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lunes, 19 de junio de 2017

  • 19.6.17
Ya ha pasado la moción de censura que presentó Podemos –nuevo partido de izquierdas que es la tercera fuerza en el Congreso por número de diputados– al Gobierno conservador que preside Mariano Rajoy –líder del Partido Popular que, a pesar de ser la minoría mayoritaria, gobierna con apoyos parlamentarios, en especial de Ciudadanos, el otro nuevo partido de signo liberal–.



Y, como estaba previsto, la moción fue derrotada por amplia mayoría del Parlamento, no por no estar justificado ese intento de expulsar a los populares del Ejecutivo y otras instituciones, sino por los recelos que aun genera Pablo Iglesias, líder de Podemos y candidato a sustituir al presidente cuestionado.

Tras dos intensos días de enfrentamientos dialécticos y exhibicionismo espectacular de cara a los respectivos seguidores de los contendientes, la sensación que queda para el recuerdo es de censura: se ha abusado de un instrumento parlamentario de manera espuria y, lo que es peor, se ha abusado de la paciencia de los ciudadanos hasta extremos de agotamiento y puro aburrimiento.

Es lo que resulta de contemplar horas y horas de florituras verbales en loas o reproches recíprocos antes que en propuestas y soluciones a los problemas que aquejan al país. Por eso hay que hacerle una censura a la tercera moción de censura que se consuma en la moderna democracia española, a pesar de que todas ellas resultaron fallidas para provocar el deseado cambio inmediato de Gobierno, aunque sirvieron, fundamentalmente, para visibilizar a un candidato emergente que exhibe, así, sus cualidades para aspirar a la presidencia.

Con 170 votos en contra, 97 abstenciones y solo 82 votos a favor, el 76 por ciento del Congreso rechazó la pretensión de Pablo Iglesias de echar del Ejecutivo a los conservadores del Partido Popular, a pesar de que la mayoría de los intervinientes en las sesiones maratonianas de la moción coincidían, excepto los aludidos en el Gobierno y el partido que lo sustenta, que las prácticas y casos de corrupción que les afectan exceden ya lo tolerable en una democracia.

En tal sentido, la lista exhaustiva de casos que enumeró la portavoz de Podemos, durante la presentación de la moción, no dejaba ninguna duda de la magnitud y la gravedad de un mal que carcome la credibilidad de los populares y del daño que causa a las instituciones y, en su conjunto, a la democracia.

Tan grave era el diagnóstico que presentaba Irene Montero, la portavoz de Podemos, que el propio Rajoy, en contra de lo esperado, salió personalmente a rebatirla desde la tribuna del Congreso, apoyándose en la evolución favorable de la economía, con la deliberada intención, además, de descolocar al candidato aun antes de que expusiese su alternativa y su programa.

Quiso poner el parche antes de que saliese el grano. Y lo consiguió al precio de certificar la seriedad del trámite de la moción y empleando, ambos, todo el tiempo que quisieron, a todas luces demasiado para el preámbulo de la moción. Y todavía quedaba por llegar y aguantar lo peor, la intervención sin limites del candidato.

Pablo Iglesias perseguía con esta moción de censura varios objetivos: no sólo desbancar del Ejecutivo al Partido Popular, al que no dejó de acusar de estar envuelto en los mayores escándalos de corrupción conocidos en España, sino también demostrar que su partido es el eje principal sobre el que pivota una alternativa de izquierdas al Gobierno y que él mismo, como virtual líder de la oposición, es el mejor candidato para materializar el cambio.

De esa estrategia derivaría su segundo objetivo, obligar por las buenas o las malas al Partido Socialista, segunda fuerza parlamentaria, a secundarle en esta tarea, a costa de aceptar su imprescindible subordinación a los proyectos de Podemos.

Y si por las malas no pudo ser el año pasado, cuando podía y no quiso apoyar la formación de un Gobierno del PSOE y prefirió que gobernarse el PP, ahora por las buenas, al menos en el talante y en los ofrecimientos de entendimiento, lo vuelve a intentar con esta moción de censura, que se sabía fallida, o con otra nueva moción que los socialistas pudieran presentar más pronto que tarde.

No consiguió ninguno de tales objetivos, puesto que Rajoy supera el reproche de la moción de la que sale en cierto sentido fortalecido, ni con el PSOE, cuya nueva dirección rechaza abiertamente la oferta de pactos con Podemos, al menos desde las premisas expuestas por su líder.

Pero para llegar a tan magro resultado, el candidato requirió de un tiempo de intervenciones agotador, con el que se explayó, entre expresiones de calculada calma y voz meliflua, por la historia del clientelismo entre las élites y el poder en España y la parasitación y degradación de las instituciones que el PP está haciendo desde el Gobierno, sin importarle poner en riesgo el Estado de Derecho y el interés general.

La organización de las sesiones permite la intervención de los portavoces de todos los grupos parlamentarios, a los que responde el candidato sin estar sujeto a limitación de tiempo alguna. Ello convierte en una retahíla de discursos repetidos, con sus respectivas réplicas y dúplicas, entre formaciones que comparten ideología y sólo se diferencian en la defensa territorial y pretensiones particulares, que es insufrible.

Tan insoportable como las alabanzas del candidato a las fuerzas afines, a cuyos portavoces ponía de ejemplo en liderazgo y virtudes, como sus ataques y reprimendas a las contrarias, en particular al Partido Popular, contra cuyo Gobierno se presenta la moción de confianza, como a Ciudadanos, a la que considera “bastón” de apoyo del PP y con cuyo líder, Albert Rivera, mantuvo un agrio duelo personal, plagado de descalificaciones mutuas.

Lo único cierto que se desprende del pasado debate de la moción de censura es que no se ha utilizado para, de manera constructiva, sustituir a un Gobierno que pierde la confianza de la Cámara con una propuesta convincente de quien pretende lograr el apoyo mayoritario de los diputados.

Aparte de la inutilidad del empeño, que ya se conocía de antemano por la escasez de apoyos con que contaba el candidato de Podemos, es desconcertante y censurable la excesiva extensión temporal del mismo. Y no por su duración, sino porque todo ese tiempo no se ha aprovechado en ofrecer nuevas y eficaces propuestas o iniciativas que resuelvan los problemas que motivan la moción.

La excesiva dilatación del debate se ha producido por el interés de quienes querían disponer del mayor tiempo posible de exposición ante la opinión pública, no para ofrecer soluciones, sino para mantener una cuasi impúdica visibilidad de su figura y sus soflamas.

Quien mejor lo expresó fue, precisamente, el flamante portavoz del PSOE, José Luis Ábalos, que reprochó al Gobierno que la retransmisión de su intervención había sido interrumpida en la televisión pública para dar la noticia de la concesión del Premio Princesa de Asturias de Ciencia a tres investigadores internacionales de las ondas gravitacionales. ¡Habrase visto mayor desconsideración, cortar la palabra de un político para dársela a un representante de la cultura! Y todo porque, tras diecisiete horas de debate, se ocuparon diez minutos en una noticia cultural. Si esto no es motivo de censura de la moción, que vengan sus señorías a convencernos de lo contrario.

DANIEL GUERRERO

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