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sábado, 23 de agosto de 2014

  • 23.8.14
El calor se pegaba y los marjales bullían de actividad. La bruja se agachó para coger una rana de color verde oscuro. La observó atentamente antes de pasar la lengua por su lomo. A su lado, una niña esperaba con el ceño fruncido y una mueca de asco.

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–¿De verdad hay que hacer eso? –preguntó.

–¡Por supuesto! –replicó la bruja. Tenía el pelo gris, abundante y corto, totalmente despeinado. No era anciana, pero adivinar su edad era una tarea imposible.

La niña se agachó. Tenía las piernas y los brazos llenos de barro, se había pasado el día jugando al aire libre y ahora, una hora antes del atardecer, tocaba clase con la bruja. No le gustaba especialmente, pero sus padres no tenían hueco en casa para ella.

–Oye, vieja –llamó la niña. Las brujas no revelaban su nombre–. ¿Qué hay para cenar?

–Rayo de luna y rocío de amanecer –replicó ella. La niña resopló. Eso significaba que una vez más la bruja había holgazaneado y ni se había preocupado de recoger la comida que los lugareños dejaban en los lindes de los marjales para ella. Seguramente se la habrían comido ya los animales salvajes o los bandidos de los caminos.

Nadie se tomaba muy en serio a la bruja, pero tampoco se atrevían a entrar en sus dominios.

La niña se quitó el vestido de red y trapos que llevaba y se zambulló en un estanque. Cazó un pescado y unas ranas. Mientras, la bruja le hablaba al aire sobre las propiedades de la madreselva, ignorando que su alumna se había metido en las aguas. La niña chapoteó un rato más antes de regresar. La bruja la miró con un gesto de repugnancia.

–Puag, niña, esta noche te toca baño.

–¿A la luz de la luna? –preguntó irónicamente la niña.

–No seas tonta. Hoy no hay luna.

Pero la niña no la escuchaba. Una bandada de gansos sobrevolaba los marjales con estridentes gritos de alarma. Lo único que había aprendido allí, con la bruja, era a sobrevivir y ser una con la naturaleza. Por eso supo que los gansos huían de algo. La bruja parecía distraída, pero también escuchó atentamente.

–Han entrado –dijo. Se irguió y olisqueó–. Ve a la cabaña, niña. Iré a ver quién se ha atrevido a traspasar mis dominios.

Aunque la niña era desobediente, sabía cuándo la bruja estaba dando una orden de verdad. Cogió su ropa, la caza y se encaminó hacia la casa. Era una cabaña destartalada, escondida entre el ramaje. Dentro había una chimenea para el fuego de turba. La letrina estaba fuera, pero había un gran barreño lleno de agua fría.

En circunstancias normales, la niña lo vaciaría y, luego, lo llenaría de agua que acabara de hervir. Pero se metió directamente, tiritando. No encendió el fuego y tuvo que darle la caza al gato y la loba que tenían viviendo con ellas. Se sentó en la única cama, esperando, mascando unas raíces que la bruja escondía bajo el colchón. La luz se fue y poco a poco se quedó dormida. La loba se subió a la cama y la niña se pegó a ella para calentarse. Poco después el gato se acostaba tras sus rodillas.

Llegó el amanecer y la bruja no había regresado. La niña estaba preguntándose si debía salir cuando oyó unos ruidos. La loba gruñó y el gato se acercó a la puerta, acechando. La niña lo imitó, pegando la oreja a la puerta. Allí fuera había alguien y no era la bruja. Era una voz masculina.

–… Dicen que vivía por aquí. –Era una voz grave, seria y juvenil.

–No hay forma de saberlo –dijo una segunda voz, que arrastraba las palabras–. No tiene pinta de que la bruja se dedique a secuestrar a doncellas.

–No estamos aquí por eso –replicó la primera voz.

–Lo sé, lo sé. Pero no sé, este sitio da mala espina. Deberíamos quemarlo y asunto concluido. ¿No es acaso eso lo que le espera?

La primera voz no dijo nada. La niña se agazapó en un rincón, cogiendo por el camino una hoz oxidada. La loba se acercó a ella, enseñando los dientes a la puerta sin emitir un ruido. El gato seguía agazapado en la puerta. Pensó en lo que podía hacer. La tentación de saber qué pasaba fuera era demasiado grande, por lo que ignoró la prudencia.

La niña respiró hondo y se concentró. Agudizó el oído hasta poder distinguir claramente el canto de un pájaro concreto. La cabeza le empezó a doler, pero ella seguía concentrada en el animalito. Poco a poco, su cuerpo se relajó.

La hoz cayó con un golpe seco, pero no se preocupó. Su mente dejó poco a poco de estar anclada a la niña, de percibir el interior de la cabaña. Empezó a ver con los ojos del pájaro. Detuvo su canto y miró a los dos hombres, que iban seguidos de un destacamento. Todos parecían molestos por los bichos y el barro. Estaban muy cerca de la cabaña, pero no la veían.

Al fin y al cabo, estaban en territorio de una bruja.

La niña había aprendido pocas cosas de ella, pero aun así no menospreciaba su sabiduría. Aquellos hombres sí. Comentaban los soldados que para ser una vieja loca no había rastro de ella. Algunos decían que se habían criado en pueblos cercanos y que nunca la habían visto envejecer, que había que tenerle respeto y que estar allí era un error.

Los dos hombres que los guiaban se volvieron y mandaron callar. Uno era alto y de hombros anchos, de porte militar. El otro era de piel bronceada, con la cabeza rapada y una socarrona sonrisa, algo más delgado que su compañero. La niña los observó como pájaro y supo que no debía temer.

Los hechizos seguían en pie, no habían capturado a la bruja. Ella debía esperar. Mas no regresó a su cuerpo, sino que los siguió, curiosa, mientras la mente del pájaro se quejaba por estar allí más tiempo del necesario. Lo ignoró aun a sabiendas de que después la cabeza le dolería terriblemente.

Los soldados siguieron buscando durante todo el día y, al no encontrar nada, regresaron al linde de los marjales y acamparon en una zona seca. Fue entonces cuando la niña regresó a su cuerpo. Lo hizo bruscamente y se mareó. Jadeó, sintiendo que la cabeza iba a estallarle y que el estómago se le soltaba. Le dolía cada hueso y músculo de su ser por haber estado tanto tiempo desmadejada en el suelo.

Quería chillar de dolor. La loba gimió a su lado. Tenía el hocico manchado de agua de la bañera. Vio el hambre en sus ojos y en los del gato. La niña se arrastró y abrió la puerta para que salieran a cazar. Confiaba en que los hombres no regresaran por la noche.

Cuando por fin pudo ponerse de pie, temblando, era ya noche cerrada. La luna era una fina sonrisa en el cielo que no arrojaba luz. Se encontraba hambrienta y deshidratada, sucia además por haberse hecho las deposiciones encima. Fue a gatas hasta un estanque limpio cercano, oculto para quien no supiera de antemano que estaba allí. Bebió y luego regresó a la cabaña y se bañó en lo que quedaba de agua del barreno.

Tiró la ropa a un rincón y se puso otra. Más recuperada, pasó las siguientes horas buscando bayas y raíces para comer. Cuando regresó, el sol rayaba el alba y tenía el estómago lleno. Vació y limpió el barreno. Luego cogió un cubo y fue al estanque a coger agua. No sabía cuánto tiempo iba a estar allí escondida, pero esperaba que la bruja no tardara en regresar. Por primera vez desde que sus padres la dejaron allí, la niña tuvo miedo.

La bruja apareció a medianoche, en forma de lechuza. Revoloteó por el techo antes de dejarse caer en una nube de trapos de trapos y piel blanca. Se incorporó rápidamente, parpadeando como si le costara regresar a su cuerpo humano. La transformación era una de las ramas de la magia más difíciles de dominar, y la bruja la usaba como si hubiera nacido para cambiar la piel con rapidez. Pero llevaba más de un día corriendo y volando como distintos animales y estaba cansada y aturdida.

La bruja se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, y dejó que la loba y el gato la saludaran.

–Hombres estúpidos –masculló. Miró a la niña, enfadada–. ¿Sabes que tus padres les han dicho que te secuestré? Al parecer los de la Congregación les dijeron que había una recompensa por los hechiceros apóstatas y ellos les fueron con el cuento. ¡Malnacidos!

–¿Los de la Congregación? –preguntó la niña.

–Ay, criatura, a veces se me olvida que no sabes nada del mundo. La Congregación son los magos que trabajan para el rey. Ahora se dedican a cazar a los que vivimos lejos de sus garras. Nos llaman apóstatas y dicen que somos un peligro porque somos incontrolables y no pagamos impuestos y yo qué sé. ¡Estúpidos!

–¿Nos pueden hacer daño? –preguntó la niña.

–No, no. Vamos, no si son sólo ellos. El problema es que si vinieran sólo a por mí, se cansarían a los tres días. Si sospechan que he secuestrado a una niña, a lo mejor traen a otros magos y eso sí sería un problema.

La niña no preguntó nada, pues no quería saber. Quería que todo regresara a la normalidad. Vivir en los marjales era mejor que trabajar en las granjas. La bruja le sacudió el pelo y se rió al percatarse de que estaba aterida de frío.

–Mucho tiempo en la mente animal no es bueno –le dijo–. Cuando esto pase, te enseñaré a ser un animal cambiando la piel.

La niña se animó. Aquella noche la bruja encendió el fuego de turba y cenaron roedor del marjal. La loba regresó cuando quedaba poco para el amanecer y se echó junto al fuego y el gato. La bruja y la niña durmieron en la cama. Por primera vez, la había dejado acostarse a su lado.

Normalmente, la niña dormía en un jergón de paja en la otra punta de la habitación. Pero esa noche quería estar cerca de alguien, sentirse protegida. La bruja la acunó y le cantó una nana antigua, como si estuviera en casa, en los brazos de su madre.

Era cerca de mediodía cuando la bruja se envaró. Desde que despertaron se habían dedicado a las tareas del hogar. La niña recogía las arañas bajo los muebles y las soltaba fuera. La loba había salido y el gato dormitaba bajo un rayo de sol. La bruja barría el suelo. Pero de repente se detuvo, frunciendo el ceño. Tardó unos segundos en soltar la escoba y ahogar un grito.

–¡Corre, niña! –le dijo–. ¡Corre, que viene!

La niña no sabía a qué se refería, pero aun así le hizo caso y puso pies en polvorosa. Se internó en los marjales, seguida del gato. El animal de vez en cuando maullaba y ella cambiaba de dirección, hasta que finalmente se quedó sin respiración y tuvo que detenerse.

Estaba perdida, sin saber muy bien en qué parte del marjal estaba. El gato olisqueaba el suelo y maullaba. Oyó a la loba aullar, a lo lejos. A su espalda, en lo que parecía el norte, una columna de humo. Caminó en dirección contraria. El gato la siguió.

Debía de haber corrido en círculos, porque no estaba lejos del estanque, que estaba demasiado cerca de la cabaña. Se alejó de allí, acercándose a una de las zonas más húmedas del marjal. De repente, empezó a oír gritos, explosiones y ruidos procedentes de hechizos. Sabía que debía dar media vuelta y huir, pero aquello significaba que la bruja estaba luchando y ella quería verlo.

Se acercó escondida, hasta poder ver. La lucha se había concentrado en la orilla de una de las charcas más cercanas al río y a la costa. Sus aguas eran profundas, y en ellas flotaban algunos cuerpos de soldados. La bruja era un ser de cuento, todo trapos flotando y gritos de conjuros. Un hombre de túnica verde la repelía. Era bajo y rápido, poderoso, pero no tanto como ella. Luchaban sin importarles los que estaban a su alrededor. Los hombres combatían contra bestias de los marjales e invocaciones. Caían poco a poco.

La niña sujetó al gato, que intentó unirse a la batalla. Ella observaba casi sin pestañear la lucha entre los dos magos. La bruja era terrible. El mago era más rápido. La lucha fuera de su esfera se recrudecía. Sólo quedaban vivos unos pocos hombres y sus dos líderes. De repente, el gato arañó a la niña, que lo soltó, y él se fue hacia la bruja y el mago. La niña intentó ir tras él, ignorando a los hombres.

El gato llegó al centro de la lucha y la bruja chilló mientras el animal se transformaba en una nube oscura que intentó envolver al mago. El hombre gritó un conjuro. Una luz blanca surgió del centro, y como garras se abalanzaron hacia los tres. La bruja intentó un último hechizo, pero aquella luz la apresó junto con el gato, y se evaporó con ellos. La niña no sabía lo que había pasado.

De repente, chocó contra algo que se dio la vuelta. La hoja atravesó su estómago. La niña miró hacia abajo, como si no pudiera creerlo. Luego, los ojos de su asesino. El hombre de piel oscura tenía una expresión de horror y miedo. Ella abrió la boca para decir algo. Pero no encontró palabras. Intentó buscar a la bruja. Reculó, la espada salió de ella y un chorro de su propia sangre la empapó. Se mareó, cayó de rodillas. La cabeza empezó a dolerle.

–¡¿Qué has hecho?! –gritó el hombre de la voz grave–. ¡Era la niña!

–¡Se abalanzó sobre mí! –La espada cayó al suelo. El hombre de piel oscura temblaba. Su amigo le sujetó, le dijo algo al oído. Luego se volvió hacia los hombres que quedaban.

–El mago se ha llevado a la bruja y a su familiar. Vosotros, coged a la niña y arrojadla al pantano. Nadie debe saber qué ha pasado aquí. No necesitamos más mala prensa.

Fueron esas las palabras que hicieron que los tres hombres sacaran sus espadas, nerviosos. Miraron al que era su superior, que soltó a su amigo y se encaró con ellos.

–Luego nos matarás a nosotros –masculló uno.

–La Congregación debe saber qué ha pasado –dijo otro.

El tercero no llegó a hablar. El hombre de la voz grave lo mató primero con un tajo a su garganta. Luego empujó al segundo con el escudo, derribándole. Intercambió unas estocadas con el otro y acabó golpeándolo con el pomo de la espada en la sien. Se encaró con el segundo, que se levantaba. En breves minutos, todo había terminado y los tres hombres que habían sobrevivido al encuentro de la bruja estaban muertos. El hombre de la voz grave se acercó a su amigo, que había cogido el cuerpo de la niña.

–Debemos deshacernos de ella –le dijo.

Y mientras su cuerpo era arrojado a las pantanosas aguas, la niña observaba desde la otra orilla dentro del cuerpo de la loba.

CARMEN SUÁREZ

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