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viernes, 21 de noviembre de 2014

  • 21.11.14
Estamos prestos a rechazar la crueldad física por aquello de que se perciben sus huellas; pero no lo estamos tanto contra la violencia psíquica cuando despreciar, insultar, gritar, ofender al otro (él o ella) lo admitimos como algo normal, pensando que dicha conducta no hace daño alguno; o tal vez ¿creemos que no hacemos mal, porque aparentemente no se perciben las marcas?

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Eso hace que nos mostremos tolerantes con comportamientos de este tipo, ya sean amenazas verbales, control férreo de entradas y salidas, reproches a la forma de vestir –dato este muy marcado, sobre todo, contra las chicas más jóvenes–, etc. La violencia psicológica sobre la otra persona, ya sea verbal o actitudinal, cala y deja huellas indelebles y, de paso, los ejemplos maleducan a los que vienen detrás.

Las causas de la violencia doméstica pueden ser muchas y sería simplista reducirlas sólo a un machismo patriarcal, en el caso de ser el varón el agresor. Aunque esto sea lo más frecuente en nuestro entorno –el número de víctimas mortales está ahí–, hay que recordar que también existe violencia domestica contra el hombre por parte de la mujer.

Este tipo de agresión doméstica, ejercida contra los varones, es la otra cara del mismo problema. Para quien le pueda interesar le remito a los siguientes trabajos: La violencia en la pareja y 500 razones contra un prejuicio.

Esta variante cuesta admitirla por ser más abundantes y llamativos los casos de mujeres muertas y el discurso políticamente correcto incide solamente en la agresión machista. Buscar la mayor información posible debe ser siempre primordial. Esto lo digo porque puede que a algún lector o lectora le choque la referencia ofrecida.

No es consuelo que exista violencia doméstica sobre el varón porque se podría pensar que estamos defendiendo una postura revanchista. En muchas sociedades primitivas los humanos se tomaban la justicia por su mano.

De todos es conocida la vieja sentencia “ojo por ojo y diente por diente”, como fórmula de exigir venganza. Sería detestable defender la ley del Talión que era aplicada por babilonios, hebreos, griegos y romanos, entre otros pueblos de la Antigüedad; incluso, dicha ley, pervive actualmente en algunas comunidades musulmanas.

La sociedad dio un paso al frente y se crearon nuevos sistemas para impartir justicia, buscando la equidad. En un intento de impedir que nadie se tomase la justicia por su mano, serán los jueces los que se encarguen de aplicar la ley.

Sin embargo, con bastante frecuencia, no dejamos de pensar y expresar razonables dudas sobre el sistema judicial. Incluso hay quien clama por poseer una recortada de dos cañones. Volver a la ley de la selva sería un retroceso de consecuencias inimaginables.

A estas alturas del año, las mujeres asesinadas en España por violencia machista sobrepasan el medio centenar. Han sido eliminadas por alguien próximo a ellas, sea el marido, novio, amante, amigo o “ex” lo que sea. Todas ellas piden justicia y si mañana los números se vuelven y en su lugar son más los hombres muertos, deberemos clamar lo mismo: ¡Justicia!

Hasta no hace mucho, cuando se hablaba del perfil del maltratador-víctima, se hacía referencia a alguien de baja cultura, baja educación, bajos ingresos: bajo, bajo, bajo. ¿Por qué? Porque, tanto del agresor de cultura alta, alto de dinero, de alta profesión, como de la víctima –también de alto estrato social, cultural, económico, etc.– no se ofrecía dato alguno.

Las víctimas de malos tratos de la “gente bien” no se conocían y aún hoy son poco aireadas, porque todo quedaba en la más estricta intimidad y, a veces, impunidad. Según datos de la Junta de Andalucía, ni las mujeres maltratadas, ni los maltratadores responden a un perfil social, cultural o económico único.

Volviendo a las causas de la violencia, ésta puede estar motivada por un gran cúmulo de motivos, tanto psicológicos como sociales o culturales. Problemas mentales, porque el sujeto es de carácter violento; por traumas sufridos en la infancia; por no tener claros los límites de los propios actos; por pensar y creer que puedo hacer lo que me dé la gana y no pasa nada por ello. Como siempre, la retahíla de razones se hace interminable.

El problema radica en que la violencia doméstica afecta a personas concretas, conocidas o no, y cada acto perpetrado contra la integridad del otro tiene funestas consecuencias. Conviene dejar una idea clara: la violencia, venga de donde venga y la ocasione quien la ocasione, es una lacra para nuestra especie.

Subleva y exaspera cualquier tipo de muerte por violencia, llámese “de género”, “doméstica”, “machista” o “hembrista”. No uso el vocablo “feminista” porque su significado ya está delimitado y hace referencia a otras cuestiones.

Queda mucho camino por andar. Como prueba de ello recordemos la gran cantidad de mujeres que son víctimas de una cruel o sutil violencia física, psicológica o moral, por ejemplo, en el hogar, en el trabajo, en la misma privación de unos derechos reconocidos oficialmente pero negados en la realidad. Incluso, suponiendo que formamos parte de un colectivo civilizado, respetuoso, sensible ante la injusticia, sin embargo estamos lejos de cumplir con dichos derechos.

Eso sí, se nos llena la boca cuando vociferamos: ellos y ellas, padres y madres, niños y niñas, compañeras y compañeros, abuelas y abuelos –la letanía del abuso del género masculino-femenino es interminable– pensando que con ello ya hemos conseguido el objetivo de la paridad o la igualdad. Para desgracia, el uso de un lenguaje no sexista no resuelve nada si no va acompañado de actitudes impregnadas de unos valores.

Nuestra sociedad tiene un serio problema desde el momento en que hemos sustituido valores básicos como el respeto a la otra persona, sea hombre o mujer, la empatía, el derecho a ser diferente, la igualdad, la responsabilidad, la confianza, la asertividad, el esfuerzo, e incluso valores como la autoestima y la autoafirmación, esenciales para enfrentarse al rebaño y decir no a la humillación, los hemos sustituido, repito, por lacerante desprecio y vil acoso, en muchos de los casos.

Por cierto, el mejor servicio que podemos hacer y ofrecer a cualquier mujer víctima de violencia doméstica –quiero suponer que también al hombre– no es montar “un funeral de Estado” sino prevenir, descubrir, impedir, antes su situación de peligro para que no se los carguen y condenar a todas las penas legalmente posibles a los agresores.

En conclusión, podemos afirmar que, puesto que la mujer ha estado apartada de la vida pública, la historia política y cultural siempre la ha escrito el varón; que la mujer ha sido educada para estar sometida y hasta cuando suponíamos que se habían dado importantes pasos al frente salta la liebre del sometimiento.

Recalco que hay temas de mayor calado a los que no damos importancia por considerar que siempre han sido así. Por ejemplo, los valores que tradicionalmente se transmiten a los varones son distintos a los que, con cierta sutileza, se transfieren a las mujeres. La publicidad es un claro ejemplo de dicha dicotomía.

Mucho ha llovido desde aquellos primeros pasos en pro de la igualdad, por desgracia aun no conseguida pese al esfuerzo de muchas mujeres y también de hombres. En este desdichado tema, la realidad es más contumaz, porque una cuestión es lo que predicamos de cara a la galería y otra distinta la intrarealidad de cada casa.

A los hechos me remito con el triste tema de la violencia doméstica, silenciada incluso por la misma mujer en muchos de los casos. La muerte de un hombre o una mujer, de un niño o una niña, a manos de cualquier “pirao”, “frustrao”, “fracasao”… nos debe revolver las tripas.

Adjunto una interesante referencia de la artista china Yang Liu sobre Los estereotipos de género, resumidos en veinte esclarecedores pictogramas, referencia que considero muy ilustrativa y sugerente, junto con el programa de la Cadena SER del pasado 30 de octubre.

PEPE CANTILLO

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