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sábado, 2 de agosto de 2014

  • 2.8.14
Soy consciente de estar entrando en un campo sembrado de minas antipersona o antirrazón. Pretendo reflexionar sobre la masacre, la barbarie, la destrucción, el ojo por ojo de la ley del talión, aplicada tanto por israelíes como por Hamas y que juegan con misiles, que salen de una y otra parte, cargados de destrucción o lo que es más grave, que provocan la muerte de civiles.

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Viviendas, escuelas, hospitales, vehículos sanitarios están a tiro de cualquiera de los múltiples artefactos disparados por ambas partes, pese a que la Organización Mundial de la Salud ha instado a ambos contendientes a que respeten escuelas e instalaciones sanitarias. La ONG Save The Children denuncia que “los niños en Gaza e Israel están pagando el precio del fracaso político”.

¿Culpable Hamas? ¿Culpable Israel? ¿Culpable la comunidad internacional que, incapaz de detener la barbarie, parece que mira a otro lado? En la Franja dicen con amargura: “No nos mata Israel, no mata Hamás. Nos asesina el mundo que nos tiene encerrados”.

Por tanto habría que afirmar con rotundidad que culpable es la negligencia humana que mata indiscriminadamente por unas metas que ha justificado como válidas. ¿Cuándo entenderemos que una vida humana vale más que todas las riquezas, idearios políticos, biblias, coranes o evangelios de cualquier religión?

Aterricemos en la Franja de Gaza: fanáticos en Israel, extremistas entre los palestinos. Sinrazón que reverdece de tiempo en tiempo y cuyo resultado son muertos y muertos. ¿Quién tiene razón? Sería muy simplista reducir el tema al mísero concepto de tener o no razón.

Todos los muertos juntos son mil razones para buscar solución a un problema enquistado en supuestos derechos de asentamientos, bloqueos o túneles que serpentean por el subsuelo buscando la yugular del enemigo.

Casi dos centenares de niños masacrados, según Unicef, son una losa en el corazón del problema. Losa que aprisiona, por otro largo espacio de tiempo, la débil esperanza de que algún día puedan llegar a entenderse unos y otros para subsistir sin la angustia de un lanzacohetes apuntando a la expectativa de un mañana que amanece gris o masticando el miedo a unos túneles por los que circula el terror.

Me voy a permitir recomendar dos lecturas por lo que de visita, más o menos guiada, tienen al escenario donde se desarrolla esta cruenta pesadilla que parece no tener visos de terminar. En su día, María Jesús Sánchez recomendó en su columna Pasen y lean la lectura del libro El atentado, de Yasmina Khadra, cuyo argumento trata sobre el conflicto palestino-israelí. Merece la pena recorrer sus páginas buscando, con el protagonista, salidas para escapar del dolor y del terror que les circunda por todas partes.

Por otro lado recomiendo Dispara, yo ya estoy muerto para entrar en el zaguán de una humilde casa árabe y en el emparrado de un huerto de asentamiento judío y cada cual que saque las conclusiones que crea pueden ser ¿válidas?, menos partidistas y por tanto menos tendenciosas, es decir, más humanas. En el retrogusto permanecerá la amargura que brota de la impotencia ante la violencia regalada por una y otra parte.

El dolor engarrota los sentimientos que intentan estar por encima de maniobras políticas o religiosas. El desengaño atenaza a los más jóvenes que, en la cercanía del día a día y desde el mirador de la edad de la inocencia, habían tendido débiles hilos de conexión que a la menor tensión se rompen.

Algunos vínculos quizás podrían reatarse de nuevo; otros quedaban definitivamente rotos por la ceguera de prejuicios atávicos blandidos desde costumbres arcaicas manipuladoras y frustrantes. Esta es la sensación que dejó en mi ánimo su lectura.

Rastreando en prensa me ha surgido una información que da tímidamente pie, insisto en que muy tímidamente, a ilusionarse, a desear atreverse a creer en la paz. “Los árabes y judíos sí que pueden ser amigos, incluso enamorarse. Una campaña en redes sociales muestra que las diferencias entre ambos bandos son reconciliables, que existen pruebas de que pueden quererse”. Y la esperanza se dibuja en el rostro de las gentes de buen corazón cuyos ojos derraman tristeza. ¡Ojalá ello pueda ser verdad!

Si esto es así, podría significar que no es una quimera pensar que la Humanidad pueda caminar hacia un futuro sin violencia, en el que la agresividad encuentre otros cauces de expresión diferentes a la confrontación y la guerra. Sin duda, para que esto sea posible, nuestra sociedad necesita una auténtica y sistemática educación para la Paz.

¿Educación para la paz? La pregunta nos puede sonar, de tanto oírla, a pura retórica, a mera declaración de intenciones para quedar bien. Es posible que siempre hayamos pensado la paz como una utopía, ese lugar soñado al que nunca llegamos; una tierra prometida de la que parece nos alejamos a cada paso porque siempre estamos enredados en cruzadas interesadas, justificadas desde razones mil, aunque sean espurias.

Aunque sea por puro egoísmo necesitamos una inmersión pedagógica en la tolerancia. Para ello habrá que realizar un enorme esfuerzo para ahuyentar la violencia y hacer posible esa ansiada Paz.

La conducta más destructiva y violenta que el ser humano puede realizar es la guerra: el conflicto armado colectivo. En el siglo XXI siguen siendo muchos los enfrentamientos bélicos que tienen lugar en nuestro mundo: en África, en Oriente Próximo y Medio, en Ucrania y en otros tantos lugares.

El siglo XX nos dejó en la memoria la amarga secuela de dos grandes guerras y alguna otra más próxima, que sembraron de cadáveres Europa. Lamentablemente la historia de la Humanidad está escrita con el último suspiro de los muertos.

Cierro estas líneas con una cita textual de un artículo de El País titulado: Cinismo y cobardía. Invito a una lectura detenida para poderla calibrar en toda su intencionalidad: “Los europeos comparten, por supuesto, este consenso de la muerte impuesta a centenares de civiles palestinos y de jóvenes militares israelíes. No advierten: “Es un crimen bombardear a poblaciones civiles”. Dicen: “La respuesta es desproporcionada”, lo que significa probablemente: “Sí al bombardeo, pero con ¡menos bombas!”.

“Dicho de otro modo: en todas partes prevalecen el cinismo, la cobardía y la ceguera. ¿Existe un conflicto eterno en el planeta? Sí. ¿Existe una contienda que está degenerando en masacre de inocentes con la complicidad pasiva del mundo? Sí. ¿Existe un lugar en nuestra época donde la injusticia humana es la más profunda? Sí: todo ello encarnado en la pareja trágica Israel-Palestina”.

Cuando estoy para entregar estas líneas la esperanza se marchita ante el reinicio de los ataques una vez rota la mísera tregua que ha durado nada y menos.

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PEPE CANTILLO

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