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domingo, 5 de octubre de 2014

  • 5.10.14
Recientes investigaciones que he llevado a cabo me hacen retomar un tema que traté en otra ocasión: el suicidio desde el punto de vista de los escolares que han vivido este drama en el seno familiar. Sé que no es un tema agradable, que causa bastante temor e inquietud hablar de algo que conmueve los cimientos en los que se asienta el ser humano, sea desde la perspectiva individual, familiar o social, porque cuestiona muchas de las certezas con las que convivimos cotidianamente.

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De todos modos, este drama a pesar de que se pretenda obviar de vez en cuando aparece, rompiendo el equilibrio un tanto inseguro con el que se camina por la vida. Es lo que me sucedió cuando en un colegio concertado propongo a los escolares de primer curso de Primaria la realización del dibujo de la familia, tema al que todos (o casi todos) se entregan con gran entusiasmo, pues es una actividad nueva para ellos.

Pero antes de comentar un caso concreto y de volver a analizar la influencia que ejerce el suicidio entre los que lo han vivido, conviene que conozcamos algunos datos.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) en el año 2012, que es el último del que se tienen los resultados, en España se quitaron la vida 3.559 personas, habiéndose producido un incremento del 13,3 por ciento con respecto al año anterior. Esto nos hace pensar que la crisis económica que se ha instalado en nuestro país ha tenido influencia en el aumento de las personas que deciden quitarse la vida.

La cifra global indicada supera con creces a la de muertes en accidentes de carretera, que en ese año se situaron en la cantidad de 1.309, lo que quiere decir que el número de suicidios se encuentra en el primer lugar de fallecimientos por causas no naturales, muy por encima de las muertes en accidentes de conducción o por casos de homicidios.

Por otro lado, conviene apuntar que según la Sociedad Española de Psiquiatría hay muertes en carretera o accidentes laborales que son suicidios encubiertos, ya que de este modo pueden interpretarse como accidentes, existiendo la posibilidad de que sean cobradas pólizas de seguros por los allegados más directos.

A pesar de que es una cifra alta, resulta que la tasa en nuestro país es de 7,6 por cada cien mil habitantes, muy por debajo de la media europea que se encuentra en 14,1. Como dato a tener en cuenta, los países que cuentan con las tasas más altas son los países fríos del norte y centro de Europa (Lituania, Rusia, Polonia, Finlandia, Hungría…), mientras que los países del sur y mediterráneos (España, Italia, Portugal, Grecia, Albania, Creta…) cuentan con índices más bajos.

Un planteamiento cuestionado por los psiquiatras especialistas en el suicidio es que se oculte, que no se informe por los medios de comunicación, que sea tratado como un tabú del que no cabe hablar ni siquiera para llevar a cabo campañas de prevención en personas con tendencias suicidas o que presentan graves riesgos de alteraciones psíquicas que puedan ser origen de actos de violencia contra sí mismas.

Resulta paradójico, pues, que sobre la violencia machista se rompiera el tabú que décadas atrás pesaba, ya que se consideraba como algo interno a las familias y en las cuales no había que inmiscuirse.

Así, en la actualidad se nos informa con todo detalle por los medios de comunicación cuando ha habido un crimen de este tipo; aunque, lamentablemente, parece que esta violencia no disminuye, pues el machismo está inserto en las raíces de la cultura patriarcal en la que vivimos.

Ante lo indicado, quisiera aclarar que sí me parece necesario que se den datos y se informe de esta cuestión que abordamos de manera general; de ningún modo de forma particular o de casos concretos, pues quien se quita la vida deja tras de sí en su entorno familiar un profundo dolor que acompañará a lo largo de las vidas, especialmente a los más pequeños o los más frágiles emocionalmente.

Es lo que sucede con el caso que quisiera comentar y que he anticipado al comienzo. Tuve conocimiento del mismo cuando, a mediados de marzo de este año y en uno de los colegios investigados, la profesora de la clase me explicó las circunstancias familiares del alumnado en situaciones más problemáticas.

Se detuvo en el de dos hermanos mellizos de 6 años (llamémosles María y Pedro) cuyo padre se había quitado la vida, ahorcándose, en las Navidades pasadas. Pero lo más trágico fue que ambos volvían muy contentos con su madre de la fiesta que se celebraba en el colegio. Al entrar en la casa, María y su madre se encontraron a su padre colgado del techo.

A pesar del drama que vivían los pequeños, realizaron los dibujos al mismo tiempo que sus compañeros de aula sin ofrecer ninguna resistencia, como cabría esperar en edades superiores.

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En este dibujo de María vemos que ha comenzado trazando, en primer lugar, a su madre; después a su hermano mellizo; a una primita; en cuarto lugar a su padre; cerrando con sus abuelos paternos. El nivel gráfico, en líneas generales, corresponde a los de la edad de la niña.

A la hora de la interpretación, quisiera apuntar que hay tres temas relevantes que conviene comentar. Uno de ellos, es que su padre sigue presente en la mente de la niña como si continuara viviendo, ya que, tal como apuntaba el psicólogo suizo Jean Piaget, hasta los 7 u 8 años los niños no empiezan a tener una clara conciencia de que la muerte es irreversible, que la persona que fallece no vuelve otra vez a la vida.

Un segundo aspecto a considerar es que la niña no se dibuja a sí misma. Esto es un indicio claro de la situación de soledad, sufrimiento y baja autoestima que está padeciendo. El mundo se le ha roto, la seguridad que les daban sus padres se ha hecho añicos, puesto que uno de ellos le ha mostrado cruelmente que la vida no merece la pena vivirse y le resulta imposible entender por qué se ha quitado la vida como si ellos no les importaran nada.

Es de suponer que la madre está destrozada, por lo que la forma de relacionarse con ella y con su hermano habrá cambiado, ya que la tristeza, los sentimientos de culpa, el no entender por qué se ha llegado a este desenlace estarán pesando como una gran carga en su mente y de la que no puede desprenderse.

Así pues, comprobamos que la madre es la única de la escena que oculta sus manos detrás de sí. Esto es señal de la disminución o falta de afecto que ahora les ofrece, ya que los brazos y las manos sirven para abrazar, para dar cariño y seguridad. Por otro lado, ese ocultamiento es indicio de sentimientos de culpa, que quizás sus hijos no comprendan, pero que la madre manifestará en ocasiones, con comentarios que realice o por las preguntas que le hayan hecho.

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A diferencia de su hermana, Pedro sí se dibuja dentro de la escena familiar. Comienza trazando a su padre en primer lugar; posteriormente, lo hace consigo mismo, con un esquema similar al de su padre, puesto que el tronco es de tipo rectangular del que salen los brazos hacia abajo. Hago esta observación, ya que el de las tres figuras femeninas que cierran la escena (madre, hermana y prima) tiene forma triangular.

El pequeño autor se ha dibujado en segundo lugar pero un tanto alejado de la figura paterna, como si la ligazón con su padre se debilitara, ya que no lo tiene presente. En cambio, se encuentra muy próximo a su hermana María, con quien se encuentra unido y comparte el dolor de la pérdida.

A su madre la presenta la última y distante de él y de su hermana, como si la tragedia la hubiera alejado de ambos. El desamparo de María hacía que no se dibujara a sí misma; Pedro, por su lado, lo expresa arropándose con su hermana melliza.

Como detalle a tener en cuenta en su dibujo, he de apuntar que a su padre lo ha coloreado de rojo y de negro. El negro representa el luto y el rojo es una tonalidad con diferentes significados, entre ellos el de la violencia, puesto que se le relaciona con la sangre.

Para cerrar este artículo, quisiera indicar que se podrían realizar bastantes reflexiones a partir de este hecho luctuoso. Por mi parte, me quedo con una: la idea de que ser docente va más allá del profesional que transmite conocimientos; ser un buen maestro o una buena maestra implica tener sólidos conocimientos de la psicología humana y la disposición de ayudar al alumnado desde el punto de vista de su desarrollo emocional.

Lo indicado camina en sentido contrario de los recortes, de fondos y de profesorado, que actualmente se llevan a cabo en el ámbito de la Enseñanza. Porque yo me pregunto ¿es lo mismo que María y Pedro tengan a una maestra que conoce su situación e intenta ayudarles, como es el caso que expongo, o que su profesora les tuviera que tratar como a los demás por la escasez y el número excesivo de alumnos con los que cuenta en el aula?

AURELIANO SÁINZ

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