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sábado, 30 de agosto de 2014

  • 30.8.14
El título de la columna de hoy puede que al personal más veterano le sea familiar, pues se usaba entre la chiquillería para dar veracidad a lo que se decía o se prometía. La otra expresión, algo más seria, era soltar un “palabra de honor” que zanjaba cualquier duda o proferir un “te lo juro por mis muertos”, que daba repelús oírlo. Eran otros tiempos, ni mejores ni peores, en los que el personal cumplía con la palabra dada. Bueno, eso creía entonces. Después me he enterado que con las promesas se chalanea bastante.

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Ante el vencimiento de un servicio contratado con una entidad (omito el tipo de asunto y la empresa, por aquello de que “se dice el milagro pero no el santo”), les llamo para solicitar una revisión sobre dicho producto. Pasan olímpicamente de mi reclamación y me niegan el ajuste que les “mendigo”. En consecuencia, procedo a buscar algo más beneficioso para el bolsillo.

Días después pretendo que me den de baja y rescindan mi contrato. Como es lógico, se resisten pero mantengo mi decisión y, al estar dentro de los plazos requeridos, no tienen más remedio que claudicar. Por cierto, odio los 902 y espero que no pretendan hacerme renegar de la música.

A toro pasado me llaman para hacerme una oferta que no podré rechazar, según me dicen. Ciertamente era tentadora. Les informo que ya me he comprometido con la competencia. "Pero, ¿ha firmado dicho compromiso?", me preguntan. Respondo que no, pero he dado mi palabra y eso basta.

Me presionan para que desista, dado que aún no he firmado nada, a lo que me niego rotundamente. No lo entienden, máxime cuando el importe de su oferta era muy inferior a lo que ya había comprometido y mucho menos creen que la palabra dada pueda ser garantía de alguien o de algo. "Al fin y al cabo, las palabras se las lleva el viento", me dicen con el mayor desparpajo.

¿A dónde quiero ir a parar? Hoy es frecuente que no se cumpla con la palabra dada, que se engañe al otro sin rubor, que se ningunee de forma aviesa y malintencionada. Porque el otro me importa un bledo.

Cada día parece que abundan más, a nuestro alrededor, los casos de mala praxis, ya sean de políticos, empresarios o gente de buen vivir (léase lo que se quiera). Cunde el desaliento porque parece que hemos perdido la dignidad social, estatal y por supuesto personal. Ejemplos afloran por doquier.

Hasta hace poco, cuando alguien decía “mi palabra va a misa”, la estábamos poniendo en el pedestal de lo más sagrado –la palabra dada–. Hoy, nuestra palabra no va a misa, no porque seamos laicos, –planteamiento personal muy loable– sino porque hemos perdido la vergüenza propia y ajena, entendida como “pundonor, estimación de la propia honra”.

Está claro que las promesas se las lleva el viento con la misma ligereza con la que se hacen y si no que se lo digan a los políticos que, en campaña, nos prometen paraísos de bienestar de los que luego “si te vi no me acuerdo”.

Cada persona acopla su conducta y su forma de pensar a una escala de valores recibidos a lo largo de su educación y que va interiorizando en el transcurso de su vivir e intentará actuar siempre acorde a ellos. A esa postura se le puede llamar "integridad ética", que nos lleva a afirmar de un sujeto que es recto, íntegro e intachable.

El concepto "honor" se abre en un amplio abanico de significados, tanto a nivel popular como en el diccionario de la RAE. Desde la anacrónica definición, que concierne a la mujer, cuando se refiere a “honestidad y recato en las mujeres, y buena opinión que se granjean con estas virtudes”, propia de una moral conservadora, retrógrada, pasando por la referencia a obsequio o agasajo que se tributa a alguien o referida a la gloria y buena reputación como consecuencia de una acción heroica o de mérito, hay mucha tela que cortar.

En el caso de las mujeres se me ocurre preguntar si acaso el varón no debe tener integridad y decoro. Últimamente surgen ejemplos de varones cuya integridad se diluye en laberínticas actuaciones.

Dicho esto me quedo con la acepción que plantea el honor como “cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”, en la medida en que nos enmarca en un planteamiento ético propio de personas que deben poseer una clara conciencia moral. ¿Poseer una clara conciencia moral? Ese es el reto.

En referencia a la honra, concepto íntimamente ligado al honor, la RAE la define como “estima y respeto de la dignidad propia” que, junto con la tercera acepción, dice que es “demostración de aprecio que se hace de alguien por su virtud y mérito”.

Una y otra me parecen sumamente importantes porque dan la dimensión privada y social de la persona. Desde el punto de vista de los valores, creo que ambas se subsumen en el concepto de dignidad, tanto la que beneficia a cualquier humano por el hecho de serlo, como la que cada sujeto concreto tiene derecho a que se le reconozca, si es merecedor de ella.

Quien es horado se comportará siempre como una persona recta, justa, es decir ajustará su conducta a dicha escala de valores que le permitirán realizarse como persona honesta y aspirar a ser feliz. Ser honrados implica ser verídicos y sinceros, por tanto honradez y sinceridad van de la mano en esa búsqueda constante de la autenticidad personal.

Bien es cierto que, con bastante frecuencia olvidamos (¿sin querer?) decir la verdad, aunque con ello estemos causando un perjuicio a los demás y dañando nuestra integridad moral. Por desgracia, es posible que de muchas personas –públicas y no tan públicas– se pueda decir que “no miente, sencillamente olvidan (eluden) decir la verdad”.

Indudablemente, opuesto a la honradez está la deshonestidad, la falsedad y la mentira. Mentir, por ejemplo, entendido como “decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa” es muy fácil; ser autentico ya no tanto.

Pero, a la larga, la mentira sale a la cara como pústula maloliente que nos delata. El engaño es una fácil y socorrida herramienta de ocultamiento que, cuando se emplea a menudo, pronto degenera en un vicio maligno, hasta el punto que el sujeto llega a verlo como algo normal.

¿Vergüenza, dignidad, honradez, honor, veracidad, son conceptos vacíos y obsoletos? Estoy convencido que no. El derecho a la honra y a la reputación, valores reconocidos en la Declaración de Derechos Humanos, lo tenemos todos y, sin embargo, parecen de cristal por la facilidad con que los rompemos.

Hoy es muy fácil desde los medios de comunicación usar la manida supuesta presunción de inocencia (o de culpabilidad), tanto a favor de alguien como en contra. La opinión pública –manejada– condena fácilmente porque el juez más cruel es la voz popular siempre basada en habladurías, en dimes y diretes.

Cínicamente solemos decir que “cuando el río suena, agua lleva”. Posiblemente lleve agua pero embarrada por la mordaz maledicencia, entendida como perjuicio que inferimos a alguien al difamarle (male dicere). En el caso contrario, el mejor defensor también es la “vox pópuli” dado que lo que opina la mayoría, dicen, debe aceptarse.

La sociedad española está enferma de distintas dolencias, algunas bastante graves, como puede ser la pérdida del honor y el desprecio de la honra, tanto propia como ajena –y esto preocupa bastante–.

Primero, la tele-chismorreo y, después, el patio de vecinos de redes sociales hacen que se tiren piedras a tejados ajenos con cierta alegría y sin medir las consecuencias de los actos. ¿Sufrimos los nefastos olores de cierta alegre propensión a la diarrea mental? Y por si faltaba algo, la honorabilidad cotiza a la baja.

Quizás porque hemos frivolizado mucho sobre estos valores, ya no demos importancia a perder el honor o la honra y, a la postre, lo que han perdido ambos vocablos sea sólo la “hache” que, como es sorda, para qué la queremos.

Sin embargo, la “hache”, por ejemplo, acoplada a la palabra "hombría" le transfiere “entereza y valor”. ¡Ojo! Al usar un vocablo referido al sexo masculino no pretendo masculinizar el tema porque, afortunadamente, los valores van con las personas no con los géneros. No está el horno para bollos con la cantidad de casos recientes que tenemos de violencia machista. La mujer tiene tanta o más entereza y valor que el hombre.

PEPE CANTILLO

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