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sábado, 27 de septiembre de 2014

  • 27.9.14
El día que comuniqué en el departamento de Literatura Española de la Universidad mi intención de presentarme a las oposiciones de Secundaria, todos se llevaron las manos a la cabeza; no lograban entender cómo una persona que subía los cafés aún calientes, hacía unas fotocopias tan soberbias y lograba vivir de alquiler con un contrato de protobecario de investigación podía sentirse atraída por ese tipo de educación.

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Aprovechando mis conocimientos literarios, decidí prepararme para las oposiciones la parte del temario correspondiente a la Historia de la Literatura patria pero, por desgracia, las más de doce páginas que dediqué a la gestación y evolución de la Comedia Nueva de Lope de Vega no fueron suficientes para los ilustres miembros de mi tribunal quienes, a cambio de no reconocer que no tenían ni idea de lo que les estaba hablando, me obsequiaron con una nota alta, aunque insuficiente.

A pesar de todo, pronto fui llamado de la bolsa de sustituciones, dando así comienzo a una prometedora carrera docente. Los comienzos, sin embargo, fueron más duros de lo esperado, y desde la Inspección educativa miraban con recelo el alto índice de suspensos que presentaban mis cursos.

Aconsejado por mis compañeros y con el objetivo de adaptarme en el menor tiempo posible al nuevo régimen de enseñanza, no dudé en apuntarme al Programa de Mejora del Profesorado; a fin de cuentas, el folleto resultaba atrayente; yo, a la postre, era un profesor, y qué duda cabía de que quería mejorar.

Acuciado por la rapidez con la que desaparecían las plazas libres, me inscribí de inmediato en el curso titulado “Aprendiendo a olvidar las aspiraciones personales”, de 100 horas de duración semipresenciales.

El encargado de impartir el curso, una bellísima persona bastante conformista, nos habló de las bondades del horario matutino, de la corrección de exámenes al peso y de la utilidad de las páginas webs de minijuegos para el desarrollo intelectual y emocional del menor.

Aunque únicamente estipularon necesario un sesenta por ciento de asistencia para la consecución del diploma correspondiente, encontré el curso tan interesante que asistir cada martes y jueves al Centro de Enseñanza del Profesorado producía en mi organismo una descarga de endorfinas solo asimilable a cualquiera de las prácticas que prohibíamos a los alumnos de mi centro, especialmente en los baños y durante el recreo.

La finalización del curso provocó en mi ánimo y en mi persona en general una sensación de vacío que pronto notaron mis amigos y familiares. Casi a diario consultaba el tablón sindical que había justo al entrar, a la derecha, en la sala de profesores, en busca de algún nuevo curso con el que saciar mis ansias de mejorar y de ofrecer a mis alumnos una educación de calidad.

Por suerte, pronto encontré una convocatoria de mi agrado: “Olvido de los principios de la gramática generativa de Chomsky”. ¡Chomsky! ¡Mi adorado viejo lingüista! Tengo que reconocer que, a pesar de haber centrado mis investigaciones en el campo de la Literatura, las teorías neolingüísticas a partir del siglo XX, en especial las chomskianas, me apasionaban, así que no dudé en volver a cargarme las tardes con otro curso del CEP.

Algo que me llamó la atención desde el principio de las sesiones fue la joven edad media de los apuntados al curso: todos con la licenciatura aún humeante y sin rebasar, salvo algunas excepciones, la treintena.

El seminario no tenía desperdicio: uno a uno fueron desmontando y aparcando los principales axiomas del innatismo y de la gramática generativa en general. Entusiasmado, quise compartir con mis alumnos los contenidos que estaba aprendiendo durante el horario extraescolar, y pronto dejé de hacer debates sobre el origen del lenguaje humano, sobre la mayor utilidad del estructuralismo o el generativismo y los ya clásicos trabajos sobre las biografías de Saussure y Chomsky.

Desde Inspección comenzaban a parecer, que ya era algo, más contentos conmigo, y mis índices de aprobados fueron mejorando tras cada evaluación. Estaba en racha y no debía parar, así que llamé de nuevo al CEP, desde la secretaría del centro, para ver si quedaban plazas libres para “Nueva pedagogía literaria: desterremos los clásicos de la E.S.O”.

¡Por fin algo que tocaba de lleno mi especialidad! Comentando con el profesor mi pasado investigador en la Universidad, me dijo que este curso lo iba a aprovechar maravillosamente. Y la verdad es que hoy, haciendo introspección, no puedo más que darle la razón a aquel señor canoso del bigote.

Cervantes dio paso en mis clases a Federico Moccia; sustituimos al Lazarillo por Cincuenta sombras de Grey, que era una trilogía, y dejamos de analizar los sonetos de Quevedo para entrar de lleno en las canciones de Dani Martín.

Los alumnos, entusiasmados, mejoraron sus calificaciones hasta rozar casi el cien por cien de aprobados. Desde Inspección, incluso, me ofertaron el puesto de colaborador del CEP entre loas y alabanzas a mi persona que me hicieron ruborizar por inmerecidas y en los corrillos del claustro no paraba de comentarse mi idoneidad para el puesto de director. Con el número de horas necesarias en mi haber, solicité mi primer trienio.

PABLO POÓ

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