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lunes, 22 de septiembre de 2014

  • 22.9.14
Al “maestro” trompetero de la caverna local y del recuadro apocalíptico, el presunto gracioso de la lengua viperina, vecino de Bami pero con ínfulas de gaditano trianero de la Habana, don Antonio Burgos, le molesta que una monja no salga como al él le gustan: con la pata quebrada y de clausura, de derechas, caritativas, prosistema y livianas o silentes, que para el caso son sinónimos.

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Justo así son los adjetivos antónimos con los que el señorito del periodismo más castizo describe en su columna a sor Lucía Caram: “señora monja argentina tan jartible, tan roja, tan poco caritativa, tan antisistema, tan alternativa y tan pesada, pesada, pesada”.

Le resultan jartibles las monjas que escapan al arquetipo de mujer con hábitos pero con cerebro, pías pero críticas con los hipócritas de este mundo y este tiempo, siervas del Señor pero no serviles con los poderes terrenales y, menos aún, sumisas de ninguna jerarquía que pretenda doblegar su manera de pensar y libertad de opinión, frutos de la fe y de una vida dedicada a la contemplación y la oración, no a la ceguera y al enmudecimiento.

No le cuadran tantas características contradictorias al señor de la gracia salerosa de la derecha sevillana, tan proclive él a doblar el espinazo ante los reyes y jerifaltes que le dan de comer como bufón de la corte terrenal y divina.

Él prefiere, cuando va a misa, oír que los buenos son los que se sientan en los banquillos y los malos malísimos, pérfidos de toda hez, los que no pisan las iglesias. Desea sermones que describan dos bandos nítidos, el de los justos en posesión de la verdad y el de los pecadores equivocados en su mal, negro y blanco precisos, sin matices, donde las monjas participan del guión establecido, contribuyendo a mantener limpio y escamondao el orden social que la religión bendice y los feligreses con sus limosnas sostienen.

Los ricos bendecidos con la bondad infinita de Dios y los pobres, purgando sus pecados con la miseria, también infinita, de no tener dónde caerse muertos. Salirse de esos esquemas es, para don Antonio Burgos, jartible.

Y todo porque a la buena y moderna monja, que no se recluye en una celda con "rejas de bronce" ni ningún obispo manda callar como pide el tolerante del Concilio de Trento, don Antonio –señor caballero de la pluma faltona– ha comentado, ante la muerte de Emilio Botín (sin ese “don” de querencias mayestáticas con que trata a todo poderoso el agradecido periodista), que seguramente el capitalismo carece de entrañas y sentimientos porque, estando aún caliente el cadáver, se procede a elegir su sucesor al frente del Banco Santander. Le molesta a Burgos que una monja perciba ante tanto duelo laudatorio que “los sudarios no tienen bolsillos”. No lo tolera.

Y toda la caverna se lanza a degüello: Losantos, Herrera y, claro, no iba a ser menos la trompetilla sevillana de Antonio Burgos, tan original y chistoso como el chimpancé que pinta abstractos si le dejan pinceles, pinturas y un lienzo que embadurnar.

Se creen maestros de la ofensa y la descalificación ("monja histeroide" para Herrera; "monja pirada" para Losantos; y "monja jartible" para Burgos) y son poco menos que patéticos plañideros del poder y la gloria más reaccionarios.

Y que una monja les salga contestataria, les provoca un cortocircuito neuronal. Tanto que sólo les falta tacharla de bolivariana, como al “Coletas”, para quedarse tan panchos en sus atalayas de la ordinariez y la zafiedad intelectual.

Menos mal que a la monja, como pretenden, ni la callan ni la encierran porque no hace más que repetir el Evangelio: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos. ¿También la Biblia falta a “don” Emilio Botín, jartible Burgos?

DANIEL GUERRERO

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