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martes, 18 de abril de 2017

  • 18.4.17
Es uno de los grandes, pero vive como si eso no importara nada. Como si ser uno de los mejores escritores del mundo no fuese razón suficiente para recordarlo a cada instante o para cambiar su modo de vida. Erri De Luca (Nápoles, 1950) publica ahora dos libros: Historia de Irene, una obra que recoge una novela breve y dos relatos, y Solo ida. Poesía completa, un volumen que aglutina sus cuatro libros de poemas y que es, en conjunto, un título sencillamente magistral.



Tiene una biografía que a él le gusta, pero no logró diseñar solo con su propia voluntad. A los 18 años participó en el movimiento del 68 y después fue miembro del grupo Lotta Continua. Ha trabajado como albañil y como camionero. Durante la guerra de los Balcanes fue conductor de vehículos de apoyo humanitario. Además, es alpinista.

Construyó su propia casa, con ayuda de unos amigos. Comenzó a escribir tardíamente, casi a los 40 años, a instancias de una amiga. Desde entonces, ha publicado 50 libros, traducidos a 30 idiomas. Escribe sobre sus piernas y a mano. La mesa, dice, es para comer. Aprendió de forma autodidacta diversas lenguas, como el hebreo o el yiddish, y ha traducido al italiano algunos de los libros de la Biblia.

Galardonado con el Premio Leteo, el Premio Petrarca, el Premio France Culure, el Femina Étranger o el Premio Europeo de Literatura, está considerado uno de los autores italianos más importantes de todos los tiempos. Es autor, entre otras obras, de El peso de la mariposa (2009), Los peces no cierran los ojos (2012), El crimen del soldado (2013) o La palabra contraria (2015).

—El escenario de ‘Historia de Irene’ es la isla griega de Leipsoi. ¿Cómo surge la historia de una muchacha embarazada que es anfibia?

—Me enamoré del mar Egeo, yo nadé allí durante un verano, me conmovió un delfín. De estos tres encuentros surgió una fábula de adulto.

—Escribe usted en ‘Historia de Irene’: “Si yo fuera otra clase de hombre, Irene no se habría acercado con una historia y con su forma secreta de nadar”. ¿A veces las historias buscan al escritor?

—Para mí, la historia siempre viene de algún lugar, yo no soy el que la quiere, el que se la impone. Llega como una brisa y se desliza en mi cráneo. La mayor parte de las veces llega, a veces se detiene, la siento correr, que se posa. Cada historia que escribo para mí es una visita.

—La presencia de los animales y del mar es fundamental en su narrativa. De hecho, su primera historia la protagonizaba un pez. Ahora denuncia la pesca de los delfines por parte de Japón y el maltrato que sufren encerrados en acuarios, obligados a dar volteretas en el aire.

—Los delfines en los acuarios viven mucho menos y mucho peor que aquellos que viven en el mar. No son animales de circo, son nuestros hermanos mayores, vivían en libertad desde las épocas más remotas y sólo recientemente han sido reducidos a hacer saltos mortales en bañeras.

—Escribe en esta novela: “A mí me pagan un derecho de autor por las historias que escribo, y a Grecia, que ha esparcido por el mundo su vocabulario, ni siquiera las gracias”. Veo que no le gusta la Europa que estamos construyendo.

—Ante todo, nosotros somos deudores de Grecia, y no a la inversa. Yo vengo de una ciudad, Nápoles, fundada por ellos. Por lo que soy un europeísta radical, prefiero aquella Europa que la de ahora. Prefiero una federación de estados. No va a estar compuesta de 27, al principio comenzará un pequeño grupo. Europa es un viaje, ahora se está parando demasiado en la estación.

—Se define así: “Hoy solo soy un ciudadano del país más corrupto con el periodismo más servil de Europa”. ¿Le cuesta creerlo?

—Es la fotografía del momento actual. Pero nada dura para siempre, hay energías que hacen progresar a mi país y otras que lo frenan. Urgente para nosotros es la necesidad de crear igualdad.

—Hoy los héroes, los Ulises, están en Lampedusa, Ceuta o Melilla, en los centros de internamiento para inmigrantes, como usted dice. ¿Hay solución a estas epopeyas de nuestro tiempo?

—Los flujos migratorios continuarán por un largo tiempo, dejando en el fondo del Mediterráneo los restos del más masivo naufragio continuado de su historia. Hay muchas soluciones razonables que los gobiernos se niegan a considerar. Se benefician de las tensiones sociales que estos flujos abandonados a sí mismos conllevan. Los gobiernos llaman emergencia a un fenómeno constante durante veinte años, como si se tratara de una noticia inesperada.

—Dice del Papa que es uno de los nuestros, un hombre del Sur. ¿Le ha defraudado o sorprendido sus reformas en el Vaticano?

—No me refiero al Vaticano. Francisco comenzó a ejercer como párroco del mundo y no como su gobernante, este es su ejemplo.

—Fue camionero y albañil. Construyó su propia casa. Comenzó a escribir tardíamente, casi a los 40 años, a instancias de una amiga. Desde entonces, ha publicado 50 libros, traducidos a 23 idiomas. Escribe sobre sus piernas y a mano. La mesa, dice usted, es para comer. ¿Una biografía algo singular?

—He permanecido en compañía de la escritura desde que era un niño. Sin embargo, publiqué tarde mi primer libro, casi por accidente. No me parece tener una biografía, me ha tocado vivir en una época agitada y he seguido mi tiempo con los pocos recursos que tenía, y tengo. Contar historias, una extraña manera de ganarse la vida, un poco injusto y un poco impostor. Continúo con ello, no porque me pague la bebida, sino porque me hace compañía.

—Borges es el único escritor obligatorio del siglo XX. ¿No deja afuera a demasiada gente?

—Como lector, considero la lectura un entretenimiento que necesita de complicidad. Borges hace del lector su cómplice.

—Dice usted: “Un escritor se forma leyendo un camión de libros, mirando por la ventana y escuchando las historias de los viejos”. ¿Nada más?

—Para mí era suficiente, pero cuando digo que me asomo por la ventana, me refiero a asomarme mucho por la ventana, aceptando el riesgo de caer a la calle.

—Le interesó la Biblia porque no tiene en cuenta al lector. Cada día, cuando despierta, lee un capítulo en hebrero antiguo. Y para colmo no es creyente.

—El credo no tiene nada que ver con la lectura de los textos sagrados, de lo contrario, los analfabetos serían excluidos de la fe. Leí una historia en la lengua original en la cual una deidad creó el mundo sirviéndose del uso de palabras como su única herramienta. Por misterioso caso, esa historia es también la fe adoptada por la civilización a la que pertenezco.

—“Sigo siendo un sentimental de la justicia”. ¿Cree de verdad que tiene hueco en este mundo que se agota?

—La justicia no es una lista de leyes de un código, sino un sentimiento. La primera objeción de un niño hacia sus padres es: no es justo. En él se forma pronto un sistema de verificación de lo que es justo y se rebela cuando no lo ve aplicado, aunque sólo sea por un juego con los demás. La justicia se basa en la igualdad, la cual es, también, un sentimiento fundamental de una sociedad. Por eso nos irritamos cuando estamos en fila y uno rompe su turno de espera, actuando con prepotencia con los otros.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: PAOLA PORRINI

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