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sábado, 6 de septiembre de 2014

  • 6.9.14
Le dije quédate. Siéntate y quédate aquí para siempre. Ella sonrió. Siempre lo hacía, mostrando unos dientes blancos y bien alienados. Tenía en esa sonrisa, que la infantilizaba, una mueca de gratitud que nunca comprendí del todo. De eso hace ya mucho tiempo, o tal vez no tanto.

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Aquí el mar es siempre muy azul. A ella le gusta despertar oyendo las olas rompiéndose en la playa. Y por la noche le gustaba observar los barcos de arrastre que faenaban más allá, antes de donde se pone el sol. Creo que se quedó aquí porque echaba de menos el mar, o porque en ninguna otra parte del mundo el mar es tan manso como aquí.

Por la mañana caminaba por la orilla buscando conchas y estrellas de mar, pero siempre volvía con las manos vacías, como si esa vocación baldía apenas fuese el pretexto para salir a respirar el aire limpio que ella ama.

A veces, se me quedaba mirando. No sé qué buscaba en esas pesquisas. De todo eso hace mucho. Por la mañana la observo caminando por la playa, sucia de arena. No recuerdo cuándo fue la primera vez que la vi así. Pero de eso hace tanto. Hay en ese acto tan simple una belleza que nunca lograré olvidar. Ni falta que hace.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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