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sábado, 1 de noviembre de 2014

  • 1.11.14
La extensa llanura estaba bajo sus ojos, llena de campos de cultivo y pequeños pueblos con sus correspondientes campanarios. Una bandada de pájaros surcaba el cielo y la carretera se perdía en una recta interminable. Desde lo alto de la loma, junto a las vías del tren, León se encendía un cigarro mientras Susana y Amalia discutían sobre la raza de los pájaros.

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–Son estorninos, está claro –decía Amalia.

–Que no, que son golondrinas –decía Susana.

–¿No había una canción sobre golondrinas?

–Seguro, pero creo que te refieres a “Volverán las oscuras golondrinas” y eso es un poema de Bécquer.

–No, te equivocas, es de Machado.

Y así podían pasarse toda la tarde. León no intervenía porque realmente no tenía ni idea de si eran estorninos o golondrinas, o si el poema era de Bécquer o de Machado. Dejó caer ceniza en una cajita, no le gustaba ensuciar el campo o arriesgarse a iniciar un incendio.

El capó del coche estaba recalentándose por el sol. Susana ahora lanzaba piedras colina abajo mientras Amalia cogía un escarabajo. Se volvió hacia León.

–¿Crees que Julián gritaría si se lo tirara a la cara? –preguntó con una sonrisa maligna.

–Probablemente se enfadaría tanto que se iría a pie a su casa –respondió León–. Y hay como catorce kilómetros, no lo hagas.

Amalia hizo una mueca y dejó con cuidado al escarabajo en el suelo. Lo observó correr por la tierra hasta desaparecer en un matojo de malas hierbas. León le tendió el cigarro y ella, sacudiéndose las manos en el pantalón, fue hacia él.

–¿Cuánto tiempo crees que estará durmiendo la mona? –preguntó ella, cogiendo el cigarro y sentándose a su lado. León miró hacia el interior del coche. Julián dormía en los asientos traseros, con sus largas piernas sobresaliendo por la ventanilla bajada.

–Yo diría que un par de horas –intervino Susana–. Julián siempre duerme un montón cuando regresa de estar de juerga.

Amalia suspiró con hastío y le pasó el cigarro a Susana. León vislumbró un tren que se acercaba por las vías. Sus amigas también lo vieron y los tres los contemplaron pasar a sus espaldas, haciendo temblar el suelo y levantando el viento a su paso. Aquello no despertó a Julián.

Amalia se bajó del coche y fue hacia el maletero.

–¿Queréis algo de comer? –preguntó–. He traído patatas y bocadillos de esos de mierda de la gasolinera.

El coche era de Susana, pero Amalia siempre lo tenía lleno de comida o refrescos. Decía que nunca se sabía cuándo era necesario escapar un rato. León se bajó del capó y fue a mirar lo que había.

–Tráeme agua, anda –dijo Susana–. No puedo beber si voy a conducir. Soy responsable.

–No eres responsable, eres una cobarde –puntualizó Amalia–. Te da miedo perder la cabeza bebiendo y eso lo sabemos todos.

–Que te den, pija.

León hizo caso omiso a la nueva discusión que empezaba a forjarse y sacó del maletero una caja cerrada en la que estaba escrita la palabra “libros” con grandes letras mayúsculas y rojas.

–Oye, Susi, ¿qué es esto? –preguntó–. ¿Vas a donar libros o algo?

Susana detuvo la respuesta a un insulto de Amalia y se acercó a mirar.

–Pero qué mier… No, no es mío. Es de mi padre seguro. Quería que sacara de casa unos libros viejos de mi abuela y le dije que no porque iba a venir con vosotros, que lo haría el finde. Los habrá metido aquí para librarse de ellos y que mi madre no le echara la bronca por tener la caja rulando por la casa.

–¿Libros de tu abuela? ¿La adivina? ¿Son libros de esoterismo? –preguntó curiosa Amalia, toda discusión ya olvidada.

–Sí, de la abuela loca –dijo Susana, rebuscando en sus bolsillos. Sacó una pequeña navaja de mango amarillo–. Pero no sé qué tipo de libros. Ella no leía nada de esas cosas de esoterismo.

Rasgó el celofán de un único tajo y los tres se inclinaron para leer los títulos.

–Son… –La voz de Amalia se rompió en una risita.

–Joder, abuela… –soltó Susana, también a punto de romper a reír.

–Bueno, ahora ya sabes por qué tu padre no quería tener esto por casa –dijo León.

Eran novelas románticas de portadas sugerentes. Lo que les había hecho gracia no era tanto el descubrimiento como su naturaleza. Entre los títulos los había que eran claramente alusiones a romances homosexuales, aunque la mayoría de los que ojearon eran heterosexuales.

–Tenía… un gusto muy amplio –comentó Amalia. Sus amigos rieron y se sentaron en el suelo, leyendo en voz alta algunos de los pasajes.

–Desde luego, yo los leería sólo por las risas –comentó León–. Es decir, es tan absurdo todo…

–Por Dios, aquí el prota le dice a la tía que se tape cuando sólo va enseñando los hombros –señaló Susana–. Estas victorianas… Qué descocadas.

–Oye, no los des –dijo Amalia–. Yo me los quedo. Son geniales. Este va de una mujer que se enamora de un robot-clon o lo que sea.

–Será un replicante –bromeó León.

Cuando Julián despertó ya se habían hartado de los libros aunque Amalia se había enfrascado en la lectura de uno. Estaba sentada en el asiento del copiloto, con las gafas de sol puestas y bebiendo de cuando en cuando de una botella de refresco.

–¿Qué es eso? –preguntó él medio adormilado. Amalia pegó un salto en el asiento, echándose refresco encima y soltando una retahíla de insultos hacia Julián y sus progenitores. Se volvió hacia él.

–Joder, Julián, avisa –dijo ella, tirando el libro en el asiento del conductor y buscando con la mirada algo para limpiarse. Cogió de detrás del asiento una vieja loneta que usaban para quitar el polvo y se limpió en ella.

–Puaj, qué asco –dijo Julián. Amalia le miró fijamente–. Vale, si las miradas matasen ahora mismo estaría camino del tanatorio. Mejor me bajo.

–Mejor –corroboró ella, cortante.

León y Susana intentaban hacer una corona de flores con unas pequeñas y moradas que había por la zona, sin éxito ninguno pero discutiendo sobre la forma más adecuada de hacerlo.

–¿Por qué gritaba Amalia? –preguntó Susana sin mirar a Julián.

–Le he dado un susto y se ha empapado con lo que estaba bebiendo.

–Entonces tú pagarás la limpieza –señaló ella.

–Susi, el coche lleva sin limpiarse desde que salió del confesionario allá por los setenta.

Ella se encogió de hombros y le quitó de las manos la corona de flores a León, asegurándole que así no se hacía. Julián miró el paisaje que tenían bajo sus pies. La llanura estaba llena de movimiento y, aun así, parecía en calma. En un campo un tractor recogía el sembrado y en otro paseaban dos personas. Una fábrica, casi en la línea del horizonte, escupía humo blanco.

–¿Qué vais a hacer hoy? –preguntó Julián.

–Pues te estábamos esperando a ti –respondió León–. Como te quedaste dormido nada más montarte en el coche, no queríamos despertarte. Tienes muy mal despertar.

–Bueno, creo que Amalia piensa peor de tu despertar que tú mismo –bromeó Susana.

–¡Muy graciosa! –se escuchó a Amalia gritar.

–No, en serio, ¿qué vamos a hacer? –insistió Julián.

–Roberto me ha dicho que esta noche van a ir al viejo hospital a ver si de verdad hay fantasmas –dijo Susana–. ¿Nos apuntamos? Me encantan las historias de fantasmas.

–Por mí bien –dijo León, desistiendo de intentar coger la corona de flores y sacando un cigarro. Amalia bajó del coche. Le brillaba la piel por el refresco y la camiseta blanca ahora era marrón.

–Si me dejáis que me dé una ducha, contad conmigo –dijo Amalia.

–¿Ya te toca tu baño mensual? Menos mal, empezabas a oler –soltó Susana.

Había en torno a unas quince personas en la entrada del viejo hospital. No era un sitio especialmente aterrador, sino más bien un estercolero. Era uno de los lugares favoritos para ir a emborracharse sin que la policía apareciera y también uno de los favoritos donde hacer pintadas, por lo que toda aura de misticismo que pudiera tener quedaba solapa por un “cómeme el…” pintado en la fachada.

–Oh, qué gran sitio y qué gente tan distinguida –soltó León sin querer. El viejo coche de Susana era una tartana al lado de algunos de los otros que había en el aparcamiento.

–Cállate, aguafiestas –soltó Susana–. Y tú suelta el libro.

Amalia leía otra de las novelas de la abuela de Susana alumbrándose con la luz del móvil. Hizo un ruido de disconformidad, pero puso el marca páginas y lo guardó en su bolso.

–Bueno, esto parece que es más un botellón que otra cosa –señaló Julián–. No creo que se vayan a poner a investigar hasta que estén muy mamaos.

–No quiero estar aquí –puntualizó León.

–Nadie quiere estar aquí –corroboró Amalia–. Bueno, menos Julián.

–Qué mala opinión tienes de mí –respondió Julián.

–Bueno, callaos, que Roberto ya nos ha visto y no podemos huir –dijo Susana. Se bajó del coche y esperó a que sus amigos la imitaran antes de echar la llave.

–¡Pero si es Susi! –gritó un chico de pelo de punta que llevaba una botella de aspecto dudoso en la mano–. Creía que no vendrías. ¿Y este coche? ¿Lo has sacado del vertedero de coches o qué?

–No existe un vertedero de coches, idiota –le dijo Susana quitándole la botella y oliéndola–. Puaj, esto huele a desinfectante.

–Me limpia el alma –dijo con tono dramático Roberto cogiendo la botella de vuelta. Enfocó la vista en Amalia y se le dibujó una sonrisa tonta–. Hola, Amalia.

–Ni en tus mejores sueños –respondió ella.

–Soy muy imaginativo, no te preocupes –respondió él.

–Pues imagíname a mí pateándote los…

–Lo pillo. –Roberto se volvió hacia León, quien observaba a los reunidos– ¿Quieres unirte a la fiesta?

–Ni aunque me pagaran –replicó él.

–Qué raritos sois –soltó Roberto. Bebió de su botella–. Bueno, ya que estamos todos, voy a proponer lo de entrar. Esperad en la entrada.

En cuanto se hubo alejado, León le dio la vuelta al coche para reunirse con sus amigos. Julián se metió las manos en los bolsillos de su sudadera y miró a Roberto hablar con los demás.

–Tiene toda la pinta de que nos encerrarán dentro –comentó.

–Que lo intenten –soltó Susana, soltando un resoplido–. Si lo hacen me encargaré yo misma de colgar por los pies a ese cabrón.

–¿De verdad tenemos que entrar? –preguntó Amalia–. ¿Por qué no esperamos a que se vayan y les pinchamos las ruedas del coche?

–Porque sabrían que hemos sido nosotros –puntualizó Julián.

–Entonces fingimos que entramos con ellos y luego regresamos y les jodemos la fiesta –insistió Amalia.

–Nadie va a rajar nada esta noche, Amalia –cortó Susana–. Es muy simple: ¿queréis entrar o no?

–Por mí sí. Yo no tengo ningún respeto hacia mi bienestar –dijo Julián.

–Por mí también, quiero entrar –dijo Susana. Miraron a sus amigos. Amalia se encogió de hombros, enfurruñada.

–Presión de grupo –gruñó León–. Tendré que entrar. Pero por favor, quitadme a Roberto de encima.

–Ni que no te gustara o algo –bromeó Julián.

Se dirigieron hacia la entrada del hospital. De las quince personas que había bebiendo, sólo tres se habían quedado en el sitio. El resto comenzaba a entrar entre gritos y risas. Roberto los esperaba junto a una chica de pelo rosa y otro chaval con una cresta.

–Venga, que os quedáis atrás –les dijo. Amalia masculló algo sobre su plan yéndose al garete porque algunos se quedaban. Susana pasó frente a Roberto sin dirigirle la mirada.

–Le gustan demasiado los sitios encantados –la excusó Julián.

–Ya, por lo de su abuela, ¿no? –preguntó Roberto, entrando junto a él. Se volvió hacia sus amigos–. Ellos son Dimitri y Eva, son nuevos en el pueblo y los he traído.

–Nos ha invitado –concretó Eva–. Porque traernos nos hemos traído nosotros solitos.

–Ah, sí, perdonad por lo del coche. –Roberto se volvió hacia León– ¿Qué? ¿Sigues sin querer estar aquí?

León no contestó y Roberto le sonrió con sorna. Amalia agarró del brazo a su amigo y se adelantaron hasta alcanzar a Susana. Subieron por una escalera hasta el tercer piso, donde los gritos de los demás les llegaban amortiguados. No había nada, ni siquiera sillas o archivadores. El sitio había sido saqueado a menudo y hasta quienes lo habían ocupado lo habían abandonado pronto llevándose sus cosas.

–Hay mierda de rata por todos lados –soltó León.

–Supongo que tampoco es que tenga mucho de encantado –dijo Julián con pena en la voz. Amalia intentó coger un pequeño ratón de campo, pero se escabulló por un agujero en la pared. Susana abría las puertas sin contemplaciones, arrugando la nariz cuando una bocanada de aire pestilente la golpeaba.

–Joder, Susi, para –le pidió Roberto–. Vas a intoxicarnos a todos.

–Pues bebe de tu desinfectante –replicó ella. Roberto soltó una carcajada y pasó, como si no se diera cuenta, un brazo por los hombros de León.

–¿Y tú no quieres beber? –le preguntó. León se deshizo de él y fue con Susana a explorar. Eva los siguió, presentándose a la chica y diciéndole que el sitio daba asco.

–¿Por qué picas tanto a León? –preguntó Julián en un susurro a Roberto. Éste se encogió de hombros.

–Pues porque es divertido.

–También sería divertido si te pegara una patada en los cojones y no lo hago –soltó Amalia desde detrás de un mostrador. Dimitri se asomó a ver lo que estaba haciendo.

–¿Eso es un nido de serpiente? –preguntó.

–No, las serpientes hacen nidos en la tierra, no bajo un mostrador –dijo Amalia–. Supongo que será que alguien o algo se ha puesto aquí a comer. Puaj.

Se levantó con decisión. Vislumbró algo por el rabillo del ojo, pero no había nada. Supuso que sería un ratón y siguió buscando insectos y animales en las habitaciones que Susana abría.

Julián y Roberto caminaban tras ellos, bebiéndose la botella. Dimitri y Eva resultaron ser tan entusiastas en la búsqueda de fantasmas como Susana, que parecía decidida a encontrar algo. Hallaron revistas pornográficas y cristales rotos en un cuarto de baño cuyo suelo estaba encharcado de algo que no querían ni pensar qué era. En otra ala del hospital, donde ya no oían a quienes habían entrado con ellos, encontraron viejas sillas de minusválidos que usaron para hacer carreras por los pasillos.

Finalmente se acabaron aburriendo de dar vueltas sin hallar nada del otro mundo. Julián y Roberto se habían terminado la botella y reían y se dejaban caer sobre sus amigos haciendo chistes malos. León se encendió un cigarro cuando, a la luz de la llama, le pareció ver algo al final del pasillo.

–Eh –llamó a sus amigos. Todos se volvieron hacia él–. Creo que allí hay algo. Un gato o un perro o algo. Se ha movido muy rápido.

–¿Estás de coña? –preguntó Susana. Miró su móvil–. Qué asco, apenas me queda batería. Las linternas chupan un montón.

–Yo me he traído una linterna –dijo Amalia. Abrió su bolso, que solía pesar casi más que ella, y extrajo una enorme linterna negra–. Le he puesto pilas nuevas por si las que tenía estaban agotadas.

La encendió y el potente haz de luz le dio de lleno a Julián en la cara.

–¡Serás…! –No terminó la frase, frotándose los ojos. Amalia dirigió la luz hacia donde León había dicho. No había nada, era un pasillo que conducía hacia la sala de urgencias.

–¡Qué guay! –soltó Susana–. Puede que sea un fantasma de verdad.

–Sí, el de mi sobriedad –se quejó Roberto, apoyándose en Julián.

–O el de tu dignidad –apuntó Amalia.

–O el de tu inteligencia –apuntó Eva, granjeándose automáticamente la amistad de Amalia.

–Vayamos a ver qué era –propuso Dimitri–. Joder, acabo de sonar como el primero que muere en las pelis de miedo.

–Tranquilo –dijo León–, esto no puede ser una peli de miedo porque no hay ninguna rubia duchándose, que sepamos.

–Los de las pelis de miedo son idiotas –dijo Susana–. Pero vamos a ver qué era.

Conforme se acercaban a la sala oyeron murmullos. Al principio se detuvieron, asustados, pero una carcajada les tranquilizó. Cuando abrieron las puertas se encontraron con una humareda y a uno de los grupos que habían entrado con ellos fumando. Les indicaron que había sillas de minusválidos para hacer carreras y siguieron adelante, adentrándose en el área de cirugía.

La luz de la linterna de Amalia asustaba a un montón de pequeños animales que salían huyendo despavoridos. Varias veces creyeron ver algo un poco más grande escabulléndose. Entre risas nerviosas y susurros, comentaban que era el fantasma del antiguo director, el de un médico o enfermero. También bromearon sobre pacientes y Susana acabó dejándoles sin habla tras narrarles una serie de sucesos extraños en hospitales.

–Mi abuela decía que estos sitios son muy importantes –les contaba mientras abría puertas sin contemplaciones, como había hecho antes–. Como mucha gente ha muerto aquí, la línea que separa el mundo de los vivos del de los muertos es muy débil y se suelen ver fantasmas.

–Joder, ¿y no tienes miedo? –preguntó Eva.

–Deja de abrir así las puertas –pidió Roberto. A Julián y a él se les estaba pasando la borrachera, dejándoles de mal humor.

–No tengo miedo porque no creo en esas mierdas –contestó Susana, haciendo caso omiso–. Mi abuela era adivina y creía en muchas tonterías. Yo no.

Abrió una puerta más y se detuvo. Contuvieron el aliento. Allí había una forma alta como un niño, blanquecina.

–Alumbra –susurró León a Amalia. Su amiga dirigió el haz de luz y suspiraron de alivio. Era una vieja sábana.

–Joder, qué puto susto –soltó Dimitri, llevándose una mano al pecho.

–Creo que me he hecho pis encima –dijo Amalia.

–Tranquila, todos nos hemos hecho pis encima –dijo Julián, quien se había aferrado al brazo de León, intentando esconderse tras él, cuando la puerta se había abierto.

–Oye, no tengas tanto miedo que eres el más alto –se quejó Roberto.

–Pero la más fuerte es Susi, no te quepa duda –le dijo Julián–. Y León le pega por instinto a todo lo que intente cogerle desprevenido o atacarle. Me fio de mis amigos.

–Bueno es saberlo.

Susana fue a abrir la siguiente puerta.

–Oye, ¿y si lo dejamos? –preguntó Amalia–. Esto ya es aburrido.

–¿Por qué quieres descubrir un fantasma si no crees en ellos? –preguntó Eva a Susana.

–Porque eso demostraría que mi abuela tenía razón –respondió Susana–. No sé, es que siempre nos reíamos de ella y hoy me he acordado mucho de ella.

–¿Por lo de las novelas porno? –preguntó León.

–¿Tu abuela leía porno? –preguntó Roberto, interesado.

–Que os den –soltó Susana. Abrió otra puerta.

Cuando se hartaron, regresaron por donde habían venido. La sala de urgencias estaba vacía y las puertas que daban a la calle abiertas. Alguien había roto el candado con un cortafrío y ahora se oxidaba en el suelo. Salieron todos a excepción de Susana, que se quedó unos segundos más dentro del hospital. León le encendía un cigarro a Dimitri y Amalia le enseñaba el libro a Eva. Susana miró a sus amigos y, luego, al hospital. Vislumbró algo por el rabillo del ojo. Pensó en seguirlo, pero fuera lo que fuera sospechaba que no se iba a dejar ver así como así. Metió las manos dentro de los bolsillos.

–¡Susana! –La llamó Julián– Venga, mujer, que quiero emborracharme mientras la noche es joven.

Susana sonrió con resignación.

–¡Ahora voy! –gritó en respuesta. Miró en derredor una última vez. Allí estaba, la forma incierta que llevaba toda la noche escapándose de ella, como jugando al escondite. No podía enfocarla bien, era alta como ella y parecía expectante.

–Lo siento, otro día será –dijo ella. Le pareció que la forma asentía, pero no podía asegurarlo. Susana se dio la vuelta y fue hacia sus amigos.

CARMEN SUÁREZ

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