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sábado, 27 de mayo de 2017

  • 27.5.17
Sigo sin aceptar que soy humana, que las cosas me afectan, que tengo sentimientos, que soy muy sensible. Quiero encontrar un equilibrio irreal. El ideal de lo que yo debería ser es un robot. Una especie de monje budista elevado a la enésima potencia. Alguien que no siente ni padece.



Cada día de tristeza o de enfado lo juzgo como un fallo de mi sistema, como defectos de mi carácter, como objetivos no conseguidos. Este avasallamiento propio me deja sin fuerzas y me castiga con el látigo de la incomprensión.

Hace años, un amigo de esos que encuentras en el camino y te ayuda desde la más absoluta generosidad, un corazón noble y puro, me dijo: "Marta, tú lo que no quieres es sentir; y eso es igual que no vivir".

Pretender no sufrir es sufrir continuamente porque la vida te zarandea a menudo y además, creo que cuanto más me enfado yo por los problemas, las injusticias y el egoísmo, más se empeña ella en ponerlos en mi camino.

Y yo sigo sin aprender que la vida también es sufrimiento. Sigo sin aceptar que soy una persona sensible, de buen corazón, a la que le afectan las maldades, que se tiene que proteger, y que es muy sano dejar salir los sentimientos y emociones fuera para que no se estanquen y no se pudran dentro de mi pecho.

Tengo que conseguir borrar de la pared de mi cerebro ese póster de mujer ideal, cercana a la Superwoman que puede con todo. Yo no soy esa: soy débil y soy fuerte. He vuelto a ponerme esas gafas que me hacen ver la vida del otro como más fácil que la mía. De nuevo, solo doy por cierta la imagen que las personas quieren proyectar o que yo imagino, sin rascar y ver el fondo, lo que hay detrás de las sonrisas y de las frases del tipo "todo me va muy bien".

He descubierto que hay gente que utiliza esta frase como mantra para convencerse de que es así su existencia o, simplemente, para animar a su cabeza para que así sea. La vida no es fácil. Todos caemos y nos levantamos. A todos nos duelen el rechazo, la muerte, la enfermedad, el egoísmo, la incomprensión, la enfermedad... Todos queremos ser reconocidos y queridos.

Mi liberación pasa por aceptar los valles y cimas que tiene el camino. Valles que no me dejan ver con perspectiva y cimas en las que me quiero quedar. Todo está en continuo movimiento y yo insisto en agarrarme a las hojas de un árbol caduco. Las hojas caerán y nacerán otras nuevas.

Hoy llueve y mañana sale el sol. Hoy estoy acompañada y mañana sola. Hoy siento dolor y mañana río. La rueda de mi tiempo sigue avanzando a pesar de mi resistencia. No es posible el Mannequin Challenge. Esta mañana, mientras me perdía en miles de pensamientos, uno se abrió camino y me produjo una sacudida corporal: "fluye, avanza". Y me convertí en río.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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