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sábado, 4 de octubre de 2014

  • 4.10.14
Una precaución básica que ha de tomarse a la hora de hacer una maleta de letras es la de separar concienzudamente las vocales de las consonantes. Las letras, con el ajetreo del transporte, pueden mezclarse y formar oraciones ciertamente inoportunas en determinados momentos.

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Hace unos años viajaba en tren muy temprano, casi de madrugada, intentando aprovechar el trayecto para recuperar el sueño que le había robado a la noche. A unos pocos asientos de distancia charlaba, vigorosamente, un señor con un interlocutor que no debía de hacerle mucho caso, puesto que solo se escuchaba su molesta voz en todo el vagón.

El traqueteo del tren fue haciendo que, poco a poco, mi maleta se desplazara y recolocara en la repisa superior en que la tenía tumbada. De manera muy lejana, tan solo perceptible por aquel que sabe que viaja con una maleta cargada de letras, comencé a escuchar un murmullo lejano de frases sin sentido, pero fue unos kilómetros más adelante cuando, tras un bamboleo impropio de un tren, mi maleta espetó un seco “Es usted un hijo de la gran puta”.

Un silencio atronador se apoderó al instante del vagón, callando, de golpe, al molesto pasajero, que no volvió a abrir la boca en lo que restó de trayecto, y despertando algunas risas y toses a partes iguales.

Yo, cobijado bajo el anonimato que me confería el antifaz que usaba en aquellos viajes vespertinos, sonreí imperceptiblemente y esperé, una vez que llegamos a nuestro destino, a que se bajara todo el mundo para no delatarme como dueño de la maleta impertinente.

Hay que tener en cuenta que la vocales son muy ruidosas, de modo que, al colocarlas en su bolsa independiente y bien cerrada dentro de la maleta, es aconsejable envolverlas en una manta que amortigüe el constante sonido de la unión de débiles y fuertes que haría de su equipaje una emulación en miniatura de un patio de colegio a la hora del recreo.

Recuerdo una ocasión en la que paré con mi maleta a tomar algo en un bar bastante concurrido. Aunque tomé la precaución de retirarla convenientemente del paso, un despistado que caminaba escribiendo en su teléfono móvil tropezó con ella volcándola en el suelo.

Un imponente “¡estamos cerrando!” tronó en el interior del local provocando una estampida de clientes que el dueño intentaba frenar asegurándoles que permanecían abiertos hasta bien entrada la noche. Fingiendo obedecer al hostelero, permanecí sentado a la mesa observando con cierta sorna cómo las personas iban y volvían de sus mesas dejando las consumiciones a medio tomar.

Por último, no olvide separar aquellas consonantes susceptibles de formar grupos pronunciables en español si no quiere portar consigo un equipaje que sisee sin educación a la gente o imite el sonido de una escandalosa moto.

PABLO POÓ

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