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miércoles, 30 de julio de 2014

  • 30.7.14
Resulta útil, para conocer algo más el paisaje político del país, repasar los comentarios que escriben los lectores en las ediciones digitales de los periódicos. Especialmente, aquellos que siguen a las noticias que polarizan las opiniones. Se encuentran ahí apuntes insólitos, casi siempre amparados en el anonimato, circunstancia que probablemente determine el predominio del exabrupto y la expresión descuidada.

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Comentarios que, por su tono, ahuyentan otras opiniones más argumentadas, porque la respuesta con criterio se expone al escarnio del siguiente lector-escribidor que vuelca más bilis que cordura y, en tantos casos, más intolerancia que ortografía. Los hooligans de aquí y de allá terminan por hacer una criba natural que expulsa a los lectores con sentimientos de concordia, a las ópticas no aberradas que ven algo más que blanco o negro.

El cariz, la intensidad y el número de las respuestas aumentan cuando la noticia permite alargar la maldita sombra negra de las dos Españas. Lo que el texto no dice, y sólo con mucha imaginación podría intuirse, es tomado como excusa para un azote maniqueo que evoca violencia pasada.

Expresiones libres que alaban a unos y niegan el pan y la sal a otros, según el color político. En el reciente examen sobre Felipe González, a raíz de la entrevista de Millás, el insulto es tributario de los más cuidados mandobles propinados por los prebostes políticos, que son los que marcan objetivos.

Los lectores se enzarzan en una bronca encabronada que tacha de seres abyectos a todo sociata o pepero que, según la onda dominante, piense de modo distinto. Se perciben rasgos tribales que no ocultan la guadaña -tan querida de las dictaduras- que de buena gana segaría las voces contrarias.

Lo que subyace en muchos de estos comentarios es pura intransigencia. La bofetada gratuita que zanja el debate con el insulto y la descalificación, con las no-ideas. La expresión libre se encoge en una expresión pobre y torpe.

Humberto Maturana, que seguramente sería premio Nobel de no haber nacido en Chile -la Universidad de Málaga le ha otorgado un honoris causa-, dice que la democracia es el mejor estado posible para la naturaleza del ser humano: le permite ser libre. Pero cuando la libertad es utilizada para eliminar al contrario, el pacto de civilización es aplastado por el rodillo de la intolerancia.

El sentido último de la democracia, la convivencia, resulta aquí muy dañado. Pero aclaremos las cosas: los comentarios a pie de página no son los nutrientes de la intolerancia. Éstos suelen aparecer entrecomillados en los titulares de las noticias.

BERNARDO DÍAZ NOSTY

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