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sábado, 18 de octubre de 2014

  • 18.10.14
Aquel resplandor lejano que se divisaba entre los gruesos troncos del final del sendero calmó de golpe toda la angustia que había acumulado hasta el momento. Ciertamente, perderme en el bosque durante la realización de aquella ruta en apariencia sencilla no estaba previsto ni en el más agorero de los pronósticos.

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Caminé únicamente guiado por la luz hasta un claro donde se erguía una cabaña de madera. La construcción gritaba que estaba hecha a mano y no desentonaba en absoluto con el ambiente que la rodeaba; parecía surgir de la propia naturaleza como si, por algún azar del destino, los sucesivos troncos de árboles que habían ido muriendo y sido derribados por el viento hubiesen dispuesto aquella forma caprichosa de cabaña de madera en el claro del bosque.

La noche se cerraba y, con ella, el frío se hacía cada vez más intenso, de manera que aunque no fuese lo más sensato, no tuve más remedio que acercarme a la puerta y llamar en busca de auxilio; la opción alternativa de pasar la noche al raso perdía enteros por momentos cada vez que el ruido de algún animal no identificado me hacía girarme bruscamente sobre mi cintura y escudriñar, con las pupilas dilatadas al máximo, en aquella oscuridad impenetrable.

Un hombre de aspecto amable se asomó por la rendija de la puerta que dejó entreabierta por seguridad y me preguntó qué deseaba a tan altas horas de la madrugada. Debieron de convencerle mis disculpas por haberlo despertado y la historia de cómo me perdí al tomar el camino equivocado en aquella bifurcación que no aparecía en ninguno de los mapas que consulté, porque la verdad es que el hombre me dejó entrar sin formularme ni una sola pregunta.

Pasé con la extraña sensación de que aquel señor de la barba y el peto vaquero sin camiseta me estaba esperando desde hacía tiempo, pero lo absurdo del planteamiento y el descaro con el que me miraba una silla de madera que había justo debajo de la ventana me hicieron olvidarme de mi presagio.

Para evitar la indiscreta mirada opté por sentarme encima y empezar a responder las preguntas que el cabañista del peto me comenzaba a hacer sobre mi persona. Aquello, sin embargo, no pareció gustarle demasiado a la silla, que comenzó a moverse y recolocarse, incómoda con el peso que le había caído encima.

Le conté que, tras el divorcio, me aficioné a las excursiones por la naturaleza como especie de terapia autoimpuesta con la que aprender a olvidarme de todos los problemas que me perseguían en aquella época. En mitad del bosque disfrutaba de una paz que nunca logré encontrar en cualquier otro sitio; a pesar de los numerosos cursos de meditación a los que me apunté y descartando también, cómo no, las clases de yoga.

Mientras me sinceraba con mi extraño anfitrión, me fue preparando una sopa con los restos de lo que habría sido, probablemente, su cena. La mesa en la que me invitó a sentarme para tomarla parecía que intentaba advertirme de algo, pero bien sea porque no lograba expresarse con claridad o porque, por educación, me pareció descortés dejar de oír lo que me decía alguien que me estaba preparando desinteresadamente una sopa en su casa para escuchar aquello que me tuviera que decir esa mesa, no le hice demasiado caso.

Para pasar la noche me acomodé en una habitación cuya ventana daba a la parte trasera de la cabaña, donde había un pequeño cobertizo de madera que, a juzgar por el olor, debía de servir de alojamiento a cualquier clase de animal de granja. Me inclinaba personalmente por los cerdos o caballos a la vez que deseaba que no hubiese ningún gallo de esos que cantan a cualquier hora del día o de la noche.

La cama me arropó de tal manera que me sentí reconfortado como cuando de niño mi madre iba añadiendo sobre mí, en invierno, una capa de sábanas, otra de manta, otra de edredón y por último, la bata, que en mi casa se usaba tanto como prenda de vestir como de accesorio de cama. Le agradecí los arrumacos y caí rendido enseguida.

Al día siguiente acordé con mi anfitrión descamisado pasar una corta temporada con él a cambio de realizarle las tareas que me fuese encomendando. La mesa en la que comía no parecía demasiado conforme con la idea y, cada vez que nos quedábamos a solas, intentaba por cualquier medio entablar conversación conmigo, cosa que yo siempre rehusaba; entonces me encontraba con la mirada inquisitiva de la silla y no me quedaba más remedio que volverme a mi cuarto y dejarme seducir por los arrumacos de la cama.

Así pasaron varios días hasta que, una tarde, comencé a sentir una rigidez extrema en los pies. Me senté en el suelo como pude y, al descalzarme, contemplé sorprendido como éstos se habían convertido en los pies de madera de un perchero. Alarmado por la metamorfosis, consulté con el cabañista la situación y me recomendó que me frotara, varias veces al día, con un jabón especial que hidrataba, reparaba y, además, prevenía la carcoma.

No debí nunca ducharme con aquel jabón. Eso fue algo que comprendí a la mañana siguiente, cuando desperté convertido en un perchero de madera. Desde la cama vi cómo el cabañista entraba en mi habitación, sonriente, y me tomaba para colocarme en el salón, junto a la mesa.

“Ahora sí que esto se parece más a un hogar”, dijo al contemplar la estancia justo antes de salir por la puerta para acondicionar el camino falso de la bifurcación.

“Eres gilipollas”, me dijo la mesa mientras la silla, desde debajo de la ventana, se descojonaba de mí.

PABLO POÓ

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