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miércoles, 24 de septiembre de 2014

  • 24.9.14
En un instante de lucidez espontánea, el chico que protagoniza Boyhood reflexiona acerca de la fluidez del tiempo y, por tanto de la vida, como si de un momento elástico, un ahora infinito se tratase. Las vivencias, los traumas y las cotidianeidades se solapan, sin etapas, sin cambios de ritmo, sin pausa, tan sólo un devenir inexorable. Como la película Linklater, donde hasta las elipsis parecen no existir.

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Algo similar parece ocurrir con la historia del ser humano en su conjunto. No es que estemos retrocendiendo una y otra vez a los mismos escollos del pasado, es que, sencillamente, no estamos avanzando. Aunque todo parece haber cambiado, seguimos instalados en un mismo ahora, en medio de la corriente de un rio que no tiene fin.

Y ese río no es más que la naturaleza salvaje que nos acoge e impone su techo de cristal, su margen impenetrable. Cómo cambiar si el lobo acecha, si la ignorancia no puede ser combatida por la razón, si las cicatrices no sanan con el tiempo.

Quizás por ello seguimos enarbolando banderas y asesinando en su nombre a la vez que se forjan identidades ficticias para justificar la barbarie. Porque en la diferencia parece hallarse el confort, la libertad. Como en aquel episodio de South Park en el que, en un hipotético mundo sin religiones, la guerra se libra entre la Liga Atea Unida y la Liga Atea Unificada.

Me causan pavor las banderas, los himnos, los símbolos y la Historia. Porque todos acaban en sangre, en incomprensión, odio y frustración. Son esa piedra perpetua ligada al tropiezo nunca previsto; la pendiente que no da respiro a la rueda.

Y así seguimos remando en direcciones opuestas, encaramados en los troncos astillados de una balsa deshecha, cada uno con su patrón y sin timón. Pero en el fondo de cada náufrago, una misma pregunta latente, que apenas despunta entre el fragor de las palabras y los ideales, como la llama de una vela en una tempestad; ¿de qué sirve tanta independencia, tanta identidad y tanto orgullo cuando todos somos uno y uno somos todos en este ahora sin sentido que nunca cesa?

JESÚS C. ÁLVAREZ

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