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sábado, 26 de diciembre de 2015

  • 26.12.15
Mi prima dice que tengo un alma vieja. Yo siempre le digo que mi verdadera vocación es escribir cartas de amor. Siempre me imagino escribiendo cartas como las que Florentino Ariza le escribía al gran amor de su vida, Fermina, en El amor en los tiempos del cólera. Me veo en la plaza colonial de un pueblo colombiano, vestida con un traje blanco de encaje y un sombrero a juego, sentada delante de una mesita en la que reposan folios blancos, un tintero, una pluma y un secante con incrustaciones de nácar.



Hace mucho calor, pero tengo mi pañuelito bordado con un pájaro azul para evitar que el sudor resbale por mi frente y moje las palabras. Se ha acercado un hombre. Quiere que le escriba una carta a su novia que vive en la capital. Él no sabe leer, ni ella tampoco. Me hace saber que las cartas se las lee el párroco de su barrio. "Señorita, póngale usted unas frases bonitas, pero no atrevidas". Y yo sonrío.

Me cuenta que ella es muy linda, que tiene el pelo negro como los cuervos. Yo lo corrijo. "Esa comparación no es buena, mejor dile cuando la veas que su cabello brilla como el azabache". Y él lo repite en alto para memorizarlo.

Patricia, así es su nombre, ha sido su vecina "desde chiquitos". Se pasaron la infancia jugando a pelearse, hasta que un día la madre naturaleza los cambió y empezaron a sentirse extraños en sus cuerpos y empezaron a mirarse con otros ojos. Ella ya no era la niña delgadita de ojeras moradas y él dejó de ser el muchachito travieso que se subía a los árboles y cuya madre "no ganaba para sustos".

Como no podía ser de otra forma, fue la música la que los unió. Fueron las notas de un vallenato las que animaron a sus cuerpos a desvestirse de la timidez y a dejarse flotar una noche de abril. Eran las fiestas del pueblo en el que ambos vivían. El calor de la noche y el fuego de su sangre le infundó valor a su cabeza. La cogió del brazo y la llevó a la pista. Y en la tercera canción ya le dijo: "Tú vas a ser mi mujer".

Y allí estaba él trabajando en una plantación para "juntar dinero" y poder tener una casita, mientras ella había tenido que irse a la capital a servir en una "buena casa". El año siguiente se casarían.

"Querida Patricia:

Estás siempre en mi pensamiento y la imagen de tus lindos ojos y de tu cabello me acompaña y me da fuerzas en el día a día. Añoro tu risa, los bailes de los domingos con tu vestido blanco y las horas de charla en las que imaginamos nuestra vida juntos. ¡Cómo me gusta verte feliz!".

Me interrumpe: "Póngale algo para que no me olvide". Y veo cómo sus ojos me suplican, me piden que haga magia, que invente un hechizo para que la distancia no sea el olvido, como recuerda un bolero. Y en ese momento yo quiero poder crear un hilo invisible, pero fuerte que los una sin ahogarlos. Y sigo escribiendo.

Se va con su carta contento y aparece una mujer. Espera a que nadie esté cerca de nosotras para contarme su secreto: quiere escribirle al amor de su vida, ese que dejó cuando su padre la obligó a casarse con un militar gordo y viejo. Ella no puede olvidarlo. Y veo en su rostro la desesperación de una persona que no fue valiente y pretende que las agujas del reloj regresen a los diecisiete.

Y así irían pasando por mis manos y mi cabeza infinidad de historias de amor y desencuentros. Sería maravilloso escribir para curar las heridas que las flechas del dios Eros causa desde que el inicio de la vida. ¿Y qué, si tengo un alma vieja?

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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