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sábado, 16 de agosto de 2014

  • 16.8.14
Parece ser que cada vez somos más poliédricos en nuestras relaciones públicas. Vamos, que presentamos variadas caras. Relativizamos actuaciones, minimizamos los efectos que podamos provocar en los demás y escurrimos el bulto con facilidad.

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Nos movemos en un relativismo muy amplio que podría resumirse en la siguiente máxima: “nada es verdad ni es mentira, todo depende del cristal con que se mira”. Posiblemente ésta sea la razón por la que dicho relativismo gana adeptos a pasos de gigante. Cada cual que haga lo que mejor crea conveniente, podría ser la traducción de esta actitud.

Mal que nos pese, nos deslizamos por una pendiente muy peligrosa si aceptamos que podemos actuar según nos convenga, máxime si se está en el poder. Lo chocante de nuestra sociedad es lo fácil que resulta moverse en una doble moral, hasta me atrevería a hablar de una triple moral: la que dicta la conciencia desde normas transmitidas por la familia en la que se vive y/o por la religión que se practica; la defendida ante los demás, sobre todo siendo un personaje público y la que se realiza en determinadas actuaciones personales. El proceder de este triple talante se fundamenta en un descarado relativismo social, cultural y, como no, moral.

Si esta postura la asumimos hay que preguntarse ¿por qué nos enrabia que determinados personajes públicos nos engañen? ¿Por qué en nuestro fuero interno no aceptamos que “todo el monte sea orégano”?

¿Por qué rechazamos el crónico maltrato doméstico e incluso matar a otros semejantes? Hay que matizar que si la moralidad fuera relativa carecerían de sentido conceptos como “bueno” o “malo”, “correcto” o “incorrecto”, “deber”, “honradez”, “justicia”...

Aterrizo en informaciones relativamente recientes, aunque vengan de lejos, como botón de muestra y explicación de posturas relativizadas y que se mueven desde la más burda utilidad personal y/o ideológica. Algunos de estos titulares de prensa es probable que calienten un poco más el ambiente sofocante del verano. Sólo pretendo ofrecer datos para una reflexión.

Un diputado del PP lamenta que Matas vaya a la cárcel por un delito muy liviano. El término “delito”, según la RAE, significa: “culpa, quebrantamiento de la ley. Acción u omisión voluntaria o imprudente penada por la ley”. Por lo que intuyo, hay delitos muy gordos, menos gordos y livianos. ¿Insignificantes? Sin comentarios…

“Delito y castigo”. Fieles a Carlos Fabra recogen firmas para pedir su indulto: “gracia por la cual se remite total o parcialmente o se conmuta una pena (RAE)”. El manifiesto le califica de “persona honesta y trabajadora que ha cumplido sus compromisos”. ¿Qué compromisos? ¿Se infiere de dicho manifiesto que la pena es injusta? ¿Desde cuándo se condena a prisión a una persona honesta?

La confesión de Pujol pone en jaque su fundación dedicada a la ética. Resulta burlón y curioso que el “Centro de Estudios Jordi Pujol” se dedique al fomento de la ética y los valores. ¿Qué tipo de Ética? ¿De qué valores hablamos? ¿Ironías del destino plasmadas en un doble talante? La mujer del Cesar no sólo solo debe ser honesta, debe parecerlo.

Pujol deja de ser ‘molt honorable’. ¿Tan fácil es pasar de “digno de ser honrado y acatado” a “odorable: que despide olor o puede ser olido” (RAE)? ¡Fragilidades de la condición humana!

Un engaño de 34 años. ¿Somos de palabra fácil? El refrán dice que “una cosa es predicar y otra dar trigo”. El problema reside en predicar con el ejemplo, no en sermonear. La frontera entre la honradez y la hipocresía es muy sutil.

La policía calcula que Ángel Ojeda recibió 49,8 millones irregularmente. Este asunto es tan viejo como Nóos o Gürtel. Lamentablemente el tema EREs se ha convertido en un pulpo con demasiados tentáculos. Y para terminar con este rosario, una pincelada de humor crítico.

Soy consciente de estar ofreciendo un gazpacho de reseñas que pueden resultar tediosas. Sólo pretendo reflexionar en voz alta al mostrar esa actitud totalmente laxa, de manga ancha, relativista, del tablero público.

Todos estos asuntos tienen en común la facilidad del creerse impunes. Todos han actuado al grito de “ancha es Castilla”. A estas alturas tampoco creo que sea necesario sacar a la luz militancias o el carné político de nadie.

Simple y llanamente, hay que decir que este tipo de acciones son de personas que les importa tres pepinos su conciencia y por supuesto los demás. Seguramente deben tener claro una serie de cuestiones.

Primero, que viven en “Apaña” y por tanto “lo que hay en España es de todos los españoles”. En segundo lugar, deben alimentar una confianza ciega en su impunidad, tanto si son autoridad como si pertenecen a la élite selecta de los que –eso pretenden– están por encima de la ley y pueden hacer lo que crean conveniente. Y en tercer lugar, moralmente quedan marcados para la posteridad, aunque puede que eso les importe bien poco.

Conclusión muy preocupante es que este tipo de conductas son fácilmente imitables. Nos movemos en un subjetivismo tal que hasta el concepto de libertad personal cae en un solipsismo cuando defendemos que con mi vida puedo hacer lo que quiera. El problema se agranda cuando ambiciono también hacer lo que quiera con la vida de los demás.

Un relativismo ramplón y utilitarista se ha implantado en lo social, en lo moral, en lo político, en la educación y por supuesto en la convivencia. Nos movemos en la cultura de la inmediatez, en la satisfacción de deseos, el consumo y el ocio.

En política no se lucha por ideales sino por votos y el respeto a la dignidad de la persona, tanto propia como ajena se está diluyendo en una máxima ególatra: primero yo y después yo. Paralelo a ellas van la astucia, la mentira, el lucrarse a costa del otro o del cargo que ostento, el saqueo de guante blanco.

Me remonto a la Grecia antigua para entender el relativismo ético. Sofistas y Sócrates representan dos modos diferentes y antagónicos de entender el comportamiento moral. Para los sofistas, la ley natural se reduce a la búsqueda del placer y el dominio del más fuerte.

De acuerdo con esto, manifiestan una actitud relativista y utilitarista en la que todo depende de cada cultura y de cada hombre. Lo bueno o lo malo viene determinado por la práctica, por la utilidad que al sujeto le reporte la acción concreta. El bien que puede proporcionar la felicidad es el éxito político y social, y la virtud no es otra cosa que la habilidad para conseguir ese éxito.

A Protágoras, el primer defensor del relativismo, se le atribuye la afirmación “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son, en cuanto que son, y de las que no son, en cuanto que no son”, ya que todo depende de lo que interese en cada momento.

Para Sócrates el bien, la justicia, la verdad... no pueden ser lo que a cada uno le parece o le conviene, sino algo único e igual para todos los seres humanos. Está en contra del relativismo y utilitarismo de los sofistas y hace de su actividad una constante búsqueda de la verdad objetiva y universal que sólo se alcanza por el autoconocimiento. Por ello “conócete a ti mismo” es la máxima de la ética socrática. El hombre que conoce el bien actúa correctamente, y el vicio es el fruto de la ignorancia.

PEPE CANTILLO

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