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martes, 24 de enero de 2017

  • 24.1.17
Estoy en un destartalado sótano con un periodista de tribunales. Él está maniatado. La humedad es rancia. La tierra mojada de este agujero se mezcla con el aroma de las fritangas que se cocinan en una tasca cercana. No sé cuántas horas llevo aquí. Me obsesiona la duración del tiempo y su existencia. Tengo verdadero pánico a la eternidad, sea con Dios o sin él. Siempre me invaden estos pensamientos cuando tengo que matar a alguien.



Pensé que se podría salvar, pero hay que eliminarlo. Debo acabar con su vida. Se llama Ángel Gómez y está delante de mí. Me mira asustado. Mi mano tiene una pistola. Es más fácil disparar que acuchillar o estrangular. Solo tengo que apretar el gatillo.

Tengo que matar a un tío simpático. Es imposible simular lo que estoy a punto de hacerle y él ya lo sabe. Tiene la mirada fija en mis ojos. Intenta encontrar en mi rostro un atisbo de humanidad, un instante de duda.

Al otro lado de la calle se filtra desde el bar una vieja canción de Miles Davis. Se cuela por el ventanuco de esta pocilga. La trompeta de Davis nos gusta a los dos. Él ya se está imaginando que antes de que acabe el disco habrá dejado de existir.

"Me gusta Miles Davis", me dice con la cara empapada en sudor. "Su trompeta es un regalo para los solitarios". Quiere entretenerme, dejar que pase el tiempo, apurar unos segundos más de su vida, y yo tengo que matarlo, no puedo esperar. Mi novia se podría impacientar. "No me mates. Por favor, déjame salir y te prometo que nunca sabrá nadie quién eres, no diré nada. Al fin y al cabo me salvas la vida. Deja que me vaya".

La gente que va a morir se comporta de manera muy distinta. Unos callan y se resignan a lo evidente. Otros lloran e imploran y quieren liberarse en un momento inútil. Y otros, como este tipo, no dejan de hablar. Es como si el silencio les diera más miedo.

"¿Sabes? Mi hija Andrea...". Un sonido sordo se para en la "A" de Andrea. En ese preciso instante una bala salió de mi pistola, le atravesó la cara y lo tendió boca arriba. Después fue todo muy rápido. Él lloraba con la lengua partida por la herida. Me miraba aterrado, y esos ojos fueron los que me provocaron que siguiera disparando.

Parecía un muñeco embadurnado en Ketchup, y por eso fue más fácil para mí. Después de tres disparos la vida se va, y el que suplica se mueve con los últimos estertores de la muerte, como un monigote de goma.

Sigo aquí. Ahora está callado, y la sordina de Davis lleva su ritmo al otro lado de la calle. La sangre le sale de la boca y parece que respira. Me acerco y le vuelvo a disparar. Ya se paró su pulmón y mi dedo dejó de apretar el gatillo.

Estoy en esta oscuridad y necesito salir a tomar el aire. Es mi última oportunidad para redimir una culpa que no tengo. El viento frío de enero me da en la cara y me renueva el alma. Es como si me limpiara todas las manchas de mi conciencia.

Acabo de quitarle la vida a un hombre que me caía bien y no siento nada. Es fácil. Es fácil matar a un hombre. Solo hay que tomar la decisión de hacerlo y aguantar la parte más desagradable. Lo de la sangre y lo del terror del que va a morir. Por eso, es mejor matar rápido y, si es posible, matar desde lejos, sin verle la cara a la víctima.

Entro en el bar que está al otro lado de la calle. Miles Davis sigue sonando, ahora más cerca. Su trompeta se escucha con más vigor y es mi cómplice. Llego tarde. Mi novia seguro que me está esperando en la puerta del cine y no me va a dar tiempo de limpiarme la sangre.

Entro en el baño y compruebo que un trozo de su diente se me ha incrustado en la chaqueta. Me desprendo de él. Con un poco de jabón intento quitarme unas gotitas de sangre y ya está todo arreglado.

Paro un taxi. Mi novia todavía me está esperando. Me da un beso y entramos en la sala. Llegamos a mitad de los trailers. Ella se llama Amelia y nada en el mundo me hace sentirme más feliz que cuando le cojo la mano.

GONZALO PÉREZ PONFERRADA

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