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jueves, 27 de julio de 2017

  • 27.7.17
La muerte no avisa y ella no sabía que le quedaban dos minutos de vida, o tal vez, tres. Ahora tiene una expresión placentera y algo forzada, porque el día que murió la pilló por sorpresa. Su último gesto se le quebró en una mueca de felicidad.



La muerte no la dejó a ella disfrutar de aquel día de luz tan blanca. Tal vez las nubes negras que había en el horizonte la estaban avisando. Creyó que sería una tormenta de verano. Con esos chaparrones que asolan la tierra seca y se van con la misma rapidez que vienen.

En aquel momento se dibujó en su rostro un instante de placer. Una risita llena de vitalidad, pero con una mueca extraña. Una rara sonrisa. Esa expresión ahora guarda alguna sorpresa debajo de sus labios.

Estoy aquí para devolverle el color que la muerte le ha arrebatado. Para que esa mueca de felicidad sea algo más. Ha tenido un temprano final. Es una mujer muy joven. Tiene veinte años y ya se ha ido. El minutero de su reloj lo paré antes de tiempo.

Ahora ella está aquí en esta sala tan fría para que yo la devuelva al mundo de los vivos. Más bien al color de los vivos. Porque para eso me han contratado, para rellenar de vida la piel de los difuntos.

Con el cadáver de esta joven va a ser muy fácil. Es como comenzar a pintar en un óleo en blanco. Es mi propia obra de arte. Mi escultura. Es un fresco repleto de reflejos blancos y una acuarela refrescada con un pincel mágico.

Tengo que plagiar en toda su perfección las tonalidades que da la existencia. Porque cuando llega la muerte el cuerpo se concentra en las lividineces del rojo grisáceo. Abandona la tonalidad que da la substancia de los vivos. Durante años me he esforzado en buscar el matiz más perfecto. Es complicado dar con el color de la vida.

En la facultad de Bellas Artes de Sevilla estudié y experimenté con las sonrisas de todas las épocas, las risas que todos los genios habían pintado. La que me cautivó fue esa mueca famosa en los labios de La Gioconda de Leonardo da Vinci, o la sonrisa de aquel ángel que señalaba con el dedo índice.

Es el secreto mejor guardado. Labios y bocas de colores apagados que el artista combinaba creando el eterno misterio. Y al fondo, el Sfumato, esos trazos que crean sombras y velos oscuros, que deja en todos sus personajes una mirada neutra, entre brumas, sin un fondo determinado.

En aquellos años quise llegar a ser un gran artista. Mi obsesión como creador fue encontrar una técnica única y original. La hallé a través del color rojo. Las distintas tonalidades del rojo y sus negros. Porque entre el grana y el bermellón siempre hay variantes negras. Y entre esos negros sacados del purpúreo rubí conseguí unas tonalidades sacadas de los sueños. Esos colores ahora los aplico a mis muertos.

Quise emular a los grandes para encontrar mi propio camino. Hasta que descubrí la verdadera vocación. Y aquí me encuentro. Tanatopractor se llama este oficio. Maquillador de cadáveres. No sé a quién se le ocurrió ese nombre. Recuerda a un saurio depredador del Cretácico.

Ahora ella tiene sus labios más configurados, de un color carmesí humano. Su boca ya no está muerta. Sus labios rojos ahora parecen dormidos. Labios que amaron, que besaron y que ahora están relajados en su más infinita quietud. Abrazados a una mansedumbre inmortal. Fueron labios deseados y que ahora con el calor de mi pincel han vuelto a llamar al pecado.

Todo está en su sitio, incluso la mosca de la carne que acabo de arrancar de entre sus dientes. Esa es la sorpresa que escondía sus labios. La única certeza que la sigue atando a la muerte. El forense hizo bien su trabajo porque después de la autopsia el cadáver no queda muy presentable. La cosió con delicadeza. Casi como un cirujano plástico. Se apiadó de tanta belleza y quiso volver a colocar en su lugar toda su voluptuosidad. Ella se muestra tan sensual como lo fue en vida.

He terminado. Ahora está perfecta, lista para que la vean sus familiares y se puedan despedir como Dios manda. Dentro de dos horas acudirán todos a la cita y la velarán. Mañana le oficiarán la misa y la acompañarán al cementerio. Y cuando todos se vayan se quedará sola y ese será el instante más extraordinario. Será mi momento. La llevaré a donde tiene que estar. A la galería de las muecas. Las bocas de mis muertas son todavía imperfectas. Acaban en un gesto que no me gusta.

Los labios terminan siempre en un aspaviento fatal, que rompe su aparente felicidad. Ese instante en el que ellas no saben que van a morir es muy importante para poder plasmar el gesto apropiado. Aunque esta vez he mejorado la sonrisa. Mantiene un fondo con cierto Sfumato que recuerda al gran maestro da Vinci. Por eso, como muestra de mi admiración por Leonardo, este trabajo lo voy a titular La mujer de la sonrisa quebrada.

GONZALO PÉREZ PONFERRADA

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