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viernes, 26 de septiembre de 2014

  • 26.9.14
No existe un factor que explique, por sí solo, por qué unas personas se comportan de manera violenta y otras no lo hacen. La violencia es un problema complejo, trenzado en la interacción de muchos factores: biológicos, sociales, culturales, económicos, políticos y, lamentablemente, religiosos.

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La violencia no consiste sólo en dar mamporros a alguien o en matarlo. Hay otras variantes de la misma que ejerce sistemáticamente la sociedad sobre las personas y en la que participa, con mayor o menor conciencia del tema, desde el Estado hasta el último de los ciudadanos.

La discriminación de cualquier ser humano es inadmisible porque la dignidad de toda persona es superior y está por encima de consideraciones biológicas, raciales, sociales, ideológicas, religiosas o culturales. Así lo proclama tanto la ONU en la Declaración de Derechos Humanos, como las Constituciones de muchos países, incluido el nuestro.

Discriminar es “dar trato de inferioridad a una persona o a una colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, económicos, sexuales, etc...”. La Declaración de Derechos Humanos, en su artículo 2.1, dice lo siguiente: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamadas en esta declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opción política o de cualquier índole, origen, nacionalidad social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”. Aunque no esté de moda, el artículo 14 de la Constitución Española también habla del tema. Están proclamando la “No” discriminación del sujeto, bajo ningún tipo de circunstancia.

La discriminación es fruto de la desigualdad. Es verdad que, por una parte, no hay dos seres iguales, todos somos diferentes; pero a la vez, también es verdad que todos somos iguales en cuestiones básicas y, sobre todo, en dignidad, lo que nos hace merecedores de respeto y de igualdad en el trato.

La dignidad se tiene por el hecho de ser persona, pero hay que cultivarla para mantenerla viva y reluciente. ¿Cuántos casos de personas dignas conocemos que la han perdido? Cabría decir, cambiando el refrán, que “la dignidad era verde y se la comió un burro”.

La discriminación se manifiesta en nuestra sociedad en los sectores menos favorecidos, como son los inmigrantes, los trabajadores no cualificados, los discapacitados, la mujer, los homosexuales y últimamente los mayores, etc. Brevemente doy unas pinceladas de algunos de los referentes señalados:

El racismo surge cuando se discrimina a las personas si consideramos que una raza es inferior a otra y por tanto la despreciamos de facto. Hasta hace poco, entre nosotros, los gitanos eran los más señalados. Ahora hemos incluido otras gentes de otros pueblos.

La xenofobia, entendida como odio al extranjero, a los que son distintos y diferentes, está muy presente entre nosotros y en bastantes circunstancias promueve acciones violentas contra estos.

La situación de pobreza provoca “aporofobia” –temor y rechazo al pobre–. No podemos generalizar diciendo que "se es pobre porque se quiere". La pobreza es indeseable, injusta y se puede superar si se ponen medios para ello. No me estoy refiriendo a “practicar caridad”.

El machismo, como actitud negativa, conduce a considerar superior al varón, relegando a la mujer a tareas secundarias y a la que hacemos pagar un precio muy alto, que a veces le cuesta la vida. A la inversa también existe discriminación, aunque políticamente no sea correcto admitirla. Los motivos aducidos pueden ser muchos pero todos ellos son absolutamente inadmisibles, tanto en un caso como en el otro, si está en juego la vida.

La homofobia, como rechazo de aquellas personas que sienten atracción sexual hacia individuos del mismo sexo, hace que despreciemos a las personas homosexuales. Otra de las grandes lacras de nuestra sociedad y cuyas razones no se sostienen.

Por la edad explotamos, maltratamos, arrinconamos a menores y a viejos, considerados como una carga y un estorbo para la sociedad y con frecuencias hasta para la familia. Y ¿qué decir de discapacitados físicos o psíquicos relegados a la desigualdad?

Por ideología, el partido o fuerza dominante margina y/o persigue a personas disidentes, dando lugar a ostracismo y, en el peor de los casos, a encarcelamientos o depuraciones.

Por motivos religiosos, en más Estados de los deseados se discrimina a los practicantes de otras religiones, negándoles la plena integración social.

La sutil discriminación por motivos estéticos sigue vigente. La moda, por ejemplo, no suele dar facilidades a las personas gordas. Es un hecho que la apariencia externa, no la mejor preparación, sigue dando preferencia a determinados cánones estéticos a la hora de contratar para un trabajo. Estas exclusiones pueden producir estados de depresión, anorexia, bulimia e, incluso, conducir al suicidio.

Finalmente el etnocentrismo, como rechazo de los valores distintos a los de la propia cultura, impide un interculturalismo pleno, olvidando que en la variedad está la riqueza y no precisamente económica.

¿Qué podemos hacer contra todo tipo de discriminación? Eso es cosa del Gobierno (¿!?). Hay que recordar que cada Estado es el conjunto de sus ciudadanos y que, en teoría, los gobernantes están de paso y al servicio del pueblo –o eso queramos creer y seguramente así debería ser–.

Lo primero será tomar conciencia de ella, tanto individual como colectivamente. Si estamos convencidos de la igualdad entre todos los seres humanos, debemos defender que todos tengamos las mismas oportunidades en todos los aspectos: físicos, sociales y culturales. Tenemos que aprender a ver en la diversidad del otro aquello que nos puede enriquecer, es decir, adoptar una visión positiva de las diferencias.

No hay personas ni culturas superiores unas de otras. Las diferencias entre los humanos y las diversas culturas no deben tener otro fin que facilitar el ejercicio de la libertad para alcanzar una vida plenamente humana.

Sólo el esfuerzo conjunto puede organizar esta sociedad de una manera más igualitaria y más justa. De hecho, este sueño se ha puesto de manifiesto en muchos momentos de la historia y debe ser cada vez más firme y más decidido si queremos seguir perviviendo a pesar del tiempo o de las dificultades.

PEPE CANTILLO

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