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lunes, 27 de octubre de 2014

  • 27.10.14
Hay que reconocer que el capitalismo es un sistema económico que tiene sus ventajas, aunque también inconvenientes. Todo depende de cómo se utilice: como finalidad en sí mismo o como instrumento para el desarrollo y el progreso de las condiciones de vida de la sociedad en su conjunto.

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En principio, aunque me muestre crítico con los fundamentalistas del dogma capitalista, no lo rechazo de manera frontal. Tampoco la socialdemocracia –y, si queréis, el comunismo- la acepto de manera global, ya que reúne también inconvenientes y beneficios, dependiendo del grado de intervención del Estado en esferas que llegan afectar a la libertad de los individuos y no sólo al mercado.

En este sentido, comparto lo que decía John Maynard Keynes: “Creo que el capitalismo, manejado con inteligencia, puede llegar a ser más eficaz que cualquier otro de los sistemas conocidos hasta ahora para el logro de objetivos económicos”.

Una economía de mercado, bajo los principios del capitalismo, permite la producción de bienes de consumo y una actividad económica que genera riqueza y bienestar a la comunidad, siempre y cuando esté sometida a normas y leyes que regulen su funcionamiento y eviten abusos y desajustes.

No hay que olvidar que este orden económico está basado en la propiedad privada de los medios de producción y orientado hacia la obtención de beneficios. Dejado a su arbitrio, esa obtención de beneficios se convertiría en una prioridad por encima de las necesidades de la sociedad en la que impera. De ahí la advertencia de Keynes de manejarlo con “inteligencia”.

Por tal razón, el capitalismo, como orden social que también fundamenta, ha de estar subordinado al interés general, a fin de conjurar uno de los peligros ya formulados por Galbraith: “Pobreza pública con riqueza privada”.

Y es que el capitalismo, sin regulación, empobrece a la población en beneficio de una minoría privilegiada, en cuyas manos se concentran el capital, los modos de producción, las finanzas y el poder político.

Los fundamentalistas del liberalismo económico a ultranza desdeñan estos temores y las leyes que tratan de corregir aquellos desequilibrios y distorsiones que dan lugar a los abusos, los excesos especulativos y, a la postre. el empobrecimiento de la población, como señalaba Galbraith. Sólo hay que estar atentos a la actualidad española para verificarlo.

Así, de una crisis, entre las muchas que se producen en el capitalismo, surgida por la rapiña en el sistema financiero, estos dogmáticos han endosado los “gastos” de sus desmanes a quienes sufren las consecuencias de la falta de regulación.

En una jugada maestra, han logrado transformar sus deudas privadas en deuda pública, obligando a “rescatar” entidades bancarias con dinero de los contribuyentes. No contentos con ello, también han responsabilizado del desaguisado a las víctimas que los padecen, culpabilizándolas de provocar la crisis por “vivir por encima de sus posibilidades”, lo que eximía de toda responsabilidad a esa minoría acaudalada, de la que forman parte los fundamentalistas, que no se siente concernida ni afectada por las medidas de extrema austeridad adoptadas por gobiernos que claudican a los “chantajes” de un capitalismo envalentonado y sin control, que controla a los gobiernos en vez de ser controlado por estos.

Quiebran de esta manera uno de los efectos más celebrados del capitalismo, cual es su necesidad de libertad y de un marco legal que garantice su funcionamiento en competencia e igualdad.

Tan es así que puede decirse que las democracias “germinan” con más facilidad en aquellas sociedades que promueven el capitalismo como sistema económico, pues sólo estas implantan mecanismos, no sujetos a las veleidades de tiranos o caudillos, que posibilitan la transformación del proletariado en ciudadanos consumidores, a los que se les reconocen derechos y amparos legales.

Sin libertad y democracia el capitalismo queda reducido a la autarquía. Y sin regulación tiende hacia la concentración, el monopolio y a los problemas denunciados por Galbraith.

Todas las “bondades” del sistema quedan anuladas en cuanto surgen los desaprensivos dispuestos a saltarse controles, normas y legalidades con tal de transformar un capitalismo de todos en el capitalismo de unos pocos: el suyo, para su exclusivo beneficio.

Son los “listillos” que actúan como ladrones, al practicar “butrones” para acceder por vías espurias a un beneficio desorbitado que los enriquezca de manera rápida, fácil y sin respetar requisitos legales, morales, ni siquiera económicos, en perjuicio del bien común y del erario público.

Ahí se inscriben los que utilizan una posición de dominio para imponer precios y mercancías; los que impiden toda competencia esquivando las leyes antitrust establecidas; los fondos de inversión de imponen los intereses con los que retribuir su financiación de deudas y obligaciones; los que exigen todas las ayudas a la inversión pero se niegan compartir las ganancias; los que privatizan los beneficios y “nacionalizan” las pérdidas; los que obligan a modificar la legalidad para adecuarla a sus conveniencias mercantiles; los cárteles de cualquier sector; los grandes “economistas” que reclaman austeridad para los demás mientras ellos disfrutan de todos los privilegios “opacos”, sin límites, aún cuando llevan a la ruina sus empresas u obtienen ventajas por su vinculación con la política; los que transitan sin rubor a través de “puertas giratorias” entre lo público y lo privado; los corruptos y comisionistas en cualquier nivel; los detentadores del capital que desprecian la fuerza del trabajo; los estafadores de la buena fe de la gente, a la que engañan con todo tipo de productos “tóxicos”; la élite del desfalco, la especulación y el latrocinio, etc.

Ahora que se conocen tantos casos de abusos y dispendios escandalosos, sería bueno que alguien velara por los damnificados de la avaricia de los poderosos y reclamara e impusiera la racionalidad en un sistema económico que, desde sus inicios, exigía el sometimiento a las necesidades de la sociedad, no haciendo prevalecer la obtención de beneficios a cualquier precio, para conseguir la equidad entre intereses privados y públicos.

Y sería bueno y oportuno que el orden se recuperara sin tardanza porque no es admisible que los Rato, Blesa, Acebes, Bárcenas, Urdangarín, Roldán, Conde, Pujol y demás “tiburones” del capitalismo consideren a los ciudadanos como simples mercancías con las que ganar dinero.

Ni ellos ni esos mercados sin regulación pueden imponer las condiciones de un sistema escogido para procurar el desarrollo, la prosperidad y el bienestar de la mayor parte de la población en los países que organizan su economía con este sistema. Hay que extirpar estos cánceres del capitalismo porque enferman la convivencia en sociedad y roban la riqueza nacional.

DANIEL GUERRERO

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