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sábado, 20 de septiembre de 2014

  • 20.9.14
El recién llegado miró con desconfianza al anciano cuando dijo que había un problema grave que resolver. No daba crédito. Según él, su oferta era del todo legítima, teniendo en cuenta las condiciones actuales del mercado. El anciano le explicó, con la mayor de las paciencias, que él no se movía por las condiciones de ningún mercado o bolsa de valores.

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No salía de su asombro. Tantos kilómetros recorridos para recibir una negativa. Estaba acostumbrado a conseguir todo lo que quisiera a la primera. Aquella negativa era toda una novedad para él. Así que optó por la estrategia que han seguido todos los hombres como él a lo largo de la Historia: empezar a gritar creyendo que sus argumentos eran mejores si eran gritados.

—No grite cuando hable conmigo– suplicó el hombre mayor, mientras jugaba nervioso con un manojo de llaves oxidadas.

—No me esperaba un recibimiento así, eso es todo. Estoy acostumbrado a que se reconozca mi valía.

—Le tendrían que haber dado un señor puñetazo hace tiempo, me parece.

Aquella frase dejó al viajero fuera de juego. Jamás le habían hablado así en su vida. En su tierra, su persona era recibidora de palmaditas en la espalda, elogios por doquier, lametazos en el culo.

—Ya caigo. Usted no sabe con quién habla.

—Sí lo sé. Lo que pasa es que me da igual.

Era imposible. Él, que había levantado un imperio. Él, que había llevado su país como marca por el mundo entero. Estaba siendo vencido por un hombre que, como mínimo, le triplicaba la edad.

—Señor, va a aceptar mi oferta. Por su bien. Mis amigos pueden darle fe de que soy un buen tipo. Llevo mucho tiempo en este negocio, lo conozco bien. Si vende, estará el negocio familiar en buenas manos. Las mejores.

El anciano empezó a reírse tan fuerte que la mandíbula se le salió de la boca. La recogió del suelo, le quitó dos pelusas y se la volvió a meter en la boca si ni siquiera soplar. Con dos cojones. El viajero no pudo contener su cara de asco.

—Perdone mi reacción, pero ni incluso muerto puedes dejar de pensar en hacer dinero. Lo normal en estos casos es preguntar por el sentido de la vida, qué mínimo. Nos faltas al respeto.

Era la gota que colmaba el vaso. Dejó atrás su país, sus bancos, sus medios de comunicación, a su buen amigo Mariano. Todo para que un viejo chocho le diera lección de modales.

—Está usted hablando con el hombre cuya gestión logró que su negocio se convirtiera en el mejor banco del mundo.

—Y usted habla con el ojito derecho de Jesús de Nazaret, o lo que es lo mismo, el hijo del dueño de su mierda de negocio.

—Con hombres más poderosos he tratado.

—Emilio, están ahora vivos y contentos de no tener que hacer negocios contigo.

Eso fue un golpe bajo para el pobre Emilio. Podía soportar cualquiera cosa. Que su banco haya dejado a miles de personas sin hogar, que fuera ayudado por políticos para obtener perdones judiciales, pero que se dudase que la gente disfrutaba haciendo negocios con él, eso no cabía en la cabeza del gran banquero español.

—Pues todos los periódicos hablan maravillas de mí.

—Queda feo morder la mano que te da de comer. También hablan siempre maravillas de El Corte Inglés y no por eso será mi primera opción para ir de compras.

Emilio no dijo nada. Dejó atrás a Pedro y empezó a caminar. Tras un buen rato a solas con sus pensamientos de todopoderoso gigante financiero, demasiados complejos para los simples mortales, fue consciente de que su plan había fracasado. Tendría que esperar ocasión más propicia para hacer negocios. Un cambio de rumbo en la dirección de la empresa donde ahora mismo se encontraba quizás, quién sabe.

—Emilio, no te me vengas abajo. Aquí alegría por encima de todo.

—Creo que tienes razón, Pedro. No todos los banqueros pueden decir que han hablado cara a cara con el primer Papa, aunque luego acabases de cerrajero.

—No te pases.

—Lo siento. ¿Cuál es mi nube? Como español y buen católico, supongo que una con vistas al lado de la del creador. Vamos, digo yo…

—De eso quería yo hablarte. Estamos un poco justos de aforo, creo que tendrás que irte al piso de abajo, con vistas inmejorables, eso sí.

—Pedro, no me jodas.

—Emilio, sí jodo. No puedes permitirte la hipoteca de una nube. Además, allí harás amigos enseguida. También se lleva mucho el rojo, te gustará.

No podía ocultar su frustración nuestro viajero. Mientras bajaba y sudaba como nunca había hecho en vida, pensaba que igual en el fondo no estaría de más tratar con otro cliente potencial. Sobre todo, si era un aliado de tantos años.

No hubo respuesta cuando exigió ver al dueño, le dieron un pico y una pala. Lo encadenaron a una gran roca en la que podía leerse "fin de mes" y le explicaron, con todo lujo de detalles, su nueva función corporativa: picar y picar. Si bajaba un solo segundo el ritmo, la roca lo aplastaría.

Entre gritos de dolor y angustia, chasquidos de látigos y un penetrante olor a sudor y azufre, una nueva voz se oye a lo lejos susurrando a todo el que pone el oído: "¿cuándo nos dan el despacho y el coche oficial?".

CARLOS SERRANO

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