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sábado, 8 de noviembre de 2014

  • 8.11.14
La ciudad despertó, lentamente, con legañas en las ventanas. Sus habitantes tardaron un poco más en bajar de la cama y lo hicieron con la típica crisis de cerebro matutina. Todo parecía correctamente cotidiano y habría sido un día más, sin pena ni gloria, de no ser por ese intenso olor a azufre que todo lo impregnaba.

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El día anterior, el del Armageddon, había sido una movida descomunal. No podíamos decir que nos hubiese cogido desprevenidos, la verdad. Son muchas las religiones que nos habían hablado del evento y, tras varios siglos de lucha por poder escoger la que a cada uno le diese la gana, ya podríamos haberles prestado un poquito más de atención.

Además estaban aquellos programas pseudodocumentales que hablaban del asunto invitando a supuestos expertos en la materia y que, a escondidas, tanta gente seguía; por no hablar del filón que suponía para la industria del cine el tema del apocalipsis y los millones de dólares que se habían enfundado a costa de destruir al planeta y a su civilización de las formas más variopintas.

Sea como fuere, allí estábamos todos, apestando a azufre. Bueno, todos, todos, no; para ser sinceros allí sólo quedábamos los condenados, los no elegidos. Resultaba imposible describir el espectáculo de aquellos millones de enchufados desafiando cualquier ley física conocida ascendiendo al cielo como propulsados por algún tipo de mini cohete a reacción.

Yo intenté engancharme a la pantorrilla de uno, a ver si colaba, pero menudo genio gastaba el santo, que de una patada seca se zafó de mi abrazo dando con mis condenados huesos en el suelo.

Ahora solo nos quedaba esperar; se suponía que teníamos que esperar a que Dios se despertase. Decían, incluso, que tenía resaca, así que, quizá, se levantaría más tarde de la cuenta. Luego imagino que decidiría qué hacer con nosotros.

Pero bueno, entretanto aún tenía tiempo para darme una vuelta por la ciudad y echar un ojo al personal que se había quedado en tierra. A base de respirarlo, había ya asimilado el olor a azufre y apenas podía decir que me molestase.

Algunos incrédulos pululaban alrededor de las iglesias desiertas (ya he dicho que los santos se había ido con pasaje de primera el día anterior) sin descartar la idea de que su abandono en tierra podría deberse a un error. Yo los miraba con entre pena y sorna rezar, desesperados, en corros, cogidos de la mano, demostrando diversos grados de arrepentimiento, según lo que pesase en el curriculum de cada cual.

Seguí avanzando por la avenida que daba al Ayuntamiento. Podría haber dicho que, deambulando por la ciudad, me topé con él y que, ya de paso, curioseé sobre quién se había quedado en tierra y quién había ascendido, pero la verdad es que fui a cosa hecha. Hasta con cierto grado de mala intención, la verdad. Y allí estaban casi todos, con sus trajes de los domingos, esos que se ponían para ir a misa a comprar la salvación de su alma y que, a juzgar por la situación, de poco les ha servido.

Alguno, incluso, mantenía conversaciones telefónicas con ciertos altos cargos del clero que, sorpresivamente para ellos, también se habían quedado en tierra apestando a azufre, intentando obtener un salvoconducto de última hora por el que llegaban a ofrecer cantidades insultantes.

—Por menos de la mitad le expido yo uno ahora mismo –le dije al concejal de Sanidad interrumpiendo su llamada.

—¿Cómo dice?

—Soy buldero –dije entre risas- ya sabe, como el del Lazarillo.

—¡Váyase usted al infierno! –me gritó acompañado de algunos esputos.

Le dije que en eso estábamos sin darme siquiera la vuelta. Era ya casi el mediodía y en muy pocas ocasiones perdono la cerveza de antes de comer.

PABLO POÓ

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