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lunes, 17 de noviembre de 2014

  • 17.11.14
A menudo nos ofrecen desde los medios –en especial, desde los digitales– lecciones de geoestrategia, política nacional e internacional, historia, economía, filosofía, arte o literatura gente que, antes de profundizar en sus divagaciones, lo primero que hace es perdonarnos la vida por nuestra ignorancia e incultura.

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Desde las atalayas de su inalcanzable sabiduría, a estos analistas les cuesta trabajo tener que rebajarse en explicar cuestiones, que dominan con absoluta autoridad y conocimiento, a los simples mortales que sólo se enteran de lo que ocurre en el mundo, si acaso, por los periódicos.

Suelen iniciar sus disertaciones magistrales con una indisimulada vanidad e incontenible soberbia profesoral por tener que abrirnos los ojos ante una realidad que sólo ellos son capaces de apreciar en su entera complejidad e infinita extensión.

Son los nuevos predicadores que, gracias a internet, lanzan al mundo sus invectivas desde las tribunas de las nuevas tecnologías y de un periodismo escaso en colaboradores “altruistas” que se conformen con ver su nombre en el frontispicio de alguna columna de opinión

Estos nuevos gurús suelen ser catastrofistas, adivinan próximas guerras apocalípticas en cada conflicto regional; desentrañan oscuras y enredosas tramas de intriga en cualquier acontecimiento aún sea presuntamente accidental; distinguen con precisión a los amigos de los enemigos y a los “tontos útiles” que caen víctimas de engaños y manipulaciones, y, aunque raramente aciertan en sus predicciones, se permiten adoctrinar con sus juicios y opiniones a quien quiera leerlos con asiduidad.

No soportan que les lleven la contraria y su estado de ánimo natural es la ira contenida, que se acompaña de una incontinencia verborreica satisfecha, a falta de un público real al que sermonear, con folios de retórica hostilidad donde vuelcan sus fobias y filias.

No tienen empacho en hacer demostración de su profunda sabiduría, sobre todo si, por contraste, sirve para dejar en evidencia la obtusa ceguera de los demás, incapaces de visualizar lo que sólo ellos perciben con nítida claridad y de forma tan precisa.

Son radicales en sus manifestaciones, razonamientos y conclusiones, que expresan sin aceptar ningún término medio, porque su pensamiento es dicotómico: blanco o negro, bueno o malo, verdadero o falso, lo que les lleva a erigirse indefectiblemente en portavoces de lo blanco, bueno y verdadero, convencidos siempre de portar la razón.

Por ese motivo, aspiran a ser los faros que iluminan la oscuridad que acecha a una Humanidad confiada e ingenua. Y, cual especialistas, muestran predilección por asuntos específicos, a los que vuelven una y otra vez en sus diatribas pseudopedagógicas de inalcanzable altura intelectual.

De esta manera, no dudan en presentarse como doctores en política y geoestrategia en general, hermeneutas de textos literarios que no dejan títere sin cabeza, adalides del judaísmo o del panarabismo, detractores del cambio climático o fanáticos del ecologismo, admiradores de la supremacía occidental o hechizados con la cultura oriental, adoradores del uso de la fuerza o pacifistas acérrimos, negadores del holocausto o deseosos de la venganza sionista, y, en cualquier tema, poseedores de la Verdad y la Razón indubitadas, todo lo cual los predispone a lanzar contra las hordas que escapan a sus simpatías las más terribles advertencias y condenas: serán barridas del planeta el día en que nos dejemos de monsergas humanitarias o morales.

Odian la complacencia y la equidistancia. Por ello, desde sus tribunas, más que contra un enemigo declarado, el objetivo de sus proclamas son los “blandos” que no acaban de adoptar las decisiones que ellos propugnan sin contemplaciones y absoluta convicción.

Así, a veces, es Putin quien imparte justicia contra los terroristas; otras, es Obama quien por fin promueve una alianza militar contra ellos, en un escenario mundial que ya no es bipolar, pero que se ajusta al esquema dicotómico de estos pensadores voluntarios a quien nadie ha pedido parecer.

Son fáciles de reconocer ya que no se prestan a confusión. Basta mirar la firma y los avales al pie de sus escritos. Cuánto mayores son su catastrofismo y su radicalidad, menor es su preparación académica. Cuánto más dispendiosa sea su colaboración mediática, menor es su credibilidad, independientemente del número de seguidores que consiga atraer.

Debajo de sus rúbricas, la mayor parte de las veces bajo seudónimo, no suelen figurar méritos homologados que atestigüen su capacidad, sino los títulos autoadjudicados que consideran suficientes para profesar su magisterio. Son maestros de la autosuficiencia formativa y del academicismo antidisciplinario.

Así se distinguen de los que, profesionalmente, con sus nombres y sus “galones”, ejercen remuneradamente de comentaristas, incluso como trompeteros apocalípticos, en defensa de alguna ideología o un modelo social, económico, religioso o cultural determinado.

En apariencia, coinciden cuando procuran la provocación y son exacerbados, pero tienden a ser más concentrados y breves, y, por lo general, exhiben mucho mejor estilo. Sin embargo, ambos –gurús y comentaristas– persiguen ser guías de masas, aunque los primeros lo sean espontáneamente, sin apenas cualificación y escasa o nula experiencia, y los segundos, por dedicación profesional y como oferta editorial.

De ninguno, en todo caso, es conveniente fiarse, a pesar de que quien suscribe pertenezca a alguno de esos ejemplos de columnistas de opinión. A usted le corresponde catalogarlo a la hora de prestarle su confianza como lector.

DANIEL GUERRERO

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