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jueves, 23 de octubre de 2014

  • 23.10.14
Ocurrió en septiembre del 2002. Han pasado ahora doce años desde que dejé de estar afiliado a fuerza política alguna, lo que no me ha impedido, es cierto, colaborar con el Partido Popular cuando se me ha solicitado.

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Sin embargo, no hace muchos meses, tal vez movido por el desánimo general que hacia la política y los políticos existía en nuestra sociedad –todavía hoy patente– y la necesidad que sentía por regenerar, evidentemente desde mi limitado nivel, algo tan fundamental para la convivencia en democracia como es la vida política del país, decidí afiliarme a Ciudadanos movido por la coherencia de su discurso, su cercanía a mis ideas y la nula contaminación, al menos por ahora, por las malas prácticas que, como estamos viendo, ensucian a los partidos tradicionales, sin excepción.

No es esta aproximación al partido que dirige Albert Rivera un paso adelante para situarme en la línea de choque, la de los cargos, de la política municipal, autonómica o nacional. En absoluto.

Nunca fui político de profesión –la mía ha sido y sigue siendo otra– pero no puedo negar que me apasiona la actividad política, posiblemente porque tengo un cierto grado de conciencia social. Por ello reconozco que los tiempos en política cumplen y hemos de adaptarnos a ellos desde el papel que cada cuál debamos jugar.

En este caso, el mío va a estar dedicado, exclusivamente, a aportar experiencia e ideas a aquellos otros que serán quienes deban valorarlas y ponerlas en práctica desde un cargo institucional.

Lo digo porque no dudo que haya quien ha pensado, desde la desconfianza que generan los políticos o tal vez desde la mala fe que pueda acompañar a algunos adversarios, que “aquí está otro que quiere seguir viviendo de la política”.

Y tengo la sensación de que en Ciudadanos son muchos, y vamos a ser más, los que, movidos tal vez por la utopía, estemos dispuestos a compartir y entregar parte de nuestro tiempo y de nuestros conocimientos en hacer de la sociedad un lugar de encuentro en el que primen los intereses de los ciudadanos por encima de los personales de quienes los representan.

Ese, y el compromiso por aportar en lugar de destruir, debe marcar el rasgo diferenciador con los partidos ahora mayoritarios, de forma que sea la sociedad la quer ostente el poder real de su destino y no, como viene ocurriendo, dicho poder sea utilizado en aras de intereses ajenos a los del propio pueblo en demasiadas ocasiones.

La recuperación de los principios éticos en el ámbito de lo público, de lo que es de todos, y aportar grandes dosis de racionalidad, de lógica, al quehacer político, pienso que va a marcar el devenir de Ciudadanos.

La tarea no es sencilla conociendo el dominio que de los cauces de comunicación con el ciudadano tienen los grandes partidos, pero es ilusionante y sin ilusión resulta imposible luchar por cualquier objetivo.

ENRIQUE BELLIDO

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