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sábado, 16 de enero de 2016

  • 16.1.16
Al final he pasado las Navidades con mi prima, su marido y sus tres hijas. Me gusta el hogar que han creado y siento la calidez del mismo cada vez que voy. En esto del amor no hay lógica, ni dos premisas llevan a una conclusión. Mi prima nunca conoció a su padre. Ni lo necesitó. Su madre soñó con un mundo mejor, con un país más libre, con mujeres no incapaces para contratar, ni para vivir sus propias vidas.



Mi tía Antonia estudió gracias a una beca y a mucho esfuerzo; corrió delante de "los grises", se enamoró perdidamente de un compañero que resultó no ser un hombre. Un hombre puede dejar a una mujer, pero nunca a un hijo.

Ella siempre ha sido el espejo en el que yo me he mirado y a quien le debo gran parte de mi bagaje cultural. A su hija, también. Las canciones de los ochenta me acompañan muchas mañanas de sábado y me trasladan a días en los que las dos disfrutábamos de la compañía de nuestra abuela.

Me gustan las mujeres fuertes y decididas, esas que derraman lágrimas, pero que no se dejan ahogar por ellas. Después de la desilusión, mi tía, ayudada por mi incombustible abuela, terminó su carrera de Derecho, sacó unas oposiciones y crió a su hija con mucho amor y alegría.

Decía lo de la lógica porque aunque mi prima Laura nunca ha visto en su casa un modelo de familia convencional, entendiendo ésta como una pareja con hijos, ella sí la tiene. Se podría esperar que fuese una resentida, que no supiese crear un entorno estable de familia, pero esas teorías forman parte del cerebro, no del corazón.

Cuando el corazón se emociona y siente que el corazón de enfrente galopa cuando están juntos, surge un hilo fino y fuerte que los une y los hace crecer, volviéndose ambos poderosos. Ya sé que soy muy romántica, pero es que yo tengo un don: puedo ver ese hilo invisible de unión en los demás.

Desgraciadamente se da muy poco: muy pocas parejas han conocido esa magia que proviene no se sabe de dónde, pero que hace que tengamos momentos sublimes, que nos llenemos de amor y generosidad, que queramos ser mejores personas y que la felicidad del amado sea tan importante como la nuestra.

Y Laura y su marido han sido afortunados: entre ellos, el amor existe y esa llama inicial que se encendió una noche de verano sigue fuerte. Sus ojos no mienten, la química sigue, el hilo no solo no se ha roto, sino que con las vicisitudes de la vida se ha hecho resistente y brillante.

Me encanta verlos juntos, me encanta ver feliz a la gente que quiero. Han sido capaces de crecer juntos, de respetar espacios. Para mí representan el ideal del amor: estar uno cerca del otro, sin ensombrecerse, sin estrategias, con calma, con pequeños detalles, con valentía ante los desafíos de la vida y la muerte, sabiendo que el otro está ahí, que puedes sentirlo sin tocarlo.

No sé si el universo tiene reservado para un hombre y para mí este amor. No me conformo con menos. Lo que he aprendido en estos años de hurgar dentro de mí, es que yo no puedo hacer nada para lograrlo. Ocurre cuando tiene que ocurrir y se reconoce. Por ahora, el amor lo reservo para las películas y mis adorados libros.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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