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Aureliano Sáinz | Defender el Patrimonio

Durante las Navidades, o en las cercanías a esas fechas, es habitual que las familias y los amigos contacten entre sí y se feliciten deseándose lo mejor. También son habituales las reuniones y las comidas, sean familiares, de empresas, de compañeros trabajo, de peñas de distintos signos o de amigos que comparten algunas aficiones o proyectos que llevan adelante.



Son encuentros que forman parte de arraigadas tradiciones del mundo occidental y que llenan estos días de emociones y sentimientos en los que los recuerdos y la nostalgia se mezclan con cierta añoranza ante la idea de un año que acaba, al tiempo que se vislumbra otro en el que volcamos anhelos y renovadas esperanzas, con el fin de que la vida clausure los malos momentos vividos y sintamos que vamos a caminar por nuevos senderos.

Acercándonos a estas fechas, solemos tener en cuenta algunos de esos encuentros que conviene preverlos con anticipación, ya que es necesario que las agendas personales no sean obstáculos para que lleguen a feliz término.

Esto fue lo que nos sucedió a los miembros de la Asociación para la Defensa del Patrimonio del bello pueblo extremeño de Alburquerque, dado que con suficiente tiempo planificamos para el sábado 17 de diciembre el encuentro anual que ya mantenemos como una tradición.

Y había que hacerlo con bastante antelación puesto que en este lugar teníamos que encontrarnos gente que residimos, no solamente en el propio Alburquerque, sino también en distintos puntos de la geografía extremeña o andaluza. De Sevilla, Córdoba, Cáceres, Badajoz o Mérida salieron vehículos con destino a una localidad equidistante de las dos capitales de Extremadura y muy cercana a la frontera con Portugal.



El punto concreto de cita era La Alameda, paseo central del pueblo desde el que se divisa una espléndida panorámica de una fortaleza omnipresente en todo el territorio que rodea a la villa. Allí, poco a poco, nos fuimos encontrando una parte importante de la Asociación, nacida inicialmente, en 2007, como Plataforma en defensa del Castillo de Luna, y que, finalmente, ha acabado configurándose como un colectivo de amigos de distintas generaciones.

Bien es cierto que en esta reunión no podíamos contar con el historiador británico Edward Cooper, el más importante investigador de los castillos y fortalezas nuestro país, y que tanto apoyo nos mostró a lo largo de estos años de lucha en la defensa de la integridad del castillo ante la amenaza de la construcción en el mismo de una horrenda hospedería.

Sin embargo, llegamos a conocer a Rodrigo, el benjamín del grupo, ya que sus padres desean transmitirle el amor que todos sentimos por el importante patrimonio medieval que acumula tanto la villa de Alburquerque como el entorno o territorio que la rodea.



No quisiera extenderme en esta ocasión sobre la larga, tenaz y entusiasta lucha mantenida por un grupo que aprendió a estar muy cohesionado en todas sus actuaciones, ya que solamente contábamos con nuestras propias fuerzas y el apoyo desinteresado de historiadores como el ya citado historiador Edward Cooper o el profesor medievalista de la Universidad de Extremadura Francisco García-Fitz.

Años de luchas y de esfuerzos; tiempo para entender que la razón estaba de nuestro lado; tiempo para asimilar que los intereses de las distintas administraciones, locales y autonómicas, que deberían velar por la protección de los bienes patrimoniales, caminaban en sentido distinto a los de la ciudadanía, ya que se mostraban guiadas por espurios intereses.

Sobre todo esto, hace ya tiempo que escribí un artículo titulado Merece la pena luchar, texto que puede consultarse por aquellos que deseen conocer la trayectoria de Adepa (Asociación para la Defensa del Patrimonio), por lo que evito repetir ese trabajo tenaz llevado a cabo y que acabó dándonos, en gran medida, la razón.

Pero la defensa del Patrimonio de Alburquerque, aun siendo la más importante llevada a cabo por la integridad del Castillo de Luna, no se circunscribe a esta fortaleza, ya que uno de los hechos singulares de Extremadura es la cantidad de castillos medievales que se encuentran enclavados en su territorio.

Y dentro del extenso territorio extremeño cabe destacar la zona fronteriza con Portugal, puesto que los conflictos y las guerras entre los reinos de Castilla y de Portugal fueron muy frecuentes durante la Edad Media. Esto dio lugar a que, además del Castillo de Luna situado en la misma villa, no lejos de Alburquerque se encuentren otras fortalezas, como son el Castillo de Piedrabuena, el Castillo de Azagala y, ya un tanto alejado y en situación de ruinas, el de Mayorga.



Para quienes nacimos en Alburquerque, el Castillo de Piedrabuena forma parte de nuestra historia personal, dado que se localiza a escasa distancia de la villa, por lo que, incluso, es posible llegar al mismo caminando o en bicicleta, tal como hacíamos en nuestra infancia y adolescencia los de mayor edad del grupo.

Una de las cualidades a destacar de este castillo es el perfecto estado de conservación en el que se encuentra, puesto que sus propietarios se han encargado de cuidarlo, mantenerlo y reformarlo, de forma que en la actualidad se utiliza como lugar en el que se celebran eventos.

Desde el punto de vista arquitectónico, hay que apuntar que es un castillo de llano, es decir, que, a diferencia de las fortalezas defensivas y de vigilancia ubicadas en lo alto de los cerros, este se encuentra en una planicie.

Temporalmente, la fortaleza fue construida en dos etapas: la primera, de tipo medieval, corresponde al siglo XIII, cuando se levanta la torre del homenaje y un pequeño recinto adosado, que sufre modificaciones en el siglo XIV al reformarse la torre y edificarse el cuerpo principal de la fortaleza con las torres angulares; la segunda, de corte renacentista-barroca, corresponde a los siglos XVI y XVII, en los que se introducen modificaciones de carácter palaciego.

Básicamente es un edificio cuadrangular con pequeñas torres en los ángulos, tres de las cuales son cilíndricas, destacándose también la torre del Homenaje con planta cuadrada. Conviene apuntar que el Castillo de Piedrabuena, a pesar de ser propiedad privada, es visitable, al tiempo que en el mismo se celebran algunas ceremonias, por lo que podemos decir que su uso abierto da lugar a que tenga vida propia.



Algo más lejos, aproximadamente a unos 15 kilómetros y en lo alto de un escarpado cerro de la sierra de Santiago, se alza el Castillo de Azagala, dominando las vistas de un espléndido entorno natural.

A diferencia del Castillo de Piedrabuena, el de Azagala, también propiedad privada, se encuentra en claro proceso de deterioro, pues no tiene uso y si no hay intervenciones de consolidación y rehabilitación es posible que su decadencia sea irreversible.

Sobre su emplazamiento, se cree que debió existir una fortaleza islámica con anterioridad, aunque no hay elementos que apunten en este sentido. Sus restos más antiguos nos hablan de una fortaleza cristiana construida entre los siglos XIII y XV. Como posesión señorial, perteneció a don Martín Gil de Pousa, mayordomo del rey Alfonso I de Portugal. Posteriormente, es propiedad del Concejo de Badajoz, hasta que en el siglo XV pasa a la orden de Alcántara.



El Castillo de Azagala tiene un acceso más difícil que los anteriores, puesto que para llegar al mismo hay que hacerlo a través de caminos rurales, lo que dificulta su visita. Desde el punto de vista arquitectónico, se trata de una fortaleza estrecha y alargada, de unos 140 metros de largo, pues, tal como he apuntado, se encuentra en la cumbre de un alto y estrecho cerro desde el que se domina una amplia panorámica de los campos extremeños.

Consta de tres recintos sucesivos. El primero, en el oeste, encontramos un antemuro irregular rodeando un patio. Posteriormente, aparece la entrada al segundo recinto, con arco de medio punto entre dos torres, una pentagonal que comunica con el adarve y la otra de tipo cuadrado con una escalera adosada, así como la torre de Armas, de tipo cuadrado, a la que se llega desde el adarve, y un alargado patio con la torre del Homenaje del siglo XIII. El tercer recinto, que se encuentra en el este, posee una torre triangular, con sótano-almacén, cámara y terraza con matacanes.



Para cerrar, quisiera indicar que en la fotografía precedente puede apreciarse el deterioro en el que encuentra la zona este de la fortaleza, siendo una clara manifestación de la dejadez por parte de sus propietarios que tienen la obligación de conservarla y de los poderes locales y autonómicos que deben velar por la preservación del Patrimonio.

A pesar de esta situación, quisiera llamar la atención sobre la belleza que presenta la espléndida naturaleza que rodea al Castillo de Azagala. Desde el mismo, pueden verse los inicios del pantano del Águila, junto a las paredes rocosas que delimitan las aguas que llegan al mismo.

Allí, desde lo alto de la fortaleza, es posible contemplar una gran colonia de buitres negros que se expanden por esas paredes rocosas para recibir los rayos del sol vespertino. Y es que la defensa del Patrimonio no se circunscribe al arquitectónico o cultural, sino que también hay que extenderlo al natural, dado que este es una de las mayores riquezas que poseen los extensos campos y dehesas de Extremadura.

AURELIANO SÁINZ
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