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sábado, 2 de enero de 2016

  • 2.1.16
Hay gente que tiene la dicha de trabajar en algo que llena su alma y sobre el que el dinero no tiene poder. Aunque fuesen ricos seguirían dedicándole tiempo de su vida a ese oficio o profesión. He conocido personas con esa dicha: una médica, un restaurador de muebles del siglo XIX, un entrenador personal, una enfermera, un periodista... Y conocí a un cuentero. Me fascinó. Había elegido ser un juglar itinerante en el siglo XXI y tenía la habilidad de poder vivir de eso. Quizás yo podría hacer realidad lo de escribir cartas de amor...



Una tarde de primavera, en un parque con estanque y cisnes blancos deslizándose sobre un agua verde esmeralda, divisé un grupo de gente en círculo. Yo no soy amante de las reuniones y por eso me gusta pasear sola entre árboles que se abrazan. Pero algo hizo que mis piernas se movieran en la dirección del grupo.

A veces me ocurre: es como si una energía me atrajera. Me entremetí entre la gente y pude ver a un chico de mi edad con el pelo largo recogido en una con una cinta roja, un zurrón a modo de bolso y unos brazos que se movían en mil gesticulaciones. Me acerqué más y pude oírlo.

Su voz me atrapó, su forma de narrar una historia de su tierra en la que los enemigos hacen las paces y su sonrisa me invitó a sentarme sobre la hierba. No sé cuánto tiempo pasó hasta que fui consciente de que yo era su único público. Cuando reparé en que estábamos los dos solos y que la noche había caído, me sentí como un roedor que se hubiera dejado embrujar por la música de una flauta. Mi mente dejó de pensar –con lo que me cuesta cuando intento meditar– y me vi paseando con él por una calles laberínticas, estrechas, que invitaban a las confidencias.

Supe que era de un pueblo del sur del continente americano, en el que la gente alternaba el castellano con el guaraní, su lengua indígena. Contaba su vida como si de una fábula se tratara: su tía abuela lo cuidaba cuando su madre trabajaba y ya desde la cuna le contaba leyendas y cuentos de antes de la invasión española. También le cantaba canciones en las que los guerreros rendían pleitesía al fuego y a un dios sediento de sangre humana.

Él había nacido para contar historias y se movía por todo el mundo siguiendo los dictados de una fuerza parecida a la del viento. Nunca sabía su próximo destino: una feria, una reunión de profesores, otro parque... Cualquier sitio era bueno para entretener y emocionar a sus oyentes.

Yo sentí que estábamos llamados a encontrarnos y que alguna magia de la madre tierra nos había unido en aquella noche de ensueño. ¿Qué misterio se esconde detrás de una mirada y una sonrisa? ¿De dónde viene esa fuerza que hace que veas a una persona y sientas inmediatamente que va a ser alguien importante en tu historia?

Aquella noche la magia funcionó y nos perdimos juntos hasta que el sol decidió no seguir dormido y echó del firmamento a aquella luna que no estaba plena, ni lo necesitaba, para velarnos con su luz. El sueño tuvo su fin, pero en mi recuerdo nunca ha terminado. El muñeco que controla mi cerebro a veces acierta: "No enjaules a un pájaro cuyas plumas brillan con el destello de la libertad". Y no lo enjaulé. A mí él me gustaba libre.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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