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martes, 8 de julio de 2014

  • 8.7.14
La crisis ha puesto en valor el campo, la agricultura y a los de pueblo. En tiempos nada remotos, el que se había marchado a la capital –sin generalizar, que es malo– llegaba a la aldea natal con coche nuevo, se encontraba al paisano que venía de regar y lo miraba con una sonrisa de superioridad, amable o no, dependiendo la querencia, y le contaba que a lo mejor se compraba otro piso.

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En los actuales pasajes de nuestra peripecia, aquel de la ciudad lleva en el pueblo más de un mes porque está en paro. Es aquí más barato el sobrevivir y le ha pedido al primo que le deje unos aperos y le refresque unas artes para volver a plantar un huerto. El coche sigue siendo aquel que un día, hace lustros, fue nuevo, y menos mal que al final no se compró el segundo piso que, si no, no sabe qué hubiera sido del que sí pudo pagar.

Alguno dirá que esto es caricatura y exageración. Puede. Pero poca. Seguro que les suena a algo. Los que cuando aquello de irse a la ciudad y vender la mesa de madera de nogal para comprarse una de formica se quedaron en el campo y en los terrones, fueron considerados, más o menos, como los cortos, por no decir los tontos y los pobres o los desgraciaditos.

Pues mira ahora la vuelta que da la vida. Y miren ustedes a su alrededor en esta vuelta a los lugares de origen que, por estas fechas, el que más y el que menos gusta de hacer. Gusta o no le queda otro remedio.

Los pueblos están más llenos que nunca y hasta se recupera aquí y allá alguna suertecilla y se echa mano a la azada. Que luego dónde va a parar, amén de que bien vienen, cómo sabe el tomate cogido por la mañana en la mata. Ni comparación con el otro, que encima hay que comprar.

El campo no solo ha sabido aguantar mejor la crisis, es que ha emergido como valor refugio y ha demostrado ser alternativa y futuro. El sector primario, que dicen los economistas, ha servido de sostén y agarradero para ir saliendo del pozo.

Claro que también han pasado y pasan las de Caín –este año más por la sequía de primavera, por cierto– pero aguantan y no marchan tan mal como han marchado otros. Y eso ha cambiado tornas y ha configurado nuevos prestigios.

El campo y lo primario está de moda. Se descubrió “lo natural” y ahora es fiebre que a veces llega a calenturienta cuando algunos se ponen en esto a rizar rizos y exageraciones. Pero sin ellas es normal que al personal le guste lo sano y natural. ¿A quién no?

Pero, además de los productos, ha venido a resultar que el productor ha escalado también en consideración en la escala social. Ha venido a resultar, qué cosas, que ni el campo era una postal donde iban los urbanitas de fin de semana ni que los labradores eran los zotes que no se habían podido marchar.

O sea, que de tontos, nada. Y ya no te digo si te pones a hablar de leyes con ellos. El menos avispado es doctor en Derecho Comparado Comunitario y sabe más de Bruselas y de la PAC que Cañete y Valenciano juntos. Bueno, más que Valenciano, seguro.

ANTONIO PÉREZ HENARES

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