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jueves, 31 de julio de 2014

  • 31.7.14
Hace dos o tres años leí en la prensa que algunas pertenencias del líder espiritual Mahatma Gandhi iban a salir a subasta. Entre ellas, sus míticas gafas redondas metálicas y las sandalias que llevó cuando predicaba la paz y la desobediencia civil por los caminos de la India. El lote lo complementaban un plato, un cuenco con una inscripción grabada y un reloj de bolsillo. Prácticamente éstas eran todas sus pertenencias.

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No supe quién había adquirido este patrimonio tan singular del líder hindú que ofertaba la firma helvética Antiquorum en Nueva York. Al fin pude saber que, aunque inicialmente el conjunto había sido valorado entre 20.000 y 30.000 dólares, finalmente el comprador, un hombre de negocios indio llamado V. J. Mallya, pudo adquirirlo por la astronómica cifra de 1,8 millones de dólares.

Como es lógico, la familia de Gandhi estaba indignada. Un biznieto, Tushar Gandhi, hizo lo imposible por evitar la venta. También el Ministerio de Cultura de India mantuvo reuniones con abogados para estudiar si era posible detener la subasta por la vía judicial.

Ya en 1996, un tribunal dictó una orden con la que logró detener la subasta de unos manuscritos de Gandhi en Londres. Aunque entiendo la actitud de la familia del líder indio y las acciones del Gobierno de India por recuperar un material tan simbólico para el país, más me atrae la figura del dueño de los objetos que los envió a subasta.

Se trata de un coleccionista estadounidense llamado James Otis quien anunció que emplearía los beneficios para financiar programas contra la violencia, pero que también propuso donar esos objetos a India si el Gobierno adoptaba medidas políticas que “hagan a Gandhi sentirse orgulloso”.

Cuesta entender cómo este coleccionista dedicó años de su corta vida a localizar y coleccionar objetos inservibles de un ser a quien tanto admiraba y que nunca lo hizo con fines comerciales. Puedo entender la actitud de la familia y del Gobierno indio, pero me fascina esta otra vocación por recuperar en silencio un patrimonio que es un icono universal de rebeldía.

En efecto, las gafas redondas, metálicas o de pasta, siempre fueron un símbolo contra el poder impuesto. James Joyce usaba gafas redondas de pasta, pero John Lennon, Ozzy Osbourne y Janis Joplin, por ejemplo, escondían su mirada en gafas redondas metálicas.

Las gafas metálicas con forma redonda y sin cristal también se pueden utilizar para el disfraz de época en cualquier carnaval de ocasión, a fin de imitar al científico o al jipi, como de vez en cuando también podemos detectar en algún que otro profesional del humor.

Mi generación, secuela de la cultura beat y del movimiento hippy, adoraba las gafas redondas, icono de inconformismo y compromiso con una revolución que entonces soñábamos posible. Yo aún conservo mis gafas redondas de oro que mis padres me compraron cuando me fui a estudiar Periodismo a Madrid y que aún conservo como patrimonio deshecho de un pasado que se nos escapó apenas sin darnos cuenta.

Hoy se subasta todo. En la misma subasta en la que India perdió las gafas de Gandhi, se subastaba un reloj de pulsera Nastrix de oro, que perteneció al presidente John F. Kennedy, y que su viuda Jacqueline regaló después a su también marido Arsitóteles Onassis.

En junio de 2007 también se subastaron las gafas de John Lennon. Pertenecían a Junishi Yore, un productor japonés de televisión que fue traductor de los Beatles en 1966. Las gafas se subastaron con una nota manuscrita de Yore donde cuenta cómo se hizo amigo de Lennon y que antes de separarse John le dio sus gafas y éste unas tazas de cobre.

Las gafas redondas metálicas son icono de rebeldía, pero además cada par de lentes carga con su propia leyenda intransferible. Se dice que Gandhi regaló un mismo par de gafas redondas a un oficial del Ejército en los años treinta, y le dijo que a través de ellas había visto “una India independiente”.

Cuando Lennon fue asesinado en 1980 en Nueva York, Yore extrajo los vidrios de las lentes de acuerdo con una tradición japonesa que llama a que los vidrios sean removidos para que el alma pueda ver la vida después de la muerte.

Las gafas de oro que yo conservo de aquellos años en que creíamos que la revolución era posible también tienen su leyenda pero yo no he sabido deletrearla todavía, porque dicen los sabios que mientras su propietario viva las lentes no permiten que otros ojos alcancen a ver el pasado y el futuro que esconden.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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