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Raúl Solís | Más 'Borgen' y menos 'Juego de Tronos'

Birgitte Nyborg es la candidata a las elecciones generales de Dinamarca en una genialísima serie política llamada Borgen. Se presenta por el Partido Moderado, una formación pequeña que obtiene unos grandes resultados electorales y se convierte en tercera fuerza política del país. Los dos partidos que están por encima del partido de Birgitte no consiguen los apoyos suficientes del Parlamento danés para gobernar, pero Birgitte Nyborg conseguirá gobernar sacando a pesear toda su inteligencia y cordura y sabiendo leer los resultados electorales. Los daneses eligieron pluralidad y diálogo.



Consigue gobernar con laboristas y ecologistas a través de un pacto de legislatura y, en votaciones concretas, es también capaz de conseguir el apoyo de otras bancadas del Parlamento. Su secreto: el destierro de la testosterona como arma política, el diálogo, la inteligencia, la prudencia, el saber escuchar y la seguridad de que ningún grupo, ni el suyo propio, tiene la verdad absoluta sobre ningún tema.

Y, lo que es más importante, la certeza de que hacer política es la diferencia entre tus máximas ideológicas y las máximas ideológicas del resto de actores con los que firmas un acuerdo, sin que ello signifique que nadie renuncie a sus máxima ideológicas.

¿Y tiene principios? Por supuesto, y no trafica con ellos. Le sirven para a través del diálogo, mediante la argumentación, convencer a sus adversarios y también a sus propios colaboradores, a los que no tiene empacho en cesar cuando la ética y la decencia descarrilan.

Birgitte ejerce un poder tradicionalmente llamado “blando”, esto es, alejado de las formas rudas tradicionales en la que los hombres –aunque también muchas mujeres– han ejercido tradicionalmente el poder, paradigma que se refleja en la serie Juego de Tronos.

Frente a la estrategia de arrase, Birgitte destila encanto, amabilidad, empatía e intuición. Frente a los machos alfa de la política tradicional danesa, Birgitte consigue imponerse gracias a su temple, a sus convicciones y a su extremo compromiso de servicio público.

Frente a los egos desmedidos y la sobreactuación del paradigma masculino en el mundo político, Birgitte crea equipos, los hace sentir importantes, se nutre de ellos y no lanza una medida hasta que no está bien trabajada y son partícipes todos los interlocutores afectados.

Frente al insulto y conquista por derribo, Birgitte se trata de ganar a su electorado mediante la amabilidad. Birgitte pone nerviosos a sus rivales, desacostumbrados a tratar con una líder política a la que no le hace falta dar un puñetazo en la mesa para ganarles la partida.

Frente a las estrategias partidistas de "matar al enemigo", Birgitte sólo tiene una estrategia: poner en marcha su programa de gobierno y dar estabilidad a un gobierno cogido con pinzas. Su trato con la prensa, a pesar de tener enemigos furiosos en ella, es cordial, serio y respetuoso. A Birgitte no se le ocurriría nunca no responder una pregunta de un periodista o responder con evasivas. Mucho menos, despreciar a un periodista.

Tiene respuestas para todo, incluso para las preguntas incómodas. A las preguntas incómodas responde con verdad y cuando sus asesores pierden la verdad por el camino, es implacable con ellos. Si algo es Birgitte, es decencia y diálogo.

Por un momento, viendo a Mónica Oltra hace unos días en la rueda de prensa con los diputados de Compromís después de reunirse con Pedro Sánchez, creí que era Birgitte Nyborg y que todo sería más fácil si los acuerdos para formar un gobierno progresista en España se parecieran más a Borgen y menos a Juego de Tronos; si hubiera más inteligencia y menos testosterona. Más verdad y menos impostura.

RAÚL SOLÍS
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