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viernes, 17 de octubre de 2014

  • 17.10.14
Para quien le guste este embutido –lo tenemos espléndido por toda esta tierra– la subida de precio podría suponer, como en tantas otras cosas a las que hemos tenido que renunciar por la crisis, desprenderse de un placer más o simplemente recortar el disfrute del mismo.

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Sin embargo no es el chorizo de cerdo –el más popular– ni el de venado –que elaboran en algunos pueblos de nuestra sierra– los que aumentarán su precio. Son otros tipos de chorizos, sin tripa que los ajuste cilíndricamente pero con un enorme buche en el que cabe de todo y más si ese todo se llama "dinero", los que desde la mayor de las desvergüenzas no han tenido inconveniente en hacerse millonarios a costa de empobrecer a quienes representaban o gestionaban sus intereses.

Lo sucedido en Caja Madrid –confiemos en que vaya saliendo a la luz la historia oscura de otras entidades financieras o de ahorro– no es sino un exponente más de un país choriceado por la política, chantajeado por los sindicatos, ordeñado hasta situaciones límite por los empresarios, dominado por los bancos y, finalmente, perdido en la picaresca de todos y en la ausencia de ética de la mayoría.

Porque si de 90 consejeros y directivos de la caja madrileña sólo tres o cuatro no hicieron uso de las famosas tarjetas –por algo sería–, ello nos lleva a deducir que estando representados en el monto total de "personajes" la clase política, la clase obrera, el empresariado, los trabajadores de la propia empresa, los directivos, etc. –vamos, el amplio abanico de la sociedad– menos del 5 por ciento de los españoles se hubieran, o nos hubiéramos abstenido, quién sabe, de utilizar en beneficio propio fondos opacos que primaban, en función de su posición estratégica en la sociedad, a unos más que a otros, a la búsqueda exclusiva de mantener el poder, frente a lo que hubiese sido lo ético: mejorar las garantías de los impositores y participar activamente del desarrollo social.

Y que entre ellos figuren exministros, como es el caso de Rodrigo Rato, exdirector también del FMI, o de Virgilio Zapatero, exrector, así mismo, de la Universidad de Alcalá de Henares, o excolaboradores de la Casa Real, como Rafael Spottorno; destacados dirigentes de UGT y CCOO o del tejido empresarial y miembros de las ejecutivas del PP, PSOE e IU, eleva el grado de descrédito de nuestras instituciones y quienes las representan a unos niveles tan cercanos al chavismo-bolivarismo que algunos ahora defienden en España con tanto ardor, que nos permite confundirnos en el espejo de aquello que como herencia dejamos en la América latina.

Porque tiene narices que entre todos los españoles hayamos aportado miles de millones de euros a la caja madrileña para impedir su quiebra, mientras 86 elementos, embutidos –sí, sí, como los chorizos– en sus trajes de alpaca o sus modelos de alta costura, campan por sus respetos tirando de tarjeta, y sin pagar al fisco, para comidas, viajes, ropa, regalos y hasta dinero en efectivo, mientras percibían en muchos casos salarios superiores a los 500.000 euros anuales.

Y no me vale, de nada, que algunos de los implicados hayan devuelto lo que percibieron irregularmente –de lo ilícito del asunto ya se ocupará el juez–, porque lo han hecho, evidentemente, y de la misma forma que declaró sus bienes ocultos Jordi Pujol, asesorados por la que se les venía encima, en un torpe ejercicio, además, de reconocimiento de su culpa, ya que si se sintiesen plenamente convencidos de no haber cometido extralimitación alguna, no tendrían porqué retornar las cantidades que recibieron a las arcas de la entidad de ahorro.

Está claro que esta no es la España que nos diseñó la Constitución y de poco vale que desde nuestras instituciones se nos diga que se trata de casos aislados intentando salvar el estatus especial del que disfrutan.

La suma de muchos casos aislados convierte a nuestro sistema de representación y al financiero parasitado por aquél en un todo que se aleja infinitamente de la ilusión democrática que en muchos españoles nació tras el franquismo y abre el camino a la ilusión revolucionaria que algunos airean ya por la calle.

Que la Comunidad más pobre de España, con mayores niveles de desempleo, vea cómo sus políticos reparten dinero gratis en forma de ERE o de cursos de formación inexistentes a los amiguetes de turno, o que otra tan rica –porque la hemos hecho rica entre todos los españoles– como Cataluña pretenda ahora tapar sus vergüenzas con la irracionalidad del independentismo, demuestra que o cambiamos mucho, mucho más de lo que pensamos, o estamos abocados a una explosión social que puede no tardar en llegar. A no ser que aceptemos el papel de juguetes rotos con el que el chavismo-bolivariano trata a quienes a la fuerza han de soportarlo.

Todo se ha convertido, en fin, en una ristra de chorizos capaz de exhibirse en las más diversas charcuterías…

ENRIQUE BELLIDO

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