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martes, 2 de septiembre de 2014

  • 2.9.14
Este año hemos tenido agosto. Por lo menos un poco de aquellos agostos de antes en los que nos apeábamos de todo. En lo que va de década, eso no había sido posible. Peor aún, era en el estío cuando más a punto parecíamos estar de sufrir el definitivo golpe febril que hiciera estallar todas las calderas. Este año, espero que eso no me conlleve acusación de triunfalismo, algo más tranquilos hemos andado, algo de agosto hemos tenido.

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El otoño viene caliente. En tiempos, eso solía utilizarse para advertir que la tensión social y las huelgas obreras iban a protagonizar la estación. No parece que vaya a ser esa la calentura que nos espera, sino estrictamente política, protagonizada por el separatismo en Cataluña y por la implosión de la izquierda en el conjunto de España.

Los sindicatos, más que para otoños calientes están en plena hibernación, por ver si así no tienen que explicarnos qué han hecho con los dineros de todos a lo largo de decenios. El sindicalismo está en su punto de descrédito más alto, empatado con la clase política y todo ese contubernio de centrales obreras y patronales en el manejo de los fondos de formación que, unidos a la connivencia en las cajas de ahorro con los partidos, es otro de los clavos del brutal deterioro del sistema.

La fiebre empezará a subir, adelantado en el calendario, en la Diada. Entendida en esta ocasión como ultima gran escenografia previa, de calentamiento, motivación y avalancha, inmediatamente anterior al paso definitivo del Referendum y la Independencia, que sí y sí, habrán de consumar de inmediato.

Esa era la hoja de ruta del separatismo, que tras arrumbar a tontos útiles variados –la izquierda y el PSC representaron ese papel con alucinado entusiasmo y, ahora, el tandem Colau-Iglesias, los nuevos pero siempre genuflexos monaguillos del nacionalismo, prestos a expropiar al pueblo español el verdadero derecho a decidir de todos– tiene ahora como actor esencial a un Mas, el dilecto “hijo” de Pujol, que tras destruir a su partido y convertirlo en el sirviente de ERC sólo tiene ante sí la inmolación o el suicidio.

Pero la hoja de ruta se ha torcido. Porque no tenía camino por mucho que lo dijeran, ni por Europa, ni por España, ni por la Ley ni por la Democracia. Y porque les ha estallado la santabárbara y se les ha ido al garete y por Andorra el grito esencial y la bandera de guerra: ¡España nos roba! Y ha resultado ser que a España, a Cataluña y a todos, quienes nos robaban eran quienes más lo gritaban.

La Diada será multitudinaria y el sentimiento independentista, tras tres décadas de predicar el odio a lo español y señalarlo como causante de toda las perversiones y penurias, efervescente. Pero algo menos.

Algo se está moviendo en la sociedad catalana. Empiezan a ser cada vez más quienes, de una manera u otra, no desean tirarse por el despeñadero y buscan cómo bajarse de la manada desbocada que galopa hacia ese abismo. Unos, a las claras y otros, intentado que no se note mucho.

La gestión realizada por el Gobierno de España hasta el momento también ha contribuido a ello. Han aguantado la presión y a quienes exigían que se fuera a la confrontación y se tomaran “medidas”. A eso de las “medidas” se le añade “contundentes”, “enérgicas” y demas calificativos, pero descuiden que sustantiven “qué” medidas.

Prudencia en formas y firmeza en fondos parece que no han ido mal como receta. Y a unos y a otros les ha ido poniendo ante su propio muro. Sobre todo, a quienes pretenden de un plumazo romperlo todo, su voto constituyente el primero, hacer añicos la soberanía de una Nación y destruir a la Nación en sí misma. Y hacerlo impunemente o, incluso, exigiendo que aplaudamos su desatino con alborozo. Que hay quien lo hace.

No hacerlo es lo primero en que debe centrarse el nuevo líder del PSOE, Pedro Sánchez, que tiene en ello una de las piezas angulares de su inicio y su intento de volver a lograr que el PSOE pueda vislumbrarse como alternativa para gobernarnos.

Si para Rajoy es una prueba de auténtico fuego, no deja de serlo menos para Sánchez. Y me parece que eso, al menos, eso, parece tenerlo el socialista bastante claro. Veremos qué le dice a Mas y qué nos dice a los españoles cuando salga del encuentro. Marcará muchas cosas. Confío, y no es retórico, en que lo esencial lo tiene muy claro.

Lo que haya que decidir lo haremos entre todos, porque nos compete a todos, porque eso acordamos, porque esa es nuestra Constitución, el recipiente de nuestros derechos, libertades y deberes. Sus salidas las podemos discutir, apoyar o rebatir pero si en ese punto esencial no hay fisura, será toda una esperanza de futuro.

Para el Gobierno, y mas allá del asunto catalán como punto donde mayor riesgo de fundido existe, hay otros frentes abiertos en los que también habrá de emplearse a fondo y, sobre todo, en dos líneas de ofensiva: el paro y la regeneración politica.

La primera es lograr hacer llegar a los ciudadanos que la recuperación es un hecho y que empiecen a notarlo y que la confianza y nuestro papel en Europa y en el mundo se están restableciendo. Para ello, lo sustancial es que las cifras del paro sigan en descenso y que éste no se perciba como mero repunte estacional sino como una tendencia firme y que esperemos, incluso, se acelere. El empleo es la prueba del algodón del fin de la crisis y, si no la pasa, de nada valen todos los demás síntomas positivos.

Lo segundo, nuestro papel en la UE, parece estar al alcance y la sintonía santiaguesa con la Merkel así lo indica. Un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU sería el mejor remache de esta “operación retorno” a los centros de poder.

Mucho más difícil es convencer a las gentes que hay voluntad de regeneración política e institucional. ¿La causa? Los innumerables y extendidos hechos probados de corrupción a todas las escalas. Pero aún peor, la reacción de los partidos ante ellos. Justificando el propio y utilizando como arma arrojadiza el ajeno.

Ahora no cabe un solo error más y, aún menos, un indulto. Es hora del ejemplo y de la didáctica. Los políticos, como la mujer del César, no sólo han de ser buenos sino estar obligados a parecerlos. Se lo han buscado. Eso o lo de Podemos o cualquier otro delirante populismo que, en vez de limpiar a fondo las acequias de todo el cieno y la broza acumuladas, lo que propone como solución es dinamitar el manantial.

La primera propuesta gubernamental, tras el verano, de dejar reducida a la expresión más mínima el número de aforados ha sido en este sentido un trompetazo de salida. Lo de la elección directa de los alcaldes, se ponga la oposición como se ponga, si de verdad va en serio y a que los elijamos directamente los ciudadanos, con la técnica de las dos vueltas si no hubiera mayoría necesaria la primera, puede ser otro avance.

Que las gentes pueden entender mucho mejor que los partidos políticos. ¿Cómo va a explicar la izquierda que no quiere que vote el pueblo, en esa segunda votación y que por lo que están de verdad y por interés es, incluidos los acólitos de Iglesias, por los pacto entre la “casta”?

Por cierto, señor Sánchez, que era lo que proponían ustedes. ¿Qué intereses partidarios le llevan a usted a negarse a hacerlo ahora? Que es justo el momento. Cuando acaba este partido, esta Legislatura y va a empezar el siguiente. O sea, en absoluto enmedio.

En suma, que el otoño va a ser de alivio. Con elecciones a la vista y con el mayor desafío de toda su historia a la unidad de la Nación española, de aquí a nada.

ANTONIO PÉREZ HENARES

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