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domingo, 16 de noviembre de 2014

  • 16.11.14
Si uno visita la bella ciudad de Lisboa, lo más probable es que se pase por el céntrico barrio de Chiado. Allí, en la cafetería A Brasileira, encontrará sentado junto a una pequeña mesa de cubierta circular a un personaje con vestimenta fuera de tiempo. Si se le da los buenos días (bom dia, en portugués) no responderá y su figura permanecerá inalterable. No hay que molestarse por ese mutismo, puesto que es la escultura en bronce que la capital lisboeta dedicó a su más brillante escritor contemporáneo: Fernando Pessoa.

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Quien no haya leído nada de este gran poeta lusitano, yo le recomendaría que lo más pronto posible tuviera en sus manos El libro del desasosiego (especialmente en la magnífica traducción de Ángel Crespo) y comprobará cómo la prosa salida de la pluma de Pessoa alcanza una belleza que parece que solo se encuentra en la poesía.

También entrará en un mundo en el que la paradoja, el desencanto, la desesperación, el sinsentido, el desasosiego de la vida están presentes a lo largo de los numerosos, aunque breves, ensayos que forman parte de esta obra que permaneció inédita hasta 1982, nada menos que 47 años después del fallecimiento de su autor en 1935.

Si se dispone de menos tiempo, la recomendación caminaría por la lectura de algunos de sus libros de versos; se tropezará con un auténtico orfebre de la palabra que la trabajaba con un cuidadoso esmero.

Para que no quede duda de que nos encontramos ante uno de los grandes creadores del siglo veinte, traigo un párrafo del gran lingüista Roman Jakobson que nos dice: “El nombre de Fernando Pessoa exige ser incluido en la lista de los grandes artistas mundiales nacido en el curso de los años 80 (del siglo XIX) como Stravinsky, Picasso, Joyce, Braque, Le Corbusier. Todos los rasgos de este gran equipo de artistas aparecen condensados en el poeta portugués”.

Música, pintura, literatura y arquitectura son citadas como manifestaciones artísticas que se sintetizan en la obra de Pessoa. Pero antes de continuar, conviene que veamos algunas pinceladas de su biografía.

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Fernando Pessoa nació en Lisboa en 1888 y falleció en la misma ciudad portuguesa, tal como antes apunté, en 1935. Fueron, pues, 47 años los que tuvo de existencia, la mayor parte de su vida en la ciudad que lo vio nacer.

Habitualmente, si se rastrea en las biografías de las personas de talante pesimista y desencantado se suelen encontrar hechos que marcaron el devenir de sus vidas. En su caso fue el temprano fallecimiento de su padre, ya que murió cuando de niño contaba solo con cinco años. Al poco de hacerlo su padre, su hermano Jorge, más pequeño que él, también fallecería sin llegar a cumplir el año de edad.

De este modo, la muerte penetró en el mundo del pequeño Fernando de una manera imprevista, dura y despiadada. Y ese mal dejó en su alma una profunda cicatriz que le marcaría a lo largo de su vida.

Transcurrido cierto tiempo y cumplido el doble luto, su madre se casa de nuevo por poderes con el cónsul portugués en Durban, ciudad de Sudáfrica a la que de niño tiene que trasladarse. Allí aprendería el inglés, que sería la lengua en la que publicaría sus primeros trabajos literarios.

Ya de mayor retorna y se establece de nuevo en Portugal, trabajando como contable y traductor en una pequeña oficina de Lisboa, ciudad de la que apenas se movería y en la que desarrollaría su actividad literaria.

El solitario Fernando Pessoa permaneció soltero a lo largo de su vida, pues solo se le conoce la relación que estableció, cuando tenía 31 años, con una joven de 19 años llamada Ofélia Queiroz. Pero esa relación se ve interrumpida al poco tiempo cuando Ofélia se da cuenta que la vida de su amado gira alrededor de la literatura, que era de lo que él estaba verdaderamente estaba enamorado.

La vida de nuestro autor transcurre sin altibajos en su mundo lisboeta, hasta que fallece el 30 de noviembre de 1935, víctima de un “cólico hepático”, según el parte médico, derivado de una cirrosis cuyo origen hay que encontrarlo en el excesivo consumo de alcohol a lo largo de su vida.

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Pessoa cultivó diferentes diversos géneros, desde la crítica literaria, la poesía, hasta el ensayo filosófico, pasando por la narrativa. Para ello, inventó a personajes, llamados heterónimos, con los que firmaría gran parte de su obra: Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Álvaro Campos…

Toda la obra de Pessoa está atravesada por una fuerte subjetividad. Su mundo está construido de paradojas, de aspiraciones que no pueden colmarse en esta vida. Dudas, anhelos, incertidumbres… o un profundo desasosiego, como el propio autor titularía a su más brillante publicación.

Para aproximarnos a su pensamiento, he acudido una selección de párrafos y aforismos extraídos del Libro de desasosiego, Aforismos y afines, Poemas completos de Alberto Caeiro y de la selección de aforismos realizada por José Luis García Martín publicada en la editorial Renacimiento.

En esta ocasión, me ha parecido lo más oportuno agrupar los aforismos en distintas temáticas, sin realizar ningún comentario, para que el lector se haga una idea por sí mismo del mundo complejo, paradójico y desencantado del poeta portugués.

Vida: “Caminamos sobre abismos” // “Inexplicable horror saber que esta vida es verdadera” // “El único sentido íntimo de las cosas es que no tienen sentido íntimo ninguno” // “Mira de lejos la vida. No le preguntes nada” // “Aprende a mirar el mundo con la misma indiferencia que los dioses” // “Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo” // “¡Cansa tanto vivir! ¡Si hubiera otro modo de vida!”.

Muerte: “La muerte es una curva en el camino. Morir es solo no ser visto” // “Solo para quien sabe que va a morir la vida es más que la vida” // “Siento una enorme alegría al pensar que mi muerte no tiene ninguna importancia” // “Muertos, aún morimos” // “Entra en la muerte como quien regresa a casa” // “La esencia del progreso es decadencia. Progresar es morir, porque vivir es morir” // “Sé que hay más mundos que este poco mundo en el que nos parece que hay que morir” // “Muerte somos y muerte vivimos. Muertos nacemos, muertos pasamos; ya muertos entramos en la Muerte”.

Religión: “Dios es una metáfora, como el universo” // “Dios es un concepto económico. A su sombra desempeñan su burocracia metafísica los curas de todas las religiones” // “La única parte lógica de la religión es la superstición” // “Los dioses son el fruto del pasmo del hombre ante la asombrosa realidad de los fenómenos” // “Los dioses encarnan lo que nunca podremos ser” // “¿El mismo Dios no habrá sentido la necesidad de inventarse otro Dios para no sentirse solo?” // “A los dioses les pido que me concedan el no pedirles nada” // “Los dioses son dioses porque no se piensan” // “El mar es la religión de la Naturaleza”.

Nihilismo y renuncia: “Creo en muchas cosas en las que no creo” // “Todos los hombres son excepciones a una regla que no existe” // “Nada le falta a quien nada es” // “Que te baste lo poco que eres” // “A quien nada espera nada le defrauda” // “No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de todo esto, tengo en mí todos los sueños del mundo” // “La filosofía es la lucidez intelectual al borde la locura”.

Amor y humanismo: “Amo lo que veo porque he de dejar algún día de verlo” // “Me siento nacido a la eterna novedad del mundo” // “Torturamos a nuestros hermanos los hombres con el odio, el rencor, la maldad, y después decimos que el mundo es malo” // “Os digo: Practicad el bien. ¿Por qué? ¿Qué ganáis con eso? Nada, no ganáis nada. Ni dinero, ni amor, ni respeto, ni acaso paz de espíritu. Entonces, ¿por qué os digo: practicad el bien? Porque no ganáis nada con ello. Por eso vale la pena practicarlo”.

Para cerrar esta breve selección, traigo como colofón un bello aforismo del poeta portugués que bien enlaza con el pensamiento de los estoicos griegos. Dice así: “A veces oigo pasar el viento y me parece que solo para oír pasar el viento merece la pena haber nacido”. Quizás, como apunta Pessoa, ese breve momento de belleza y felicidad justifique la vida. Esta absurda vida.

AURELIANO SÁINZ

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