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martes, 29 de agosto de 2017

  • 29.8.17
Dedicada al periodismo durante más de 30 años. De ellos, 26 en El País. En 1997, Yolanda Guerrero fue finalista del IX Premio Ana María Matute, de Ediciones Torremozas, y, aunque mantiene alguna relación activa con el periodismo, ha decidido retomar la ficción. En su primera novela, El huracán y la mariposa, narra la renuncia de una madre a su hija adoptiva. En la misma da voz a tres mujeres unidas por esta tragedia y separadas por el dolor, el rechazo, el desamparo y la culpa. Un relato en el que su autora muestra la cara más amarga de la adopción.



—‘El huracán y la mariposa’ narra la renuncia de una madre a su hija adoptiva.

—Es la historia original. Pero hay muchas historias detrás también. Hay la historia de una tragedia. Es decir, todo el proceso que lleva a esa madre adoptiva a renunciar a la tutela. Y todo eso es más importante que la propia renuncia.

—Un tema, el de las adopciones fallidas, que hoy sigue siendo tabú en España.

—Creo que en la sociedad en general. Porque hay mucha incomprensión, hay mucho rechazo y se visibiliza poco.

—Usted vivió hace 20 años una experiencia parecida. Pero a la hora de escribir ha optado por la ficción.

—Sí. Yo he usado criterios periodísticos. He consultado, he contrastado, me he informado, he hablado con psicólogos, familias, hijos... Y en lugar de escribir un reportaje, he escrito ficción. Para inventarme una historia completamente nueva, pero en la que la gente se puede sentir reflejada y que llegue a más gente.

—No existen estadísticas, pero este trastorno del desapego afecta a muchas familias.

—A muchas. Algunos datos hablan de que entre el 1,5 y el 2 por ciento, pero algunos profesionales temen que sea mayor, porque hay organismos privados que acogen a niños cuyas familias han tenido que renunciar a ellos. Pero es un problema más común de lo que nos imaginamos.

—Como dice, usted ha hablado con psicólogos, psiquiatras, con familias que han sufrido este dolor. ¿Se cierra alguna vez la herida?

—No. Yo creo que son heridas que no se cierran nunca porque no se han cerrado bien. Yo espero que ahora, con la novela y con todo lo que se está publicando, y con muchas familias que están saliendo, empiecen a tener heridas que se cierren y problemas que realmente tengan solución se curen. Y esas familias no se vean obligadas a renunciar a sus hijos.

—El arranque de la novela es desafiante: “Mi padre fue cura. Mi madre, monja. Y yo, dicen, niña precoz…”. ¿Le gusta atrapar al lector con la primera frase?

(Ríe). Sí, porque yo soy lectora. Y como lectora quiero que me atrapen. Esta es mi primera obra de ficción y he puesto al servicio de esta obra todo lo que yo quiero de un libro, que es un arranque que atrape. Y me ha parecido que ese era bueno, un poco más desenfadado para todo lo que viene después.

—En España hay algunas asociaciones que acogen a quienes han fracasado en sus adopciones. No sé si son muchas pero sí son desconocidas.

—Hay bastantes pero son desconocidas. La gente no sabe que existen. Y yo recibo mensajes todos los días de familias que tienen problemas con sus hijos adoptivos y los estoy remitiendo a estas asociaciones. Son profesionales magníficos, que han estudiado el problema y que tratan a los niños maravillosamente bien.

—La Administración habla de “niños abandonados” cuando los padres renuncian a ellos. No parece un término correcto.

—A mí no me lo parece. Puede haber algún caso de frivolidad. Pero es un caso muy extremo. Los casos más habituales son padres que toman esa decisión para evitar un mal mayor. En el caso de mi novela, para evitar que la niña mate a su madre y, por lo tanto, termine en un correccional. Es la niña la que tiene que ser salvada. En otro caso es porque los hijos de las familias corren peligro. Y en otros casos es porque el propio niño corre peligro de suicidarse.

—Dice usted: “Los niños adoptados se pasan la vida buscando respuestas”.

—Se pasan la vida buscando respuestas porque un niño sabe que ha sido adoptado por una de las tres causas. Que son: abandonados, rechazados o separados de sus familias. Y los niños, aunque hayan sido adoptados de bebés, se pasan toda la vida intentando saber quiénes son. Muchas adopciones tienen final feliz porque los niños encuentran respuestas y viven tranquilos toda su vida. Pero aquellos que no las encuentran, o que las que encuentran no les gustan, hay que ayudarles.

—En su novela trata el tema a través de tres puntos de vista: la niña adoptada, su madre y su abuela adoptivas.

—Porque me ha parecido la forma de hacerlo más objetiva. Las tres ven la misma historia desde diferentes ángulos. La perspectiva principal es la de la abuela. Hace un efecto de contención pero también de impotencia porque observa todo sin poder hacer nada. La niña simboliza la rabia aumentada sin que ella misma sepa por qué. Y la madre, Sofía, representa la culpa.

—Dice que no ha escrito el libro como terapia para usted sino con la intención de ayudar a otros padres.

—Ese ha sido mi principal objetivo y no sabes lo contenta que estoy, porque lo estoy consiguiendo. Todos los días tengo mensajes de gente que me dice: “Por fin me doy cuenta de que no estoy sola”. O solo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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