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viernes, 23 de marzo de 2018

  • 23.3.18
Además de ser un hada, me encantaría poder unir a la gente, ser una celestina. Hace tiempo que ya no lo intento, no he tenido mucho éxito. Solo una vez conseguí que un chico joven que estaba obnubilado con una niña frívola –fruto de una falta atroz de cariño– enfocara su mirada sobre la hermana de la díscola.



La hermana era la mayor de tres hijas no deseadas por sus padres o, por lo menos, no más allá de perpetuar sus genes. Gente rica que tiene hijos porque hay que tenerlos y los manda internos todo el año. Más o menos como en mi caso…

La mayor vivía a la sombra de la mediana, una rubia con los ojos azules y con unas curvas que la convertía en una verdadera Lolita de 16 años. La primogénita, sin embargo, era morena de ojos castaños, pelo corto, cuerpo agraciado y una bondad infinita en la sonrisa.

Cuando la conocí, aunque yo no era mucho mayor que ella, la adopté desde el primer momento. Veía en ella esa inseguridad del que cree que nada merece. Era responsable de controlar a su hermana rubia y de cuidar a la pequeña. Las tres estaban en el mismo internado.

Me gané su confianza y le fui haciendo de espejo para que viera que ella era bonita y que no tenía por qué compararse con su hermana. Eran sencillamente diferentes. Yo la entendía: en el mundo de las apariencias, la bondad es invisible. Se fue abriendo y conocí su sonrisa, una sonrisa que la hacía más bonita y la sacaba de las sillas donde esperan las chicas que creen que no tienen opciones.

Con él esperé. Lo dejé que se estrellara y viera que la Lolita solo tonteaba por deporte con él y con cualquiera del que pudiera obtener un poco de atención para su ego, crecido ante una autoestima pisada por unos padres fríos. No la juzgo: ella hacía lo que podía para no sentirse sola.

Poco a poco y de manera sigilosa conseguí que la que se creía Cenicienta y él se hicieran amigos, hablaran y se conocieron de verdad. Los días pasaban y no teníamos mucho tiempo, pero yo sabía que él era un caballero y bueno de corazón.

Empecé a dejar un rastro de alabanzas sobre la chica –mi Melibea– para que viera lo mismo que yo veía: bondad y belleza sencilla. Estábamos todos en un internado de verano en Francia y las tardes se iban acortando, mientras sus paseos y sus charlas se alargaban. Me encantaba verlos juntos. Se miraban con esa timidez del que quiere esconder que siente algo por el otro.

Llegó la despedida y vinieron a decirme adiós cogidos de la mano. Ella se había transformado, tenía una luz en la cara que te atrapaba. Se sentía especial gracias al amor de él. Ante un despiste de ella, el me confesó al oído que la había besado. No sé cómo se sentirán las hadas madrinas de los cuentos, pero seguro que no experimentan la sensación de alegría que me inundó.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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