ya no existe. Miles de conjeturas pasan por mi cabeza. No puedo salir de ahí: ha estado en un centro de desintoxicación, vive en la calle… Pero lo que me martillea la cabeza es saber por qué. ¿Por qué?

Tenía todo un futuro por delante. Podría haber sido modelo, comercial o lo que hubiera querido y, sin embargo, prefirió las noches blancas de risas llenas de evasión. Y lo que empezó como un juego ha terminado rompiendo su vida.

Ayer sentí frío al verlo. Los ojos vacíos, andando sin rumbo, un Frankenstein sin sonrisa y sin voluntad. Un muerto viviente. Siento pena por él, por su familia, por la gente que muere en los corredores de la droga, por los ajustes de cuentas. Pena por los pueblos que se hunden. Pena por aquellos que no ven que detrás de la cocaína hay un reguero de dolor.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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