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miércoles, 27 de agosto de 2014

  • 27.8.14
Colecciono conchas de mar y cuencos de cerámica artesanos de diferentes países, piezas de madera talladas, grabados, libros, pero también conservo, no sé por qué razón, recortes de prensa. En fin, páginas de periódico que anuncian noticias curiosas o sorprendentes, tristes o insólitas. Es un hábito del que no logro desprenderme y que me acompaña desde aquellos años en que opté porque el periodismo fuera parte imprescindible de mi vida.

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En general, son informaciones poco destacadas en los diarios, breves y desprovistas de todo elemento gráfico o tipográfico que las destaque sobre las demás. Al contrario, las encuentro en páginas pares, en el faldón de la página, metidas con fórceps y medidas con cuentagotas, extraviadas entre otros textos periodísticos que encabezan la página con títulos llamativos y otros elementos de titulación complementarios, con fotografías o infografías, con despieces. Son noticias mínimas que narran extravagancias o hechos que parecerían disparatados si no es porque son ciertos.

Un día, buscando documentación para un congreso, me tropecé con uno de estos textos que, con el tiempo, he podido comprobar que no es tan extraordinario ni sensacional. Ocurrió en una residencia de Manoteras (Madrid). Al parecer Isabel Pérez un buen día optó por llevarse a la madre del citado centro. Julia, de 85 años, así se llamaba la anciana, entró por su propio pie, porque todavía la edad no le impedía moverse tal como la voluntad así le requería.

Sin embargo, la última vez que Isabel fue a visitarla tenía una enorme dificultad para andar por el dolor que le producía un tobillo hinchado. No era la primera vez que la hija había encontrado a la madre en este lamentable estado, de manera que, llevada por el sentido común, escribió dos cartas de reclamación al centro, pero ya que la iniciativa cayó en saco roto, optó por poner una denuncia en un juzgado de guardia de la plaza de Castilla.

Los resultados de las pesquisas judiciales concluyeron que las personas encargadas de vigilar a los ancianos en al menos cuatro ocasiones entregaron a la madre las medicinas equivocadas y en otras dos ocasiones le faltó, tal vez por falta de presupuesto, el medicamento más necesario: el Sintrón. En la administración del centro, la respuesta era contundente respecto a esta carencia: no había repuestos en el almacén. El trato que sufrió la madre no acaba aquí.

Otro día, Isabel la encontró empapada en orín. En otra ocasión, atada con una soga a la silla para que no lograra extraviarse por las instalaciones del centro y tampoco diera quehacer a las trabajadoras mientras realizaban otras labores propias de su condición de criaturas diestras en la limpieza.

Otra vez, en que el frío era el protagonista de una jornada invernal, la hija encontró a la madre sin abrigo tiritando en el salón de la televisión. Esta vez la respuesta del centro no dejaba lugar a dudas: las auxiliares titulares se encontraban de vacaciones y las suplentes no conocían a los residentes.

Isabel Pérez no fue la única persona en denunciar estos hechos. Por aquellos días, otros 214 familiares de residentes habían reclamado por escrito estas carencias y otros abusos. Pero el director del centro, aplicando como cierto el principio de Peter, ni corto ni perezoso, fue autista frente a este estado de los hechos.

De manera que hizo circular una orden interna que determinaba reducir la cantidad y la calidad de la comida de los 300 ancianos del centro con el objeto de que todos pudieran contribuir con un leve esfuerzo de inanición a ahorrar del menguado presupuesto del que disponían para llegar a final de mes.

Ni que decir debo que no fue sólo Isabel Pérez la única persona que salió de la tal residencia acompañada de algún familiar. El director fue cesado de manera fulminante por la consejera de Asuntos Sociales que, por supuesto, no sabía nada del asunto. Cuando leí la noticia no entendí por qué no ocupaba un lugar destacado en el diario, pero ahora lo sé.

Desde entonces, me he tropezado con algunas noticias cuyo contenido no difiere mucho del antes citado, y es obvio que noticia es todo acontecimiento nuevo, novedoso. Incurrir en reiteraciones es cualidad de periodistas torpes y de segunda fila. En fin, los ancianos a fin de cuentas tienen goteras por todo el cuerpo y una píldora u otra no les van a aliviar de la soledad que sufren, que ya se sabe que no tiene tratamiento, ni de otra muerte que no sea la que dios les ha asignado. Desvaríos seniles.

Ahora he leído Arrugas, y ya sé dónde se inspira Paco Roca para escribir esas historias tan certeras y humanas. Una historieta de cómic que llega más allá de donde se quedó el periodismo: a describir con minuciosidad la puñetera realidad.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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