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viernes, 10 de octubre de 2014

  • 10.10.14
Marginación y discriminación son dos de los grandes problemas a los que se enfrenta el mundo actual, problemas que en otras épocas y culturas también han estado presentes. La segregación es otra clara muestra de violencia que se hace patente en la comunidad global en la que nos movemos. Prensa y televisión dan sobrada cuenta de ello.

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Ambas situaciones son generadas por las características propias del sistema económico, social, o político que sustenta a una sociedad y las soportan todas aquellas personas que no son tratadas como iguales o que son dejadas al margen de algunas de las oportunidades que puedan disfrutar la mayoría de habitantes de esas colectividades.

Se entiende por marginar el hecho de “dejar o poner al margen a alguien desde el punto de vista de la relación o la consideración, por factores sociales, políticos o económicos”. La marginación más fuerte es la económica que produce la pobreza, que a su vez impide el acceso a la educación, a la sanidad, a la cultura, a la política.

En este fardel también entran los nativos. Si el factor más importante de marginación es el económico, también es la principal causa de los movimientos de población, tanto dentro de unas mismas fronteras como el que se realiza de un país a otro y entre continentes.

Lo mismo que emigran las aves y otros animales para reproducirse, buscar alimento o mejores temperaturas, los seres humanos también lo hacen pero para huir de la pobreza, de la inseguridad social o política, de la persecución ideológica o religiosa, de la guerra o simplemente para ir al encuentro de mejores expectativas de vida.

Millones de personas huyen del hambre, del paro o de la violencia, buscando refugio en los países ricos, donde se dan más y mejores oportunidades. Los factores que influyen en la decisión de personas y familias para emigrar son, por tanto, diversos y complejos, pero siempre intentan equilibrar las fuertes desigualdades producidas por el crecimiento demográfico, los sistemas de desarrollo económico y las mismas formas de consumo o de producción que dicho desarrollo conlleva.

Hagamos una breve radiografía de nuestro entorno pero en tres dimensiones temporales. Entre los años cincuenta y setenta muchos españoles se ven obligados a emigrar dentro de España (al País Vasco y Cataluña, sobre todo) o fuera de ella (a Alemania, Francia o Suiza...).

En una segunda etapa, este fenómeno lo hemos vivido de manera diferente. A partir de los años ochenta, nuestro país pasa a ser receptor de inmigrantes y, en principio, aunque no estábamos acostumbrados a que vinieran personas de fuera a trabajar entre nosotros, no nos pareció mal porque eran años de “vacas gordas” y había trabajo para todos, incluso se podían despreciar algunos oficios, que realizaban los inmigrantes. Una sociedad como la nuestra sólo entendía al “extranjero” (xenos) como “turista”, de visita en el país para pasar unas vacaciones, pero no para quedarse.

El tercer momento lo estamos viviendo ahora, cuando con amargura vemos que nuestra gente se tiene que marchar fuera a buscarse las habichuelas porque dentro de casa el paro es agobiante. Volvemos a ser un país, en este caso con personal cualificado, que emigra a donde pueda ser.

Es más, hemos invertido en una formación cuyo beneficio se lo llevan otros. En este tema habría mucha tela que cortar y mucha piedra que tirar, pero sin esconder la mano, con seudoplanteamientos. Y una matización: también sufren la xenofobia de los países receptores, dado que al “xenos” nadie acaba de tragarlo.

La historia de la humanidad es un ajetreado ir y venir de un sitio para otro, en un flujo migratorio constante, buscando condiciones óptimas para sobrevivir. Se podría hacer una historia de la misma a partir de los flujos migratorios. ¿Cómo se pobló la tierra sino emigrando de unos lugares a otros? La inmigración es también un proceso natural que, por muchos motivos, es enriquecedor para el ser humano y la Cultura.

En nuestro caso, el Mediterráneo sigue siendo, desde tiempos inmemoriales, el corredor por donde entran a diario oleadas de inmigrantes huyendo de persecuciones, de guerras devastadoras, del hambre y la miseria o por motivos de expansión religiosa. Es más, podríamos afirmar que los movimientos migratorios más fuertes no son los que ahora llegan a Europa, sino los que desde ella se encaminaron a otros continentes en épocas pasadas. América, África, Australia, son claro ejemplo.

Hoy, los medios de transporte facilitan los movimientos migratorios, lo que representa un desafío y un serio problema para nuestra sociedad que necesariamente tendremos que aprender a resolver o a convivir con él porque por muchas razones es imparable.

A los inmigrantes se les suele achacar los grandes males de nuestra sociedad y se les relaciona con ciertas formas de delincuencia: robos, mendicidad, prostitución, comercio de drogas, secuestros, extorsiones...

Si bien es cierto que algo de todo esto ocurre y que individuos o mafias organizadas pueden cometer múltiples tropelías, no es menos cierto que los que actúan así son una pequeña cantidad de individuos que, desgraciadamente, estigmatizan al colectivo, como puede ocurrir entre nuestros propios conciudadanos, lo que no justifica que hagamos, por esta razón, una valoración negativa de la inmigración, ni generalicemos diciendo que toda persona que emigra es deleznable. De lo dicho más arriba no se descarta que pueda haber otras razones para estar prevenidos y alerta contra determinado tipo de migraciones.

La realidad es que alrededor de este problema se pueden desgranar toda una retahíla de quejas, falsedades, medias verdades o intencionadas medias mentiras sobre la llegada de personas de otras latitudes; protestas que desde luego no son exclusivas de nuestro país.

Sin embargo, hay cierto tipo de visitantes-trabajadores a los que no se les margina como pueden ser deportistas, artistas, magnates, etc., ya que gozan de popularidad, prestigio y medios económicos suficientes para hacer que nuestros ojos se salgan de la órbita.

Desciendo a ras de la realidad. ¿Les suena esta letanía? Los inmigrantes quitan el trabajo a los autóctonos. Perjudican nuestro estado de bienestar, ya que se benefician y abusan de él indebidamente.

Hasta no hace mucho se decía que la riqueza de España es la causa de que cada año quieran venir más. Que los inmigrantes son la causa de la inseguridad ciudadana (robos, peleas, violencia) en nuestro entorno. Puestos a decir…

Una verdad-mentira más ruborizante se materializa cuando se oye decir que amenazan nuestra identidad cultural y/o religiosa. Una inocente pregunta se descuelga ante este planteamiento: ¿de verdad nos sentimos vinculados y protectores de una cultura o sólo defendemos tópicos, tanto culturales como religiosos? ¿Sarcasmo simplista? Supongo que al lector se le pueden ocurrir muchas más razones, tanto a favor como en contra de lo que puede aportar de positivo o negativo el tema de la inmigración.

En resumen, a todas las personas que cambian de país, para mejorar sus condiciones de vida, se les rechaza porque se considera que son una amenaza para nuestras costumbres y por las costumbres, lengua y religión que traen.

Termino con una cita interesante. A finales de septiembre, Jean-Marie Gustave Le Clézio, Nobel de Literatura en 2008, visitaba Córdoba. Semanas antes decía en una entrevista “Una gran mayoría de los franceses ve a los inmigrantes como algo peor que un rival (…). La educación y la escuela me parecen la mejor manera de mejorar la calidad de la integración”. Integración sería la clave. Respetando y siendo respetados. Sin ceder a nuestros usos y costumbres pero sin marginal a aquellos que quieren, desean y necesitan integrarse.

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PEPE CANTILLO

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