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martes, 26 de agosto de 2014

  • 26.8.14
En el debate sobre elección de alcaldes en el que vamos a estar enfrascados los meses venideros hemos empezado, como siempre, mal y por el tejado. Los unos, los otros y nosotros. Estos por plantear una cosa que en realidad son dos, al mismo tiempo y que pueden resultar contradictorias; aquellos por coger el rábano por las hojas y sacar a pasear como primer argumento el alarido ofendido.

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Y nosotros, entrando ya en la trinchera, porque en esta deriva profesional, los valores periodísticos, arrumbados los principios de independencia y y la intención de objetividad y análisis, se miden ahora por la militancia más sectaria, la manipulación más grosera y, sin pudor, exhibida, y la carrera por ver quién ofrece el púlpito más alfombrado y el mejor cuadro de palmeros a los “amigos” .

Desde hace un sinfin de elecciones municipales, desde las primeras de 1979, algunos cayeron en la cuenta de cierta perversión de nuestro sistema que permitía enjuagues partidarios que podían suplantar la voluntad de las gentes.

El fenómeno ha ido, como sucede con los tumores, a más y a peor. Listas que se presentan tan solo con la voluntad de arrancar un escaño y comerciar luego con él. Y lo de comerciar, comprar y vender no es en absoluto metafórico.

Pactos postelectorales con el único objetivo del derribo de quien tenía los mayores apoyos populares y una ristra añadida de componendas y trueques que han causado un serio deterioro y han contribuido al enchufismo y a la corruptela que tanto lleva ensuciando a nuestra democracia.

Para terminar con este estado de cosa, y no desde ahora, sino desde hace muchos años y además bien constrastadas en democracias europeas, hay fórmulas muy sencillas. Partiendo de una base, que su alcalde lo elijan, en verdad, sus ciudadanos. De manera directa y no por persona interpuesta.

Es muy sencillo, en realidad. Si un cabeza de lista logra la mayoría absoluta de votos y concejales, nada hay que hablar, pero si no la alcanza, procédase a una segunda vuelta entre los dos candidatos más votados y sean los votos y no los pactos de “casta”, por utilizar la palabra en boga, quienes tengan la palabra.

Aunque me parece que ahora, los que la emplean de continuo, y viéndose ya como parte de la misma, quieren preservar el trapicheo. Pueden los partidos descartados llegar en este caso a pactos y alianzas de recomendación de voto a los “suyos”. Pero quienes deciden que seamos todos.

Ninguna tacha democrática hay en ello. Muy al contrario. Se regenera y se devuelve la voz al “pueblo” para que emita veredicto definitivo. Tanto es así que tal propuesta ha figurado en reiterados programas electorales, con asiduidad en los de la izquierda y el PSOE en particular.

Ahora, sin embargo, parece que es mentarles la bicha. Dicen que porque no toca, que porque es trampa, que se cambian las reglas de juego a mitad de partido. No es verdad. El partido anterior el de 2011 a 2015, acaba y este es el mejor momneto para mejorar las reglas del próximo, antes de que empiece.

No parece razón sino excusa y acusar al contrario en realidad de lo mismo que se pretende. “¿Qué es lo que más nos conviene al partido?”. Y el PSOE cree que puede pescar mucho en variadas alianzas con IU, Podemos, Compromìs y nacionalismos presuntamente de izquierdas. La respues es clara: que se agrupen en esa segunda vuelta y, si obtienen más votos, que gobiernen.

Por parte del PP también se huele trampa en la formulación. Porque no es lo mismo la lista más votada que la elección directa. En absoluto. Y no pueden convencernos de que esta opción es la más democrática y la que garantiza mayor pureza representativa. Una lista de un 35 por ciento puede ser la más votada, pero hay un 65 por ciento que no la apoya y ello es una absoluta evidencia matemática.

Por ello, los “populares” deben aclarar ante la población por dónde va en verdad su propuesta. Si por este lado –que es su vieja aspiración partidaria, pero que no es de recibo y sí indica una pretensión de obtener ventaja retorciendo la ley– o por el otro –donde, de verdad, lo que se persigue es que las ciudades tengan el alcalde que los ciudadanos quieren tener y no el que les impone un pacto de despacho entre partidos–.

Si es el primer caso, mi desacuerdo, como siempre, es patente; si es el segundo, mi apoyo no de ahora, sino también desde hace tiempo, y quien se queda sin argumentos es el PSOE. Sin argumentos democráticos.

Porque el hecho de que el alcalde lo voten las gentes y no los comités federales o las juntas nacionales es una propuesta impecable. Y que habría de serle tan querida como a su compañera, la española y alcaldesa de París, Ana Hidalgo.

En primera vuelta no fue la lista más votada, pero en segunda, y con el apoyo del conjunto de la izquierda , logró la Alcaldía de París. Pues que ganen así la Alcaldía de Madrid y no, como parece que quieren hacerlo ahora, pactando a diestro, siniestro y con quien sea para conseguir la vara de mando.

ANTONIO PÉREZ HENARES

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