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domingo, 14 de febrero de 2016

  • 14.2.16
Hay momentos en las vidas de las personas en los que tienen que enfrentarse a retos, unos imprevistos y otros previsibles, que suponen cambios sustanciales dentro de las trayectorias personales. Uno de esos desafíos se produce cuando se tiene que abandonar obligatoriamente el trabajo que se ha llevado a lo largo de muchos años y que ha supuesto una parte importante de la identidad propia.



Me estoy refiriendo a la jubilación, palabra cargada de enormes y diversos significados para quienes tienen que acceder a la misma en fechas cercanas. Como todos sabemos, la jubilación es la transición de una vida laboralmente activa a la situación de baja en aquel trabajo que se llevado a lo largo de los años.

En algunos casos, este paso se vive como un alivio, pues supone el merecido descanso de una actividad que con el tiempo se ha hecho agotadora y se desea tener oportunidades para uno mismo y dedicarse a aquello que no se pudo hacer antes o a tareas ya decididas libremente.

En otros, sin embargo, supone una ruptura con una labor con la que uno puede identificarse y que, a pesar de las adversidades, ha sido un trabajo verdaderamente gratificante, por lo que dejarlo supone un verdadero pesar.

Dentro del ámbito en el que me muevo, conozco algunos profesores y profesoras que aman de verdad este trabajo y que la llegada de la jubilación la viven con tristeza y pesadumbre. Es el caso de Miguel Ángel Santos Guerra, gran amigo, catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga, con quien compartí, el pasado 5 de febrero, la última tesis doctoral que dirigía.

Miguel Ángel, tiempo atrás, llegó los setenta años, fecha de la jubilación obligatoria para el profesorado de la Universidad española (la voluntaria es a los 65 años, edad a la que la mayoría se acoge). Solicitó y se le concedió estar como profesor emérito durante tres años más, que ya los ha cubierto, por lo que, a su pesar, tiene que dejar académicamente este trabajo que le apasiona.

A la vuelta de la estancia en Málaga, en la que formé parte del tribunal que enjuiciaría la tesis doctoral de una alumna suya, le escribí una carta a El Adarve, blog en el que participamos muchos docentes, puesto que lo ha configurado como un foro de debate abierto y plural que gira, principalmente, alrededor de la enseñanza.

Como reconocimiento a su labor, me ha parecido oportuno, en esta ocasión, traer a la sección de Negro sobre blanco el escrito que le remití como respuesta a un reciente artículo publicado con el título “Docentes jubilados en Cantabria”, y que paso a presentar.



Querido Miguel Ángel:

¡Qué magnífica idea que una Comunidad Autónoma, como es el caso de Cantabria, tenga un Día del Docente y que en el acto de celebración se rinda homenaje a todos aquellos que se han jubilado!

Eso es algo a proponer aquí en Andalucía (y en el resto de comunidades), pues, como bien apuntas, es un modo de gratitud hacia todos aquellos, hombres y mujeres, que dedicaron su vida a la hermosa tarea de formar a las nuevas generaciones, atravesando y sorteando toda clase de dificultades y obstáculos para que la nave no zozobrara en ese incierto navegar que es la formación de personas con los mejores conocimientos y valores que la humanidad nos ha legado y tenemos que transmitir.

Nadie mejor que tú para intervenir en ese acto, tras las acciones protocolarias. No solo porque eres un referente de docente que ha entregado con entusiasmo inusitado su vida a esta tarea que, como bien dices, es inmortal, puesto que todos los pueblos, todas las culturas, todas las comunidades tienen que preparar a sus hijos e hijas para que sean miembros de las mismas con las mejores cualidades morales e intelectuales.

Con todo, siempre hay una cierta nota de tristeza y nostalgia cuando se tiene que dar por concluida la tarea que uno ama. Es lo que sentí (sentimos) los que configuramos, el viernes pasado por la tarde, el tribunal que tenía que enjuiciar la tesis doctoral de Estefanía cuando nos indicaste que era la última que dirigías (aunque tuvieras algunos compromisos fuera de nuestras fronteras).

Lamenté no quedarme a la cena para celebrar la brillante intervención que hizo tu alumna de doctorado y compartir con vosotros la charla colectiva que cierra estos eventos, y en la que ya, lejos de los nervios de quienes se tienen que someter a estas relevantes pruebas, se habla de temas próximos y distantes.

Lo cierto es que era la primera vez que se me invitaba a un tribunal de tesis cuya lectura se hacía por la tarde; siempre habían sido por las mañanas, y las comidas eran la continuación, por otros medios, de esos encuentros de compañeros y amigos que tanto me gustan. Pensé que, quizás, se tomarían unas copas después, por lo que saqué el billete de vuelta de manera anticipada para el último tren que volvía a Córdoba, lo que me hacía imposible quedarme con vosotros.

Muchas gracias, querido amigo, por el libro “Pasión por la escuela”. Estuve leyendo, de manera aleatoria, las cartas que has logrado recopilar y publicar en una editorial argentina. Como bien apuntas en el título, lo tuyo es verdadera pasión por la enseñanza, que se plasma en cada una de esas misivas que escribes a imaginarios receptores de las mismas.

Durante el trayecto, no levanté la vista del libro, y, cuando menos lo pensaba, en el tren se nos anunció que nos acercábamos a Córdoba.

Al llegar a casa, Flora me preguntó: “¿Qué tal ha ido todo?”. Estuvimos charlando largo rato sobre el tema. Le expliqué todos los pormenores. Entre la información que le proporcioné, le manifesté: “La tesis era excelente al igual que la exposición que hizo Estefanía. Pero lo que más me sorprendió fue la soltura, la seguridad y la claridad de ideas con las que respondió a las numerosas preguntas, de todo tipo, que le habíamos hecho… Creo que ha sido la mejor defensa que he escuchado de alguien que tiene que enfrentarse a un tribunal de tesis”.

También comentamos tu jubilación. Y una cosa en la que estuvimos de acuerdo fue que lo que más tristeza produce de todo ello es el momento en el que uno tiene que dejar el despacho, ir quitando libros, apuntes, materiales de trabajo, recuerdos muy queridos que han formado parte de una larga vida dedicado al trabajo que uno ama.

Sinceramente, querido amigo, el día que me toque cerrar la puerta de mi despacho tendré que estar solo, pues, aunque soy persona de pocas lágrimas, creo que en ese momento el rostro se me va a inundar de ellas.

Sé que tu trabajo en este mundo que te apasiona no se cierra con la puerta del despacho, que vas a continuar en otras formas y que El Adarve (muro de defensa y camino de las fortificaciones) continuará floreciendo en esa flor de hojas rojas que has elegido como símbolo de esas misivas que nos regalas cada fin de semana y que nos sirven para que reflexionemos y hablemos, entre otras cosas, de la escuela y la enseñanza, motivos que nos aúnan a quienes te seguimos.

Querido Miguel Ángel, siempre te tendremos como el maestro y compañero, inteligente, sincero, amable y generoso, que has sido y que nos has ayudado en todas las ocasiones que hemos acudido a ti a pedir cualquier tipo de ayuda. No te quepa la menor duda de que siempre estarás con nosotros.

Recibe un gran abrazo de tu amigo. Aureliano



Esta fue la carta que le remití a El Adarve, como reconocimiento a su ingente labor educativa a lo largo de tantos años. También porque soy plenamente consciente que la enseñanza, en cualquiera de los niveles, no es un trabajo estrictamente individual y aislado, sino que cada uno de los que nos encontramos en ella formamos parte de un colectivo, más o menos cohesionado, que tiene un objetivo común.

Es por ello que conviene agradecer a todos aquellos compañeros (muchas veces amigos y amigas que se han forjado a lo largo del tiempo) que nos han ayudado a llevar adelante la estimulante, compleja y complicada tarea educativa. Y en el ámbito universitario, esta amistad se refleja especialmente en la configuración de los tribunales de tesis doctorales, puesto que todo el trabajo de los que los conforman se realiza de manera desinteresada.

Durante sus desarrollos, no es habitual hacerse fotografías. Casualmente, en cierta ocasión, y al terminar la defensa de una tesis doctoral, uno de los asistentes a la misma nos pidió que deseaba hacernos una de ellas. En la misma (que es la que muestro), y entre otros, aparecen tres grandes amigos que vinieron a formar parte de los tribunales de algunas de las últimas tesis que he dirigido.

Ahí, de derecha a izquierda, nos encontramos: Miguel Ángel Santos, Juan Daniel Ramírez, quien esto firma, María de los Ángeles Hermosilla, juntos a Teresa y Blas, dos magnificos profesores a quienes dirigí sus tesis doctorales.

Con esta instantánea quiero mostrar mi agradecimiento a todos los compañeros y compañeras que aceptaron formar parte de los tribunales de tesis doctorales que a lo largo de los años he ido dirigiendo. Ciertamente, sin su generoso apoyo no hubiera podido cerrar estos apasionantes, aunque largos y agotadores trabajos.

AURELIANO SÁINZ

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